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Del Coronavirus y la mala fama de las vacunas

por 30 abril, 2020

Del Coronavirus y la mala fama de las vacunas
En una época en que el Coronavirus es un serio problema de salud pública global, una vacuna no sólo es necesaria, sino también posible. No obstante, algunos grupos ven esto incluso como una amenaza. ¿Tiene su preocupación verdadero asidero en la evidencia?
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Vivimos tiempos difíciles. La pandemia no sólo está amenazando la vida de un enorme sector de la población, sino que también ha mermado nuestra expectativa de una vida normal y plantea serios desafíos a los paradigmas de sustentabilidad económica. Es razonable entonces anhelar la posibilidad de una cura que permita ayudar a retornar en lo posible, a la normalidad. Ante esto, el uso de la inmunidad natural del ser humano por medio de una vacuna que le ayude a generar defensas contra una infección sin enfermarse, ha sido una herramienta tan útil que literalmente ha borrado enfermedades de la faz de la tierra, como la viruela.  

Respecto a esto, pese a la dificultad de los tiempos actuales, también vivimos en una época privilegiada en cuanto a avances científicos para combatir una pandemia. Permítanme hablar de un ejemplo histórico para ello. A mediados del siglo pasado, la formulación de la vacuna oral contra la poliomielitis (la llamada vacuna Sabin) cuyos experimentos comenzaron en 1946, para recién poder ser utilizada en poblaciones completas con éxito a finales de la década de 1950’ y principios de la de 1960’. En esa época, el proceso de producción de una vacuna era lento y laborioso, utilizando principalmente patógenos muertos o debilitados. Diferentes avances en las décadas siguientes permitieron utilizar directamente el material genético de un virus o célula para obtener una parte específica de ella, para hacer posible el diseño de vacunas sólo a partir de fragmentos de estos agentes patógenos, haciéndolas más seguras ya que es virtualmente imposible que una enfermedad se produzca a partir de una pieza aislada del agente que la causa. Cabe destacar que la primera vacuna que usó esta tecnología (la de las llamadas “vacunas recombinantes”) fue diseñada en los 80’s contra la Hepatitis B, por un equipo liderado por un chileno: el Dr. Pablo Valenzuela, Premio Nacional de Ciencias del 2002.  

Considerando que la gente que adhiere al movimiento antivacunas sólo quiere proteger a sus hijos e hijas, el miedo impulsado por un caso de mala práctica, así como por la mentalidad “conspiranoica” de algunos grupos minoritarios, es notablemente dañino. Y peor aún: realmente dañino. La desinformación hace que el ya complicado panorama pueda complicarse incluso más.

Con este tipo de avances, el proceso que antes demoraba poco más de una década en obtener resultados, ahora puede demorar mucho menos tiempo. Un ejemplo de ello es el caso de la vacuna contra el virus Ébola, que tomó aproximadamente 5 años para estar disponible al público. Y esto ya puede empezar en vislumbrarse en el caso del Coronavirus. De acuerdo a un reciente artículo en la revista Nature Reviews Drug Discovery, hoy en día existen 115 iniciativas para la producción de una vacuna contra el virus pandémico, realizadas por una diversidad de instituciones como empresas privadas, ONGs, universidades o iniciativas gubernamentales, distribuidas principalmente en América del Norte, Asia, Oceanía y Europa, involucrando un total de 19 países. La mayoría de las iniciativas todavía están en una fase pre-clínica, lo que quiere decir que su efecto está aún siendo probada en animales o cultivos celulares. No obstante, para el 8 de abril pasado, ya habían 5 candidatas que han pasado a la fase 1 de pruebas clínicas. Esto significa que estas potenciales vacunas han sido autorizadas por instituciones regulatorias para que se evalúe su grado de seguridad al ser inoculadas en seres humanos, definiendo cuáles son las mejores formas de inoculación o cuál es la dosis más segura, o sea, la que permita generar el efecto deseado sin perjudicar con efectos secundarios. Considerando que la mayoría de las vacunas que entran a fases clínicas no consiguen llegar hasta la etapa final, la gran cantidad de iniciativas aumenta la esperanza de contar con una vacuna contra el Coronavirus disponible para uso público, incluso a partir de algún momento del año 2021.   

Pese a la histórica factibilidad e importancia que las vacunas han tenido en el mejoramiento de la calidad de vida de la población, especialmente la de niños y niñas, ha crecido desde hace dos décadas una moda que ha divulgado ideas negativas sobre ellas. Muchas de ellas incluso han formado parte de corrientes de “medicina alternativa” y están solicitando a los gobiernos que los padres tengan la libertad de no vacunar a sus hijos. Este movimiento “antivacunas”, que ya presentaba precursores desde mediados del siglo XIX, posee un particular evento a finales de los 90’s que le dio un renacimiento importante que dura hasta el dìa de hoy, combinado ocasionalmente con otras corrientes como los círculos de teóricos de conspiración o de extremos políticos. 

Ese particular evento ocurrió en 1998, cuando un artículo publicado en la revista médica The Lancet presentó un trabajo liderado por el Dr. Andrew Wakefield, en el cual se afirmaba que al observar un grupo de 12 niños con problemas intestinales crónicos y de alteraciones del desarrollo, se pudo constatar que 8 de ellos habìan sido vacunados con la dosis trivírica que comúnmente se utiliza en los programas de vacunación infantil (también conocida como MMR, la cual es usada contra el sarampión, las paperas y la rubéola). De estos 8 niños, 6 de ellos fueron diagnosticados con autismo. Wakefield y sus colegas concluyeron que el trastorno intestinal crónico de los niños estaba asociado a su disfunción neurológica (y por lo tanto, al autismo) y que ésta podía asociarse al uso de la vacuna MMR, debido a que varios de ellos comenzaron a manifestar los síntomas después de haberla recibido. 

El estudio de Wakefield generó gran controversia. El intercambio de correspondencia entre los editores de la revista, los autores y objetores, desembocó en una declaración hecha por la revista en el 2004, en la cual aseguraron que habían problemas serios con la transparencia de varios aspectos del estudio, desde la metodología hasta conflictos de interés asociados a fuentes de financiamiento. El artículo fue finalmente retractado en el 2010, debido a faltas a la ética y al esclarecimiento de lo errado que estaban los resultados. Posteriormente, editores de otra revista lanzaron un artículo acusando a Wakefield de fraude, indicando una alevosa deshonestidad en la divulgación de aquellos resultados. Mientras tanto, una variedad de diferentes estudios, usando diferentes grupos y considerando un universo más de un millón de pacientes, llegaban a la conclusión que no existe vínculo alguno entre la prevalencia del autismo y el uso de vacunas, ni siquiera con aquellas que utilizan un ingrediente llamado timerosal, un agente conservante que ha sido catalogado por los grupos antivacunas como “tóxico”, aunque su concentración en las vacunas no tenga efecto alguno sobre la población.

Sin embargo, pese a la retractación del artículo y a la elocuente evidencia disponible sobre la seguridad de las vacunas, el daño a su reputación ya estaba hecho. Desde entonces, es bastante común ahora encontrarse con fuentes que afirman que “las vacunas causan autismo”. De hecho, el mismo Dr. Wakefield ahora es un declarado actvista antivacunas. La masificación reciente de las prácticas de no-vacunación han permitido, por ejemplo, el reciente aumento del Sarampión en Europa o la reaparición de la polio en países donde prácticamente se había erradicado. Más aún, actualmente hay varios focos de “información” que apuntan a que una vacuna para el Coronavirus sería parte de una estrategia de dominación que ayudaría a “reducir la población mundial” (tal cual suena). Esto es promulgado por los mismos que afirman que el actual Coronavirus puede ser activado por la tecnología 5G, lo que ha hecho que algunas personas hayan atacado torres de telefonía 5G en Europa

Considerando que la gente que adhiere al movimiento antivacunas sólo quiere proteger a sus hijos e hijas, el miedo impulsado por un caso de mala práctica, así como por la mentalidad “conspiranoica” de algunos grupos minoritarios, es notablemente dañino. Y peor aún: realmente dañino. La desinformación hace que el ya complicado panorama pueda complicarse incluso más. 

Vivimos tiempos difíciles, pero una perspectiva basada en la evidencia puede ayudar a aclarar el camino hacia una posible solución. Existe toda una comunidad que, desde diferentes ángulos, está abriéndose paso a una solución que podrá cambiar nuestra relación con una enfermedad que hasta hace pocos meses, nos era desconocida. Estamos en un punto de decisión en que optamos, entre avanzar hacia el futuro beneficiándonos del fruto del conocimiento y la tecnología colectiva, o de permitir que el miedo causado por especulaciones injustificadas nos estanque en prejuicios irracionales.

Dr. Juan P. Cárdenas Astudillo. Investigador; Centro de Genómica y Bioinformática, Universidad Mayor, Chile

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