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Chile, un país desconcertado

por 5 abril, 2019

Chile, un país desconcertado
Un desconcierto con distintas vertientes y expresiones, pero que se devela transversal a toda variable de clasificación que ocupemos. Gente molesta, indignada o que no “entiende nada” de diversos sectores, miradas y quehaceres, que parece compartir cierto hastío que va desde la imparable decadencia en la imagen de nuestra clase política y dirigencial, hasta la demolición de nuestra utopía común de ser un país probo. Que no lo hemos sido desde hace años ni nunca, parece ser lo que hoy nos identifica.
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Chile continúa con su inconsciente colectivo atravesado por una lógica binominal o binaria, donde se conversa a partir de la dicotomía entre lo que unos y otros piensan. Contribuye un modelo de comunicación e información dominado por pocos,  que instala los temas en blanco y negro, con lógica de clics, moviendo la agenda pública, en que se incluyen los medios, sus periodistas, los conglomerados políticos y, sin ser exhaustivo, las empresas de encuestas.

Las encuestadoras son básicamente instaladores de opinión, sujetos activos de comunicación política. Sus resultados son esperados por todos los interesados en lo público y político, después son propagados por los mismos medios que, previamente, han instalado los temas e influenciado poderosamente las respuestas en sus noticias, que son simbólicamente la voz oficial de lo que ocurre en el país.

Chile parece hoy un  país desconcertado. Un desconcierto con distintas vertientes y expresiones, pero que se devela transversal a toda variable de clasificación que ocupemos. Gente molesta, indignada o que no “entiende nada” de diversos sectores, miradas y quehaceres, que parece compartir cierto hastío que va desde la imparable decadencia en la imagen de nuestra clase política y dirigencial, hasta la demolición de nuestra utopía común de ser un país probo. Que no lo hemos sido desde hace años ni nunca, parece ser lo que hoy nos identifica.

El país está esperando el término de un ciclo, con el mayor control de daños posible y que venga una ola transformadora a tomar el timón de un rumbo que nadie tiene claro. En definitiva, hacernos cargo de la histórica tensión entre la necesidad de cambios y la estabilidad que un país requiere.

Nos da rabia no habernos dado cuenta antes, el haber defendido que éramos diferentes o derechamente mejores. Tanto, que a veces parece que duele e indigna más esa sensación de engaño que los hechos en sí.

Los grupos de influencia o elites carecen hoy de su esencia: el poder de tomar decisiones para conducir a las mayorías, en su representación. Esa es la forma de poder que ha manejado Chile, pero las reglas del juego cambian con una sociedad que exige mayor participación.

Una mirada crítica a la institucionalidad, sin brújula estratégica, que puede contener un positivo germen de cambio, reclama ser canalizada. Demanda muy difícil de cumplir con la estructura política actual.

Hay que adaptarse –lo dijo Darwin hace tanto–, para lo cual se requiere liderazgo, un vacío que está instalado en el presente, no es una preocupación de futuro. Está claro que ya no es posible una política “cosmética”, sin que afecte las bases de nuestro sistema político y democrático. Todo está abierto a ser transformado.

El país está esperando el término de un ciclo, con el mayor control de daños posible y que venga una ola transformadora a tomar el timón de un rumbo que nadie tiene claro. En definitiva, hacernos cargo de la histórica tensión entre la necesidad de cambios y la estabilidad que un país requiere.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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