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Terminemos la parodia y cambiemos la percepción sobre el cambio climático

por 14 marzo, 2019

Terminemos la parodia y cambiemos la percepción sobre el cambio climático
Nuestro mayor desafío es cambiar nuestra percepción sobre el cambio climático, convencer a las autoridades y ciudadanos que es urgente administrar un cambio rapidísimo. Por supuesto que en los últimos 5 años se ha avanzado, sí, pero muy lentamente y sin la determinación necesaria. Tenemos que tener presente que los pronósticos nos indican que, de aquí al 2030-2040, la economía mundial se duplicará, las infraestructuras aumentarán por doquier y el espacio urbano agrupará a más del 75% de la población mundial, o sea, a más de 6 mil millones de personas. Un crecimiento espectacular pero en un momento inadecuado, ya que la crisis climática nos exige antes del 2030 reducir las emisiones al menos en un 40%, para asegurar que el promedio global de temperatura no aumente más 2,0º C, por encima del límite deseable de 1,5º C. Este reto es el más grande al que nos hayamos enfrentado en nuestra historia. ¿Cómo reduciremos a la mitad las emisiones de CO2 cuando vamos decididos a duplicar la economía? Este es un desafío cuya magnitud y urgencia aún no entendemos.
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Lo que consigamos dependerá de lo inteligentes que seamos en llevar a cabo cambios urgentes y comencemos muy pronto a disminuir las emisiones de CO2, que son las que provocan el “calentamiento global” y alteran el tiempo meteorológico. Por esta razón, los fenómenos más afectados son aquellos que dependen de la temperatura en la superficie terrestre, tales como las tormentas, las sequías extremas, y las olas de frío o de calor.. En enero y febrero recién pasados predominaron los extremos climáticos en distintas partes del mundo. Frío peligroso en América del Norte, récord de calor e incendios en Australia, altas temperaturas y lluvias intensas en partes de América del Sur, en particular Norte de Chile. Grandes nevadas en los Alpes y los Himalaya.

En EE.UU. se sintieron las temperaturas más bajas registradas en la historia, con -48,9º C, y los gélidos vientos provocaron que la sensación térmica descendiera más de una decena de grados. En Port Augusta, sur de Australia, se superaron los 49º C y en un país templado como Nueva Zelanda se vivieron varias noches tropicales. Pero eso no fue todo, en Hochfilzen, en Austria, se acopiaron 4,5 metros de nieve en pocos días. Hacia fines de enero en el Mediterráneo oriental, el frío y las nevadas hicieron la vida imposible a los migrantes climáticos. Ahora, en los primeros días de marzo, varias ciudades europeas superaron los 20º C. Londres tuvo el día más caluroso de invierno registrado a la fecha.

Las temperaturas extremas serán de ahora en adelante un elemento permanente de la variabilidad meteorológica a la cual nos veremos enfrentados cada vez con mayor frecuencia. Este es un asunto al cual tenemos que dedicarle especial atención. Esta polarización irá en aumento a medida que avance el siglo y será una de las características principales del cambio climático. Hará que nuestra vida se torne muy compleja y difícil.

No podemos continuar con la parodia, fingiendo que nos preocupa el cambio climático. Es hora de tomar en serio el desafío. En la raíz de los eventos extremos se encuentra el “calentamiento global”. Para los escépticos, baste señalar que de los 20 años más calurosos de nuestra historia, 19 han ocurrido en el siglo XXI

La prioridad para hoy es continuar convocando a gobiernos, empresarios y ciudadanos, en los ámbitos internacional, nacional y local. Ahora es cuando debemos pasar a la acción. Lo que hagamos para sumar esfuerzos será poco. En nuestro país se requiere contar con más movimientos ciudadanos, como los de la juventud preuniversitaria en Europa que ha lanzado la campaña de los “Viernes por el Futuro” (los estudiantes no asisten a clases), protestando por la ineptitud y la inacción de las generaciones más viejas. Este tipo de compromisos de la juventud nos llena de optimismo, pero nos sigue preocupando lo que haremos en una década, y si lo que realicemos lo vamos a hacer con la urgencia necesaria.

Por ejemplo, en las zonas tropicales, se está reforzando una tendencia hacia una mayor intensidad de las lluvias y una mayor duración de las sequías, como está sucediendo ahora en Australia y en el Norte de Chile y Bolivia con las lluvias de verano en el Altiplano. En todas partes, están ocurriendo con mayor frecuencia tormentas locales, sequías o inundaciones que antes eran muy esporádicos.

Los datos son contundentes. Los eventos geofísicos como erupciones volcánicas, terremotos o tsunamis apenas aumentaron desde 1980. Por el contrario, los episodios de sequías, calores y fríos extremos, y los incendios forestales se han más que triplicado. Más aún, las inundaciones y las crecidas de los ríos se han más que cuadruplicado. Esto quiere decir que, si bien nuestra experiencia con los fenómenos telúricos nos ha preparado para resistir todo tipo de desastres, las catástrofes por el cambio climático serán inmensamente más fuertes en magnitud y sus efectos mucho más prolongados. Esa experiencia nos servirá de poco.

¿Cuáles serán los efectos de los extremos climáticos en la biodiversidad? En Chile, en el caso de que la temperatura promedio del planeta se eleve más allá de 2º C, las sequías extremas en el norte y la zona central podrían ser catastróficas, ya que ni la infraestructura agroindustrial ni los agrosistemas están diseñados para soportar extremos de escasez hídrica. El impacto de la creciente variabilidad del tiempo estacional sobre la vegetación será tremendo. Periodos anormalmente cálidos al principio de la primavera dañarían a los frutales, ya que sienten que es más tarde de lo que realmente es. Cuando la temperatura vuelve a sus valores normales, las flores habrán perdido su vigor y morirán.

Pero los extremos no impactan solo a la vegetación, también son muy peligrosos en las poblaciones animales. Antes de la penúltima ola de calor en Australia, en noviembre 2018, había en el sur del continente unos 70 mil ejemplares de “zorro volador”, un murciélago de gran tamaño. Tras seis de días con temperaturas por encima de los 40 grados, murió un tercio de la población. No sabemos aún cuántos se extinguieron debido a las olas de calor de enero 2019. Por otra parte, se han documentado 31 casos de poblaciones que han migrado tras un evento extremo, la mayoría tras ciclones y huracanes, o después de una sequía o inundación, según un estudio australiano publicado en diciembre 2018 sobre biodiversidad y fenómenos meteorológicos. En Chile, lamentablemente, aún faltan datos acerca de los estragos de los extremos climáticos sobre la biodiversidad, pero seguramente vendrán algunos cataclismos biológicos y migraciones animales si es que no están ocurriendo ya.

En cuanto a las poblaciones humanas, es preocupante la información publicada en el último informe enero 2019 de la revista médica The Lancet sobre salud y cambio climático. A nivel planetario hubo tantos días de ola de calor en los últimos 5 años que, de media, cada humano sufrió al menos 1,4 días extremadamente calurosos. Treinta países sufrieron una reducción significativa en sus cosechas tras una década de aumentos. En 2017 a nivel planetario ocurrieron 712 eventos climáticos extremos que provocaron pérdidas económicas estimadas aproximadamente en 300 mil millones de dólares, el triple que en 2016. Sin embargo, ni estas evidencias ni estos datos parecen hacer mella en los escépticos climáticos. ¿Hasta cuándo habrá que esperar?

¿Y en Chile? El 26 de enero, en Santiago la temperatura ascendió a un registro histórico de 38,3º C. Se superó el récord establecido en 2017. En los últimos dos meses estuvimos expuestos a serios peligros por altas temperaturas. En el norte, fuertes temporales, grandes escorrentías, inundaciones que arrasaron poblados. En el Centro-Sur una serie de incendios forestales, otros aún persisten en el extremo Sur. ¿Cuál fue nuestra respuesta?

No hubo alarmas, se contrataron aviones cisternas de gran calado que hicieron su trabajo con discutible eficacia, debido a diversos tipos de inconvenientes logísticos. Las poblaciones afectadas una vez más se sintieron abandonadas. En otras palabras, el Gobierno chileno aún no entiende ni la urgencia ni la magnitud del desafío. No se comprende que lo acaecido a la fecha es apenas una modesta “porción” de los extremos climáticos que con toda seguridad nos afectarán más adelante.

Nuestro mayor desafío es cambiar nuestra percepción sobre el cambio climático, convencer a las autoridades y ciudadanos de que es urgente administrar un cambio rapidísimo. Por supuesto que en los últimos 5 años se ha avanzado, sí, pero muy lentamente y sin la determinación necesaria. Tenemos que tener presente que los pronósticos nos indican que, de aquí al 2030-2040, la economía mundial se duplicará, las infraestructuras aumentarán por doquier y el espacio urbano agrupará a más del 75% de la población mundial, o sea, a más de 6 mil millones de personas. Un crecimiento espectacular pero en un momento inadecuado, ya que la crisis climática nos exige antes del 2030 reducir las emisiones al menos en un 40%, para asegurar que el promedio global de temperatura no aumente más 2,0º C, por encima del límite deseable de 1,5º C.

Este reto es el más grande al que nos hayamos enfrentado en nuestra historia. ¿Cóm reduciremos a la mitad las emisiones de CO2 cuando vamos decididos a duplicar la economía? Este es un desafío cuya magnitud y urgencia aún no entendemos.

El Presidente Piñera, en febrero, ante las catástrofes del norte, en terreno, reconoció que estábamos experimentando los estragos del cambio climático. Un buen gesto. Desgraciadamente la mayoría de los ministros estaba de vacaciones. Es decir, a la mayoría de las instituciones públicas no les llegó el anuncio o no le dieron mayor importancia. Hasta hoy no se han iniciado ni anunciado acciones relevantes.

Al contrario, después de las vacaciones la rutina burocrática ha recuperado su indolencia de costumbre frente a lo medioambiental y la parodia ante los peligros del cambio climático recobró su lugar en el discurso nacional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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