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Disrupción tecnológica en energía: una oportunidad para Chile de liderar la detención del cambio climático

por 7 diciembre, 2018

Disrupción tecnológica en energía: una oportunidad para Chile de liderar la detención del cambio climático
Ningún conflicto social por protección de empleos podrá evitar que lleguemos a la cúspide de una de las disrupciones más rápidas, más profundas y con más consecuencias de la historia de la energía y el transporte. Y esto no es para dentro de 20 o 40 años. Se hará sentir en 5 a 10 años más, cuando el coche eléctrico supere los 300 o 400 kilómetros de autonomía, con un precio que bajaría en los modelos económicos hasta los 20 mil dólares. Desde ese momento, se producirá una alud de cambios que barrerá con todo.
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Del 2 al 14 de diciembre 2018, se está realizando en Katowice, Polonia, la 24ª Cumbre sobre el Clima de la ONU. No hay entusiasmo por los resultados que se puedan obtener. El Informe reciente del IPCC ha dejado claro que es muy probable que el planeta esté al borde de un punto crítico de no retorno. La catástrofe climática ahora parece inevitable.

Hemos dejado pasar demasiado tiempo para ejecutar medidas efectivas que mantuvieran la elevación de las temperaturas globales por debajo de 1.5°C. Así, vamos hacia un futuro de eventos climáticos extremos: costas inundadas, arrecifes de coral destruidos, sequías, inviernos muy fríos, olas de calor, incendios forestales, glaciares derretidos, entre otros. Al mismo tiempo, por la propagación del populismo de derecha se debilitan las perspectivas de alcanzar acuerdos globales para detener las emisiones.

Sin embargo, aunque el control de las emisiones vía el Acuerdo de París marche lento, aún tenemos la vertiente de las innovaciones tecnológicas que marcha aceleradamente. Tan rápido es el cambio tecnológico, que con su velocidad bien podría ayudarnos a superar las carencias y la lentitud del avance en las negociaciones intergubernamentales.

La demanda de energía solar, baterías y coches eléctricos dominará los mercados. Para nosotros estos vaticinios nos dan esperanzas, más allá de que las negociaciones de la COP 24 en Katowice tengan éxito o sean un fracaso. En otras palabras, la disrupción tecnológica en energía y transporte lograría lo que las negociaciones intergubernamentales aún no consiguen afianzar: el inicio del fin de la quema de los combustibles fósiles, de la contaminación del aire y de las emisiones de gases de efecto invernadero, abriendo las posibilidades de frenar el cambio climático.

En los últimos años han crecido exponencialmente las investigaciones sobre tecnologías que pueden ayudar a frenar el cambio climático. Se comienza a hablar de una enorme “disrupción tecnológica en energía y transporte”.

¿Cuándo ocurre una disrupción? Esta empieza cuando nuevos productos crean un nuevo mercado y, en el proceso, debilitan, transforman o destruyen significativamente otros productos, mercados o industrias similares existentes. Eso sucedió con la creación de la cámara digital que destruyó la industria de las cámaras con rollos fotográficos. Las disrupciones se apoyan en la “convergencia de tecnologías” e innovaciones de modelos de negocios habilitadas por estas tecnologías. Acontecen cuando varias tecnologías, cada una de las cuales mejora a un ritmo diferente, convergen en el tiempo para hacer posible el desarrollo de nuevos productos o servicios. Apple y Google lanzaron el iPhone y los Android en cuestión de meses en 2007. Esto se debió a la convergencia de tecnologías como la banda ancha, imagen digital, pantalla táctil, computación, almacenamiento de datos, la nube, litio, baterías de iones y sensores. Todo convergió en un corto tiempo.

Un aporte clave en estas materias es el libro Clean Disruption (T. Seba, Universidad de Stanford, 2014). Ese libro presagió lo que está sucediendo hoy, una fuerte “disrupción tecnológica en energía y transporte” debido a factores que convergen como baterías de mayor duración, motores eléctricos, conducción automática, paneles solares y modelos de negocios como Uber. Un grupo independiente de investigadores llamado “Rethink” aplicó ese enfoque para analizar el ámbito, velocidad y sus implicaciones en la sociedad y economía actuales. El primer informe sectorial de Rethink se titula “Rethinking Transportation 2020-2030” (Arbib y Seba, 2017).

El informe Rethink concluye que estamos a un paso del más rápido, profundo e impactante quiebre de nuestro enfoque a la energía y el transporte. Postula que los vehículos dotados con motor de combustión desaparecerán antes de 2030. La inmensa mayoría empezarán pronto a ser sustituidos por eléctricos. Todo ello por la rápida evolución de baterías, la infraestructura de recarga, y sobre todo el precio. A partir de 2021, en solo tres años más, los vehículos (autos, buses, camiones) y sistemas de transporte público comenzarían a adoptar de forma masiva el motor eléctrico, con cero emisiones, más económico, mínima mantención y sostenible. Al combinar curvas de costos de tecnología e innovaciones de modelos de negocios, el enfoque de “disrupción tecnológica” está ayudando a anticipar cuándo un conjunto dado de tecnologías convergerá y creará oportunidades para que los empresarios creen productos y servicios disruptivos.

Algunos autores mencionan también que pronto todos los subproductos de la energía solar empezarían a ser accesibles a gran escala y a precios muy competitivos. Esta semana nos enteramos que la Unión Europea fijó al año 2050 como cese del uso de combustibles fósiles en Europa. Todo ello significa una muy buena noticia para frenar el cambio climático. Varias ciudades en China funcionarán en la próxima década solo con energías renovables. En Noruega no se podrá comprar un coche de gasolina o diésel a partir de 2025; China también se prepara para vetar este tipo de motores. La última central de carbón en Reino Unido echará el cierre en 2025, si no antes, porque el país se está desligando de los combustibles fósiles en un tiempo récord. Alrededor de 170 países tienen establecidos objetivos de implantación de renovables.

¿Qué significa todo esto? Sin duda, algo está ocurriendo en el mundo. Para algunos son señales de una transición. Otros hablan de revolución. Para otros es una disrupción tecnológica.

Pero no nos engañemos, estamos solo al principio. Se necesitarán décadas para hacer que la disrupción sea total, porque la humanidad nunca ha emitido tantos gases de efecto invernadero como ahora. Y las energías renovables apenas representan menos del 20% de toda la energía consumida por el hombre. Sin embargo, infinidad de estudios plantean un horizonte 100% renovable. Durante dos décadas no sabíamos quiénes iban a ser los ganadores de la descarbonización, se hablaba del hidrógeno, de los biocombustibles. Hoy sabemos que será la solar. La reducción de sus costos ha demostrado que se puede producir electricidad barata. La incógnita es cuándo se producirá el gran salto. Algunos como T. Seba dicen que será muy pronto, otros que en una década o más, pero algo está claro: el fin del carbón, petróleo y gas es cuestión de tiempo.

Los más optimistas, estiman que más de 100 países podrían depender solo de renovables en 2050. Y los menos, plantean que para esa fecha el 50% de la energía que se consuma en el mundo será renovable (eso sí, el 85% de la electricidad procedería de fuentes limpias). Las transiciones en el sector de la energía son lentas, hasta ahora han tardado 30 a 40 años. Lo que viene, no va a ser un cambio expedito que transforme en 10 o 15 años el perfil del sector energético. Con seguridad la transformación va a encontrar mucha oposición en muchos sectores empresariales, políticos y gremiales, ya que las energías fósiles decaerían hasta desaparecer, arrastrando a los grandes compañías, centrales térmicas, generadoras, gasolineras, seguros, comercios, estacionamientos, etc.

Al respecto, mencionemos de pasada que Polonia, donde se está realizando la Cumbre del Clima estos días, es la capital del carbón en Europa con más de 110 mil polacos trabajando en el sector, la mitad del total de Europa. Por esta razón, seguramente gran parte de los debates y negociaciones se retendrá en la llamada “transición justa” para los trabajadores que por la “descarbonización” se quedarán sin empleo en la industria del carbón, gas, petróleo, electricidad, minería y transporte.

Gran problema. Lo vemos con lo que está sucediendo en Francia con los chalecos amarillos por la subida del impuesto a los combustibles. Faltaron consultas y participación. Obviamente se requerirá de mucho tiempo para que la gente comprenda que al final esta vía irreversible de cambios, estricto control de emisiones, mayores impuestos y posterior abandono de los combustibles fósiles será en su propio beneficio. No cabe duda que en el camino se perderán millones de trabajos, pero los expertos subrayan que por cada empleo perdido se crearán decenas derivados de la aplicación de la energía solar y otras energías limpias. O sea, más que de una pérdida de empleo se tratará de un cambio de empleo, una transición justa, un cambio que por su envergadura no tiene precedentes en nuestra civilización.

Lo que no podemos olvidar es que llevamos un ritmo muy lento para poder cumplir con el Acuerdo de París, y el tipo de manifestaciones de chalecos amarillos no nos conduce a ninguna parte. Se tiene que tener claro que los compromisos del Acuerdo de París para 2030 no son suficientes para lograr el objetivo. Hace falta que los recortes de emisiones sean un 25% mayores de lo comprometido. Por esta razón, será un auxilio inesperado, que el primer gran paso ocurra debido a la descarbonización del transporte ad portas. Un proceso que no estará en manos de los gobiernos ni dependerá de las políticas públicas ni de las negociaciones de las Cumbres del Clima, sino que será conducido por la gente, por sus bolsillos, y al cual las administraciones públicas no serían capaces de acceder.

En términos prácticos esta descarbonización significaría que el uso masivo del coche eléctrico pasaría a ser un nuevo punto de inflexión en la historia energética mundial y aseguraría el logro de buena parte de los elementos del Acuerdo de París. Nada más, nada menos. De esta forma, muchos países, entre ellos el nuestro, podrían alcanzar sus compromisos de reducción de emisiones de aquí a 2030 e incluso superarlos.

Ningún conflicto social por protección de empleos podrá evitar que lleguemos a la cúspide de una de las disrupciones más rápidas, más profundas y con más consecuencias de la historia de la energía y el transporte. Y esto no es para dentro de 20 o 40 años. Se hará sentir en 5 a 10 años más, cuando el coche eléctrico supere los 300 o 400 kilómetros de autonomía, con un precio que bajaría en los modelos económicos hasta los 20 mil dólares. Desde ese momento, se producirá una alud de cambios que barrerá con todo.

Esto supone que para 2025, la mayor parte de los vehículos que se muevan en la superficie terrestre con un motor de combustión, pasarán a ser eléctricos. ¿Sucederá algo similar a lo que ocurrió a comienzos de siglo XX, cuando el auto a combustión hizo desaparecer a los vehículos impulsados por caballos? Muy posible. Por supuesto, las oportunidades para nuestro país son inmensas. ¿Quién hubiera pensado que nuestro Desierto Grande sería un factor determinante para dotarnos de abundante energía para limpiar nuestro aire? ¿Para eliminar la contaminación en todas las zonas de sacrificio y nunca más depender de aquellas sucias empresas que nos han contaminado por más de 70 años quemando combustibles fósiles con elevadas emisiones de gases contaminantes? La energía solar llegará a constituirse en nuestro principal soporte y aliado para enfrentar el cambio climático.

La demanda de energía solar, baterías y coches eléctricos dominará los mercados. Para nosotros estos vaticinios nos dan esperanzas, más allá de que las negociaciones de la COP 24 en Katowice tengan éxito o sean un fracaso. En otras palabras, la disrupción tecnológica en energía y transporte lograría lo que las negociaciones intergubernamentales aún no consiguen afianzar: el inicio del fin de la quema de los combustibles fósiles, de la contaminación del aire y de las emisiones de gases de efecto invernadero, abriendo las posibilidades de frenar el cambio climático.

Estas predicciones parecen de ciencia ficción, pero no olvidemos que en el siglo XXI la ciencia ficción de ayer es la ciencia de hoy. Estos pronósticos tienen la cualidad de alertarnos de los cambios que en menos de una década remecerán nuestra economía, estilos de vida y consumo. China nos lleva ventaja, ha tomado al piE de la letra las virtudes de subirse al carro de las innovaciones. Europa le sigue. EE.UU., Australia y Brasil por la tozudez de sus líderes y su adherencia a las energías fósiles, estarían quedando rezagados. La historia nos muestra que los países que dominan energía y transporte tienen la economía más fuerte. Y reconozcámoslo, además explica que una buena ecología es también una buena economía.

Para usted podría resultar como algo inalcanzable en el corto plazo y es entendible que esté escéptico ante tanta maravilla. Se comprende, ya que estos vaticinios son optimistas. Pero no hay razón para el escepticismo. La realidad es que, años antes o después, estas predicciones tendrán pronto su día de realización. Además, van a tener implicancias directas en nuestro diario vivir, ya que deberíamos comenzar a pensar, cuanto antes, cuándo vamos a deshacernos de nuestro auto a combustión, ¿no le parece?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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