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CULTURA|OPINIÓN

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Covid-19: la pandemia cultural en chile

por 30 marzo, 2020

Covid-19: la pandemia cultural en chile

Crédito: Mila Ercoli

En un Estado Subsidiario como el nuestro, este modelo de industria cultural se convirtió en el fundamento sagrado del Ministerio de las Culturas, desde el regreso de la democracia hasta ahora. Resultó más fácil pensar a los artistas como empresas, al igual que como lo hizo CORFO con las PYMES, creando programas de apoyo que les permitieran desarrollar sus productos (obras). Pero mientras se implementaron dichas políticas, las visiones empresariales de la cultura, comenzaron a chocar de frente con la realidad gremial de este sector.
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Después de escuchar y leer los múltiples comentarios en contra de los apoyos que otorgará el Ministerio de las Culturas a los trabajadores de su sector y la ignorancia frente al rol que juegan los artistas en este nuevo contexto de pandemia, creo que es el momento de visibilizar y entender como sociedad que el arte no es un servicio gratuito que se brinda para hacer feliz o entretener a la comunidad, sino que su labor es mucho más profunda y que se inserta en diversos campos, que van desde la investigación y el conocimiento hasta el mercado y nuestra propia economía país.

Obras como productos

Hoy arte y cultura otorgan el 2,2 % al PIB nacional. En la historia de estos últimos 30 años, Chile se ha permeado en visiones económicas en torno al capitalismo y los beneficios del consumo. El arte bajo este contexto ha sido capitalizado en nuestro país bajo la idea de “Industria Cultural”, concepto que nació mundialmente en los años 40’s y que se posicionó con fuerza en Chile en la década de los 90’s. Así, los economistas se dieron cuenta de que parte de los servicios artísticos y creativos que este sector ofrece se refleja en los bienes y servicios nacionales y que esta industria simbólica (intangible en algunos casos como “producto”) vendría a ser parte también del mercado. Y ojo, esto no fue un acto de iluminación del los economistas locales, sino que fue una lógica que se instaló en el mercado global, posteriormente incluso se fueron creando conceptos y teorías sobre esto. Con los años incluso se empezó a hablar de “economía naranja” o de “economía creativa”, tratando de clasificar cómo la creatividad se enmarcaba dentro de las lógicas del capital. Si bien en la teoría todo apuntaba a que estas nuevas miradas darían al arte una posibilidad de profesionalizarse y capitalizar sus servicios, la realidad nacional resultó mucho más precaria de lo que se pensaba. Los diversos Ministros de Cultura que han rotado, en estos últimos años, intentaron crear líneas de fomento para las industrias culturales, creando consejos específicos para aquellas disciplinas que generaban productos tangibles como el libro, la música y el cine, dando ayudas nacionales mediante concursos, para apoyar al resto de las artes vía FONDART. 

Para graficarlo más, podemos comparar: hoy, los dueños de restaurantes han debido cerrar sus puertas frente a la pandemia del COVID-19 y nadie cuestiona la ayuda que ese emprendedor necesita. Por lo mismo, si el Ministerio de Economía en conjunto con la CORFO crean políticas de ayuda y de inyección de recursos para los emprendedores, lo entendemos como algo necesario y solidario, dado que su negocio cierra y no puede velar por sus necesidades básicas. Sin embargo, que un artista pida ayuda frente a la cancelación de sus únicas fuentes de ingreso, genera un hashtag y una lluvia de comentarios violentos que demuestran la ignorancia, poca valoración y sensibilidad de este sector productivo.

En un Estado Subsidiario como el nuestro, este modelo de industria cultural se convirtió en el fundamento sagrado del Ministerio de las Culturas, desde el regreso de la democracia hasta ahora. Resultó más fácil pensar a los artistas como empresas, al igual que como lo hizo CORFO con las PYMES, creando programas de apoyo que les permitieran desarrollar sus productos (obras). Pero mientras se implementaron dichas políticas, las visiones empresariales de la cultura, comenzaron a chocar de frente con la realidad gremial de este sector. Se dieron cuenta de que la mayoría de los artistas (excepto los que trabajaban en televisión, en orquestas o compañías estables) no poseían contratos; de que la mayoría de ellos eran considerados indigentes en el sistema de salud; de que sus necesidades básicas no estaban cubiertas y que, incluso muchos de ellos morían desahuciados, pues no contaban con recursos para su jubilación, justamente por qué no tenían contratos estables. Por lo tanto, la teoría de las industrias culturales fue chocando de frente con la realidad de las condiciones del arte. 

Con los años FONDART se convirtió en la única fuente posible de financiamiento, no solo por otorgar los capitales para desarrollar los proyectos artísticos, sino porque además se volvió fuente de honorarios estables, por los meses que duraba el proyecto. En paralelo, el Estado, sin hacerse cargo de esta realidad -innegable del sector cultural- decidió incluir a los empresarios creando leyes de mecenazgo para que, por medio de donaciones, los artistas consiguieran apoyo económico y así, llevar a cabo sus proyectos, sistema que -por lo demás-  hasta el día de hoy, tampoco ha logrado inyectar a economía y producción de los artistas, pues el mecenazgo local dista mucho de la filantropía norteamericana que, siendo la cuna del capitalismo, ha sabido contrarrestar la pérdida de sectores más frágiles como el arte mediante la responsabilidad social. 

En Chile, el arte como  derecho no existe

Y es que, en la mayoría de los países de la OCDE, el arte y la cultura no son entendidos como emprendimientos que pueden ser subsidiados, sino que son valorados como base fundamental de la sociedad. Constitucionalmente, el arte en muchos países es entendido como un derecho y como tal el Estado crea las medidas necesarias para que este de desarrolle y persista. En Chile, el arte como un derecho no existe, ya que solo podemos acceder a él mediante el consumo, justamente por que, como se ha dicho, en la lógicas de mercado, las empresas culturales (que son los propios artistas) deben ofrecer sus servicios y vivir de ello. En un país donde no se valora la cultura es muy complejo pensar que solo las reglas del mercado van a regular la existencia de un sector, por eso es tan complejo lo que está pasando con el arte y la cultura hoy. En estos momentos de crisis planetaria, los artistas se han declarado en quiebra luego de haber perdido sus fuentes principales de ingreso por los próximos meses, debido a las múltiples cancelaciones de obras, conciertos, exposiciones, y cierres de espacios que afectan además a toda un área de recursos humanos vinculada al arte de gestión, administración, comunicación, producción y técnica que son parte de la cadena de creación, como también academias y espacios de formación independientes, festivales y ferias, que no pueden operar por el contexto mundial.

Para graficarlo más, podemos comparar: hoy, los dueños de restaurantes han debido cerrar sus puertas frente a la pandemia del COVID-19 y nadie cuestiona la ayuda que ese emprendedor necesita. Por lo mismo, si el Ministerio de Economía en conjunto con la CORFO crean políticas de ayuda y de inyección de recursos para los emprendedores, lo entendemos como algo necesario y solidario, dado que su negocio cierra y no puede velar por sus necesidades básicas. Sin embargo, que un artista pida ayuda frente a la cancelación de sus únicas fuentes de ingreso, genera un hashtag y una lluvia de comentarios violentos que demuestran la ignorancia, poca valoración y sensibilidad de este sector productivo. 

Incoherentemente, mientras algunos escriben dichas críticas escuchan música o ven películas encerrados en sus casas y eso es lo más absurdo de todo esta ola de violencia contra los artistas ¿Y es que acaso en estos momentos de encierro y cuarentena, no es el arte una de los bálsamos que nos ayudan a dosificar la angustia? En estos días nos hemos reencontrado con la creatividad: nuestros niños pintan, leen, cantan, bailan. Y es justamente estás áreas las que se han minimizado en nuestra educación, ya que el foco se ha puesto en la automatización y no en la creación. Hoy más que nunca, encerrados en nuestras casas que nos nutrimos de arte, por qué este fortalece el espíritu y es parte de la esencia de lo que nos hace ser humanos.

Hoy, la indiferencia histórica que han sufrido los trabajadores del arte por parte de los gobiernos de turno y por un sector importante de la sociedad, es mitigada por un pequeño gesto: el aporte de recursos al sector por parte de la cartera que los representa, 15 mil millones que son parte del presupuesto del Ministerio de Cultura. Una inyección de recursos que permitirá a muchos artistas dar de comer a sus familias, pagar una parte de sus arriendos y cubrir sus necesidades de salud, y siendo más crudos aún, poder pagar los funerales de quienes sean víctimas de esta pandemia mundial. No podemos ser indolentes como sociedad, sino entender que las realidades de cada sector son complejas y que hoy más que nunca necesitamos que el Estado cumpla su rol. Luego de 30 años de abandono a los artistas llegó el momento de devolverles todo lo que les han entregado a la cultura de este país, aunque sea con un pequeño gesto de dignidad. 

Por Maria José Cifuentes, Directora NAVE

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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