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Opinión

El aprendiz del castillo de naipes

por 14 noviembre, 2016

El aprendiz del castillo de naipes
La de Donald Trump se fue instalando como una carrera corrida en varios escenarios que el establishment demócrata no quiso mirar o se negó a hacerlo, confiado en atributos en apariencia diferenciadores, pero carentes de seducción dentro del mercado electoral posmoderno, individualista, vacío de contenidos y autorreferente en sus carencias y necesidades primarias de consumo y seguridad.
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Aposté a que ganaba la elección sin dudarlo y estaba en lo cierto. Más allá del azar que siempre puede encerrar un proceso electoral, la presidencial estadounidense era otra prueba de fuego para la desconcertante aldea global. Esa que despreció sin dudarlo la mantención británica en la Unión Europea y el acuerdo de paz en Colombia, solo por mencionar dos ejemplos recientes.

La de Donald Trump se fue instalando como una carrera corrida en varios escenarios que el establishment demócrata no quiso mirar o se negó a hacerlo, confiado en atributos en apariencia diferenciadores, pero carentes de seducción dentro del mercado electoral posmoderno, individualista, vacío de contenidos y autorreferente en sus carencias y necesidades primarias de consumo y seguridad (empleo, ingresos, el otro y lo distinto visto como amenaza, el saqueo de los inmigrantes pobres).

Como candidato no es más que un espejo identitario de los sueños y deseos de sus electores. No es contenido, no implica racionalidad, no se vale del contencioso y también arrogante capital simbólico y económico de las élites gobernantes. Es un aparecido que despertó el arsenal fantasmagórico de la esencia americana del “way of life” de la Guerra Fría…

Hillary Clinton –pocos meses menor que el setentón de Trump– desde un principio quiso asentarse en el prestigio o reputación desde el campo de lo clásicamente político, el conocimiento, las formas correctas o habitus –al decir de Bourdieu–, la contención o mesura, el realismo bajo la premisa de la continuidad de un proceso histórico… Todas, palabras que se vaciaron de contenido ante una avalancha de ofertones desbordados, carentes de pudor y en esencia populistas, destinados a reflotar al ciudadano de viejo cuño, el constructor de la colonización y los cimientos de esa nación blanca, grande, poderosa y orgullosa de sus propias taras.

Trump es un sujeto que se para frente a la sociedad mediatizada como un triunfador, un empresario exitoso, agresivo, demoledor, tosco, directo, políticamente incorrecto producto de su propio e ignorante desenfado. Un pragmático prestidigitador del lenguaje, aprovechador de las oportunidades de le brinda la sociedad estadounidense vista en su dimensión de ciudadano-consumidor maltratado, desplazado, olvidado, ignorado.

Su principal atributo es su narcisismo sociogenético, ese perfil de conflictivo y avasallante conductor por doce años de un exitoso reality televisivo –The Apprentice, de la cadena NBC– donde pone en juego su astucia, su autoritarismo, el bullying descarado, la misoginia y sus recursos económicos al servicio de la búsqueda de un nuevo ejecutivo para sus empresas. Toda una artillería de marketing político que además se revistió de un aliado clave: su personalidad y su carisma como construcción mediática de todopoderoso.

Mirado de este modo, como candidato no es más que un espejo identitario de los sueños y deseos de sus electores. No es contenido, no implica racionalidad, no se vale del contencioso y también arrogante capital simbólico y económico de las élites gobernantes. Es un aparecido que despertó el arsenal fantasmagórico de la esencia americana del “way of life” de la Guerra Fría… El mismo que trató de sepultar Barack Obama como primer presidente negro y que propuso la continuación con una mujer como su sucesora en la Casa Blanca.

Pero a diferencia de Alemania, Brasil o Chile, sus conciudadanos no se compraron esa oferta y prefirieron apostar a seguir siendo público participante de un reality televisivo de Trump. Porque, a fin de cuentas, este neófito republicano oportunista no hizo más que llevar la campaña presidencial a los territorios simbólicos que él conocía y dominaba mejor; no los de un Jefe de Estado, sino los de una estrella de telerrealidad que hará de la Casa Blanca su nuevo set para seguir jugando un spin off de House of Card.

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