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Supresión de la enseñanza de Historia: ¿una expresión del temor a que se desarrollen jóvenes con espíritu crítico?

por 6 junio, 2019

Supresión de la enseñanza de Historia: ¿una expresión del temor a que se desarrollen jóvenes con espíritu crítico?
Se ha dicho que la enseñanza de la Historia no desaparece, sino que se cubre en los primeros años de la vida escolar. Bien por ello. Sin embargo, es precisamente en esos dos últimos años, ahora excluidos, donde las y los jóvenes comienzan a posesionarse más decididamente de su ser social y a definirse como personas que aportarán (o no) al acervo colectivo. Es decir, como sujetos de la Historia. Y es por eso mismo una lástima que se les prive de una mayor capacidad de apreciación y apropiación de ese acervo justo cuando más lo necesitan. Salvo, por cierto, que se abriguen temores respecto al desarrollo del espíritu crítico o del autorreconocimiento como sujetos de cambio social.
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Un currículo nacional, como su nombre lo dice, debe dar cuenta de todos los saberes, destrezas y valores que una sociedad estima necesario compartir y difundir entre sus integrantes y que, por lo mismo, debería emanar de una amplia deliberación colectiva y no solo de saberes expertos o decretos estatales. ¿Es la Historia uno de ellos? Para nuestras actuales autoridades, aparentemente no lo es.

No es esta la primera vez que se intenta reducir la presencia de la Historia en el currículo escolar. Esta vez se la intenta suprimir de los dos últimos años del ciclo formativo, precisamente los de mayor madurez y apertura al mundo externo de las y los estudiantes. ¿Dónde reside este estigma que parece cargar la enseñanza de la Historia?

Una parte importante de la respuesta recae en el sentido que se le atribuye a esta rama del saber humanista. Contrariamente a lo que proyecta cierta visión caricaturesca, la Historia no consiste solo en el almacenamiento de fechas y datos anecdóticos. Es, muy por el contrario, una fuente fundamental de sentido colectivo. De aquello que nos hace entendernos, no como átomos que flotan en un espacio atemporal, sino como herederos de una experiencia milenaria y protagonistas de una búsqueda interactiva de un mundo más solidario y mejor.

De igual modo que una persona sería incapaz de orientarse en el mundo sin las coordenadas y enseñanzas que nos brinda la memoria individual, una sociedad cualquiera, o la humanidad en su conjunto, necesita de una carta de navegación que solo puede proporcionar esa memoria compartida que es la Historia. Porque el mundo no nació ayer y porque las acciones humanas no responden a leyes eternas o a protocolos preestablecidos, la Historia es un patrimonio de logros, luchas y fracasos que a todos nos alimenta y del que nadie podría prescindir. Y eso no vale solo para los especialistas, sino para todas las personas que conviven en sociedad.

Se ha dicho que esta función vendría a ser suplida, en esos dos últimos años de la Enseñanza Media, por la asignatura de Formación Ciudadana. Nadie podría negar que este aprendizaje también es indispensable, sobre todo en un mundo y un país en que el individualismo como principio y la competencia como vía preferida de interacción humana tienden a diluir todas las pertenencias colectivas.

La Historia, ciertamente, también es un insumo para ese proceso. Pero no se agota allí su aporte a la formación de nuestras nuevas generaciones. Ni el espesor temporal de los acontecimientos sociales, ni la certeza de que nada es para siempre, ni la confianza en que los destinos futuros de la humanidad dependen esencialmente de nosotros mismos, son lecciones que se desprenden automáticamente de la apropiación de derechos y deberes ciudadanos o de una mayor familiaridad con nuestro marco institucional.

Tampoco lo es el tan necesario espíritu crítico, antídoto contra conformismos y fatalismos y moraleja ineludible de cualquier examen de nuestro recorrido como especie. ¿No es eso algo que toda persona debe conocer y atesorar?

Se ha dicho también que la enseñanza de la Historia no desaparece, sino que se cubre en los primeros años de la vida escolar. Bien por ello. Sin embargo, es precisamente en esos dos últimos años, ahora excluidos, donde las y los jóvenes comienzan a posesionarse más decididamente de su ser social y a definirse como personas que aportarán (o no) al acervo colectivo. Es decir, como sujetos de la Historia. Y es por eso mismo una lástima que se les prive de una mayor capacidad de apreciación y apropiación de ese acervo justo cuando más lo necesitan. Salvo, por cierto, que se abriguen temores respecto al desarrollo del espíritu crítico o del autorreconocimiento como sujetos de cambio social.

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