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Chadwick y la legitimidad amenazada

por 12 enero, 2019

Chadwick y la legitimidad amenazada
A estas alturas ya ni siquiera importa si el hombre es o no el eje del gobierno actual, ni si su reiterada presencia en el gabinete es o no una prueba más del nepotismo presidencial en boga, ni menos si la DC colaboracionista le presta o no la ropa necesaria para sobrevivir. No se trata ya tampoco de hacer avanzar la justicia en el caso Catrillanca, que sigue por otro carril. Se trata simplemente de que a través de la pertinaz mantención del ministro Chadwick en el gabinete se está poniendo en juego y se continúa debilitando la legitimidad democrática. Y también se debilita la lógica republicana de la responsabilidad política en los actos de gobierno.
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Al niño que acompañaba a Camilo Catrillanca lo interrogaron casi hasta el amanecer del día siguiente de aquella fatídica jornada que acabó con la vida del joven comunero mapuche. Ya por entonces conocían los pormenores de lo que realmente había ocurrido, entre otros, la defensora de derechos humanos, su abogado y el fiscal que tomó el caso.

Si personas de rango oficial muy inferior conocían ya lo sucedido ese día, es muy difícil (por no decir imposible) que no lo supiera el ministro más importante del gabinete, bajo cuyo mandato se encuentra precisamente Carabineros de Chile.

En tal sentido, las recientemente conocidas palabras del ex jefe de la zona Araucanía de Control de Orden Público, Mauro Vicctoriano, en que insiste en que el ministro sabía que había sido un asesinato, que el joven no estaba armado y que no hubo enfrentamiento, reafirman que el jefe de gabinete de La Moneda conocía desde el principio y de primera fuente lo acontecido aquella jornada.

A Chadwick le comienza a crecer la nariz

El domingo 18 de noviembre por la mañana, los canales de televisión abierta interrumpieron su programación habitual para establecer contacto directo con La Moneda, lugar donde se encontraban reunidos desde muy temprano el Vicepresidente de la República – Piñera estaba de gira – y el entonces General Director de Carabineros, Hermes Soto.

Por eso el ministro Chadwick debe abandonar el cargo. Ha puesto en juego la credibilidad y legitimidad de nuestra democracia, así como el principio de un gobierno que debe hacerse responsable de sus actos, especialmente si estos terminan en la muerte de ciudadanos por agentes del Estado, más allá de cualquier lógica partidista. De no ocurrir aquello no solo Piñera y su gobierno seguirán perdiendo posiciones en la opinión pública y en el sistema político. Lo principal es que se deteriorará aún más nuestra democracia y los principios fundamentales que la sustentan.

Todos quienes estábamos viendo TV a esa hora – en mi caso CNN- supimos de inmediato que algo relevante respecto del caso Catrillanca, sepultado el día anterior, se iba a decir aquella mañana.

En efecto, luego de una larga espera, el ministro del interior, flanqueado por el mandamás de Carabineros, señaló lo que todos sabíamos: que Catrillanca había sido asesinado y que nunca hubo enfrentamiento.

Muchos opositores celebraron el acto de sinceramiento público del ministro, en contraste con el lúgubre y desprolijo Aleuy. No pocos vieron en eso un episodio de gallardía política en medio de una tensión permanente entre el poder civil y su intento por someter a la institución de Carabineros al poder democrático.

En ese ambiente, resultó casi una excepción señalar que parecía extraño que el ministro no asumiera su responsabilidad política en los hechos y no abandonase voluntariamente el gabinete.

Me acordé de un ex ministro del Interior alemán que fue golpeado por el caso de un subordinado suyo que, en el contexto de una trama de inteligencia, terminó asesinando a un espía. El ministro renunció a su cargo y dijo públicamente “no seré culpable, pero si soy responsable”.

Para quienes conocíamos bastante bien a quien había sido diputado y luego senador por O’Higgins, nunca nos cuadró la imagen pública que proyectaba Chadwick como un demócrata de tomo y lomo. Lo había visto por primera vez en televisión allá por el año 1980, cuando junto a otros jóvenes gremialistas salió a defender a “mi presidente Pinochet” luego que el dictador fuera objeto del desaire de un colega suyo, el dictador Marcos de Filipinas, quien después de invitarlo no lo dejó ingresar al país asiático. Cosas de dictadores aislados y execrados por la comunidad internacional.

Andrés Chadwick estableció durante largo tiempo un acuerdo tácito con Juan Pablo Letelier y manejaron a su antojo la región en un largo período con unos y otros gobiernos. Durante el proceso de instalación de la actual administración no pocos consejeros de RN de la región se quejaban, latamente, de la influencia del ministro del interior en las designaciones locales. Por entonces se comentaba que el ministro quería posicionarse como presidenciable – ello explica la pugna brutal con Moreno al momento de explotar el caso Catrillanca, inicio del desplome de ambos - y que, si ello no resultara viable, buscaría retomar su rol como senador por la región.

Miente, miente, que al final algo queda.

Chadwick demostró durante el desarrollo de la trama una capacidad no emulada para confundir a la opinión pública y manipularla. Lo hizo, incluso, en la propia interpelación en el Congreso cuando siguió sosteniendo que no sabía que no había habido enfrentamiento armado y que Carabineros le había ocultado información.

Pero luego de lo señalado por el ex jefe policial de la zona Araucanía, el ministro se ha quedado sin argumentos, al punto de tener que recurrir a una explicación que le ha hecho crecer aún más la nariz: una supuesta comunicación telefónica inaudible y el completamente inverosímil hecho de no haber procurado retomar la conversación, dado la importancia del caso, y así cerciorarse de lo que se le estaba comunicando. Por la boca muere el pez.

Chadwick desafía nuestra legitimidad democrática

A estas alturas ya ni siquiera importa si el hombre es o no el eje del gobierno actual, ni si su reiterada presencia en el gabinete es o no una prueba más del nepotismo presidencial en boga – ayer y hoy -ni menos si la DC colaboracionista le presta o no la ropa necesaria para sobrevivir. No se trata ya tampoco de hacer avanzar la justicia en el caso Catrillanca, que sigue por otro carril. Se trata simplemente de que a través de la pertinaz mantención del ministro Chadwick en el gabinete se está poniendo en juego y se continúa debilitando nuestra legitimidad democrática. Y también se debilita la lógica republicana de la responsabilidad política en los actos de gobierno.

Creíamos hasta hoy que la derecha, en un proceso lento y dificultoso, se había ido separando del ideario pinochetista y de sus medios: el uso de la violencia, la manipulación de los medios y de la opinión pública para el control político de una ciudadanía, ayer como hoy, que se busca aletargar.

Pero no era así.  A través del caso Catrillanca nuestra derecha política nuevamente hizo uso y legitimó discursivamente la violencia allí donde no la había, salvo por parte de las fuerzas de represión. Mintió sistemáticamente hasta más no poder, muchas veces con la complicidad de los principales medios del país.

Por eso el ministro Chadwick debe abandonar el cargo. Ha puesto en juego la credibilidad y legitimidad de nuestra democracia, así como el principio de un gobierno que debe hacerse responsable de sus actos, especialmente si estos terminan en la muerte de ciudadanos por agentes del Estado, más allá de cualquier lógica partidista.

De no ocurrir aquello no solo Piñera y su gobierno seguirán perdiendo posiciones en la opinión pública y en el sistema político. Lo principal es que se deteriorará aún más nuestra democracia y los principios fundamentales que la sustentan.

La mentira sistemática, la manipulación sin tregua de la opinión pública, la legitimación inadmisible del uso de la violencia que solo cesa cuando los hechos no se pueden desmentir, debilitan y corroen nuestra democracia. Por eso el ministro debe dar un paso al costado.

El presidente Piñera ha optado con sus recientes declaraciones de respaldo a su primo, fugarse hacia adelante y seguir dañando ya no solo a su gobierno, sino que, también, nuestra legitimidad democrática.

La oposición (si es que realmente existe como tal) tiene ahora la palabra.

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