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Los patipelados al poder

por 10 junio, 2019

Los patipelados al poder
La presidenta de la UDI, sin duda, le hizo un flaco favor a la política, y particularmente a su coalición, aportando con otro “error no forzado” a la larga lista con que este Gobierno se viene disparando en los últimos meses y que lo ha llevado a que, a poco más de un año en el poder, tenga un 28% de apoyo –encuesta Criteria de mayo–, una cifra muy por debajo de la primera administración en 2010. Las reacciones condenando la rabiosa frase no solo provinieron de los ciudadanos, también se sumaron varios parlamentarios, incluido Jaime Bellolio, el rival eterno de la senadora, quien subió a las redes una irónica foto descalzo en que señalaba “aquí trabajando por los patipelados”, a lo que Jacqueline respondió con la misma virulencia con que empezó este episodio –de su absoluta responsabilidad–, acusándolo de ser parte de lo que ella considera una campaña en su contra por parte de la izquierda.
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Definitivamente, la derecha tiene un espíritu autodestructivo cuando está en el poder. De una manera casi calcada al primer mandato de Sebastián Piñera, se ha vuelto a desatar la guerra entre la UDI y RN. Recordemos cómo Carlos Larraín criticaba al Gobierno a diario, logrando despertar la furia gremialista y, de paso, dañando seriamente a La Moneda.

Dimes y diretes, descalificaciones y palabras de tono duro que hacen recordar ese viejo refrán de “con estos amigos, no se necesita enemigos”. Y claro, ahora además coinciden en la presidencia de ambos partidos dos personajes de pensamiento hablado. No usan filtros cuando hacen declaraciones.

La historia es simple. Mario Desbordes y Jacqueline van Rysselberghe lograron, en unas pocas horas, desviar el foco de los anuncios hechos por Piñera, contaminando dos iniciativas fundamentales para el Presidente: la Reforma Tributaria y el proyecto de cambios al Congreso.

Primero partió el diputado, quien llamó a desechar el corazón de la reforma presentada por el Ejecutivo. Además de sacar ronchas en La Moneda, generó el primer arrebato de la semana de JVR –cosa que le pasa mucho más seguido de lo prudente para una senadora y presidenta de partido-. La timonel gremialista criticó de inmediato a su par, además de trenzarse con diputadas de RN, a quienes acusó de hacer “pataletas de poca monta”.

Y de la misma forma que calificó a Desbordes de poco prudente, dos días después ella saldría defendiendo los sueldos que ganan hoy los parlamentarios, argumentando que de lo contrario no se podría garantizar personas de buen nivel en el Congreso –¿puede haber una falacia más odiosa?–.

De paso, utilizó el concepto patipelado, el que generó molestias y críticas transversales. Logró así que la agenda de la semana pasada se focalizara en la dieta parlamentaria –no incluida en el proyecto del Gobierno–, dejando en evidencia que, cuando se discuta la iniciativa de reducción de parlamentarios, va a ser inevitable incluir el tema de los honorables salarios.

Van Rysselberghe pareciera disfrutar la adrenalina que le produce el hecho de provocar con una frase polémica. Anda siempre pensando en cómo instalar una cuña. No sé si es algo espontáneo o si responde a los consejos de un asesor comunicacional, pero lo cierto es que la mayoría de las veces lo logra.

Hasta hace un tiempo, la senadora disparaba sin costo alguno. Incluso parecían divertirle las secuelas que dejaban sus frases. Pero esta vez cometió un error. El contexto no está para bromas: Gobierno a la baja, las reformas en dificultades y unos ciudadanos con baja tolerancia.

Vamos a lo de fondo. La presidenta de la UDI afirmó que, si los parlamentarios se rebajan los salarios, vamos a tener gente de menor calidad en el Congreso. O sea, si les pagan menos de $9.600.000 bruto –aparte de asignaciones que pueden sumar 20 millones más al mes por cada senador–, tendremos que conformarnos con diputados y senadores mediocres.

Eso significaría que el Parlamento suizo –ganan un tercio de sus pares chilenos–, el australiano o el británico –ambos ganan la mitad de los nuestros– están llenos de personas de segunda categoría intelectual o moral. En otras palabras, para JVR el 95% de los chilenos estaría incapacitado para ser parlamentario.

Pero, además, la senadora afirmó que no estaba dispuesta a recibir críticas ni sugerencias de rebajar su dieta parlamentaria de manos de unos patipelados que se sentían con el derecho a insultar a quienes trabajan en el servicio público –¿cuándo se darán cuenta, nuestros políticos, que esa frase irrita a quienes se matan a diario por la décima parte de lo que gana un “servidor público”?–.

Van Rysselberghe no solo fue despectiva, sino que además hizo crecer el abismo que existe entre políticos y ciudadanos, reforzando la idea de que en Chile hay gente de primera y segunda categoría.

La presidenta de la UDI, sin duda, le hizo un flaco favor a la política, y particularmente a su coalición, aportando con otro “error no forzado” a la larga lista con que este Gobierno se viene disparando en los últimos meses y que lo ha llevado a que, a poco más de un año en el poder, tenga un 28% de apoyo –encuesta Criteria de mayo–, una cifra muy por debajo de la primera administración en 2010.

Pero lo que demostró la falta de sintonía entre el mundo de la elite política y las personas, fue la forma con que la senadora salió a defenderse.

Reconociendo tibiamente que había cometido un error al usar ese término, salió jugando de contragolpe, acusando a las redes sociales y a algunos siniestros sujetos que se amparaban en el anonimato. Curioso, hasta ese momento, el tema solo había sido comentado por parlamentarios del Frente Amplio, además de algunos analistas a propósito del anuncio del Presidente.

Quien amplió el debate a la opinión pública y provocó que su desafortunada frase se convirtiera en trending topic fue precisamente ella. La gente expresó su molestia y, por supuesto, intentó identificar a los patipelados de Van Rysselberghe.

Y por lo que la gente opinó, los patipelados son esos que no creen en los políticos porque gracias a ellos aprendieron lo que era una boleta “ideológicamente falsa” o porque han visto a algunos senadores raspando la olla. Patipelados son esos choferes, cajeras, porteros o cargadores que se matan para llevar el sustento a su familia, pese a ganar un poco más del sueldo mínimo, que alcanza a $301 mil, es decir, aproximadamente el 3% del salario de un parlamentario. Patipelados son también aquellos que soportan promesas y promesas en campaña y votan sabiendo que los tiempos no serán mejores ni que la alegría llegará. Por supuesto, todos somos patipelados.

Las reacciones condenando la rabiosa frase no solo provinieron de los ciudadanos, también se sumaron varios parlamentarios, incluido Jaime Bellolio, el rival eterno de la senadora, quien subió a las redes una irónica foto descalzo en que señalaba “aquí trabajando por los patipelados”, a lo que Jacqueline respondió con la misma virulencia con que empezó este episodio –de su absoluta responsabilidad–, acusándolo de ser parte de lo que ella considera una campaña en su contra por parte de la izquierda, a la vez que también exigió respeto como presidenta de la UDI. No hay nada que moleste más a un patipelado que un político que culpa al empedrado de sus errores.

Sin embargo, hay que reconocer que el exabrupto de JVR abrió un espacio para la discusión de un proyecto que simplificaba la desconfianza actual de la ciudadanía al número de parlamentarios, cuando los chilenos sabemos que los problemas están en la falta de transparencia, fiscalización –por ejemplo, las asignaciones se reajustan sin consultar a nadie–, exceso de privilegios, vacaciones prolongadas, viajes inútiles al extranjero, ausencias sin justificación, entre otros. También el arrebato de Desbordes permitió mostrar una salida a un proyecto de Reforma Tributaria, lo que el Gobierno se niega a asumir.

Y, por supuesto, Jacqueline van Rysselberghe debe haber quedado preocupada pensando en cuántos patipelados dejarán de votar por ella en la próxima elección o cómo pueden explotar las redes sociales en el caso de que su imputación en el caso Asipes se complique.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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