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La necesidad de una identidad socialista

por 3 febrero, 2019

La necesidad de una identidad socialista
Ante el apoliticismo y la farandulización de la política, en que se impone un personalismo mezquino y también estrafalario, el XXXI Congreso, hizo hincapié en la necesidad de fortalecer la identidad del socialismo desarrollando su estructura territorial y sus lazos con las organizaciones sociales, sin afectar la autonomía necesaria de esas agrupaciones, en particular las del mundo sindical con miras a reforzar la interlocución del pluralista sector de la sociedad que en ellas se representa.
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Los días 24 y 25 de Enero, se realizó el XXXI Congreso General del Partido Socialista, como parte de un necesario proceso de definiciones políticas y adecuaciones programáticas que abarca al conjunto del sistema político en Chile y a escala global. Militantes o adherentes de las diversas colectividades piden identidad y claridad a los partidos, tanto de ideas en el ámbito de los principios como propuestas programáticas que promuevan proyectos de país en la ciudadanía, con miras a lograr que la política no sea sólo instrumento de personalismos indebidos, voraces caudillismos o el perverso clientelismo de grupos de poder que gestionan pitutos o granjerías, apartándose de la matriz original de las formaciones políticas.

De modo especial este proceso resulta relevante en el socialismo chileno, cuya “vía chilena” al socialismo generó un momento histórico trascendente bajo el liderazgo de Salvador Allende. En efecto, esa voluntad política marcó por decenios el debate nacional y le entregó una identidad singular que se proyectó a Chile y al mundo.

Ahora bien, a ese desafío se debe agregar el descrédito y desencanto con la política ante la desigualdad que agobia a la humanidad en la globalización, que ha creado condiciones para que el neofascismo haya reaparecido en la política mundial. Así también, reinstalar un proyecto político y social transformador se hace más difícil aún ante condenables actos de corrupción que han dañado la confianza ciudadana y la legitimidad del régimen democrático. Esas dificultades son usadas por grupos fácticos económicos, que apoyan la demagogia y el populismo que obstaculizan de manera profunda la brega contra la desigualdad y por una nueva Constitución, lo que ha venido a acentuar la necesidad de mayor capacidad propositiva e identidad de los partidos como formaciones ideológico-políticas de carácter nacional. 

Se abordó sin dobleces el avance en la cultura del individualismo que -como padrón de conducta- se logra imponer sobre el bien común y el valor de la solidaridad en la comunidad humana, por eso hay que luchar y reponer el principio de la justicia social.

Estos factores han ido configurando una mirada crítica hacía lo hecho en democracia, en algunos casos, se creó un agudo malestar sin salida inmediata en el sistema político, que fermenta un negativismo estéril que se vuelca en contra del propio Partido Socialista, trasladándole la animosidad que generan injusticias, abusos y desajustes de una estructura económica y social quebrada por la desigualdad. 

Ahora bien, a ese desafío se debe agregar el descrédito y desencanto con la política ante la desigualdad que agobia a la humanidad en la globalización, que ha creado condiciones para que el neofascismo haya reaparecido en la política mundial. Así también, reinstalar un proyecto político y social transformador se hace más difícil aún ante condenables actos de corrupción que han dañado la confianza ciudadana y la legitimidad del régimen democrático. Esas dificultades son usadas por grupos fácticos económicos, que apoyan la demagogia y el populismo que obstaculizan de manera profunda la brega contra la desigualdad y por una nueva Constitución, lo que ha venido a acentuar la necesidad de mayor capacidad propositiva e identidad de los partidos como formaciones ideológico-políticas de carácter nacional.

Se exacerba ese juicio crítico con la responsabilidad de los socialistas, dado que han participado en los gobiernos de la transición. Sin embargo, no hay resolución o voto que haya propuesto en algún evento socialista abandonar las tareas de conducción del Estado, cuando se ha tenido la mayoría necesaria para gobernar. Lo qué hay es una fuerte tensión entre la voluntad de participar y el impulso de la propia fisonomía partidaria.

Ante ello, la resolución política del XXXI Congreso General entrega una respuesta crítica de la autocomplacencia que no advierte las irreparables injusticias del sistema neoliberal, pero también rescatando los avances conquistados en la reconstrucción de la democracia que han reinstalado el respeto a la dignidad del ser humano como fundamental para Chile.

Es decir, el socialismo chileno reitera su revalorización de la democracia como el régimen institucional que permite alcanzar nuevas conquistas populares y vuelve a definir la dictadura y el autoritarismo, como incompatibles con el ideario socialista y la defensa de los Derechos Humanos como valor universal, esencial, cuya inviolabilidad no está sujeta a consideración alguna y es obligación irrestricta de los Estados.

Asimismo, se confirmó su carácter feminista, reivindicando la plenitud de derechos de la mitad de la población y así contribuir al fin de la milenaria opresión de la mujer.

De modo especial, se abordó la inseguridad en el empleo, convertida en un factor habitual de atropello de los derechos laborales de los trabajadores. Sea para contener sus legítimas demandas, sea para desconocer sus conquistas o como cruel amenaza de cesantía, en esta etapa de capitalismo globalizado, el uso de la incertidumbre laboral para domesticar por el miedo a los trabajadores se ha transformado en uno de los más odiosos instrumentos de dominación.

Por eso, se requiere unidad y entendimiento de todas las fuerzas populares para fortalecer el movimiento sindical y respaldar su interlocución autónoma en el país.

El debate socialista asumió el crecimiento de la ultraderecha y el riesgo de opciones totalitarias en América Latina, por eso como partido de izquierda y de oposición afirmó su voluntad de diálogo en el Congreso Nacional, con las fuerzas allí presente con vistas a afianzar el régimen democrático. En este caso, se trata de entendimientos necesarios en temas-país, sin dejar de lado el rechazo al sentido regresivo que marca los contenidos fundamentales de la agenda del gobierno.

En el ámbito político, el esfuerzo del socialismo apunta a unir la izquierda en un camino convergente con la unidad del conjunto de la oposición. Hay que superar la idea que son tareas contrapuestas o que están “en orden” como peldaños de una escalera, que uno va detrás del otro, rígido e inmutable. La práctica ha indicado que son propósitos complementarios y que cuando hay unidad opositora, hay acuerdo en la izquierda y que eso coadyuva al entendimiento de todos. 

En los años 80, bajo la dictadura, hubo mucha división en torno a este debate y no vale pena repetir esas agudas pugnas, en las que el socialismo se atomizó, para que finalmente la irrebatible contundencia de los hechos en la práctica, resolviera a favor del entendimiento más ancho posible para la derrota política del régimen militar y lograr restablecer la democracia.

Ante el apoliticismo y la farandulización de la política, en que se impone un personalismo mezquino y también estrafalario, el XXXI Congreso, hizo hincapié en la necesidad de fortalecer la identidad del socialismo desarrollando su estructura territorial y sus lazos con las organizaciones sociales, sin afectar la autonomía necesaria de esas agrupaciones, en particular las del mundo sindical con miras a reforzar la interlocución del pluralista sector de la sociedad que en ellas se representa.

En suma, en militantes jóvenes y antiguos se impuso la madurez, el compromiso de años de luchas y quebrantos que van forjando una vocación socialista de transformación democrática del país, constituida en una fuerza moral capaz de superar las dificultades y avanzar en una alternativa nacional que configure la mayoría necesaria para realizar la justicia social que anhelan.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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