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El Gobierno soy yo

por 17 junio, 2019

El Gobierno soy yo
Además de las confusas señales que entregó al oficialismo, La Moneda desaprovechó la oportunidad de inyectarle algo de aire a una administración gubernamental que se ha desgastado de manera muy temprana. Después de una Cuenta Pública plagada de anuncios en infraestructura, que pueden ver la luz en 5 o 10 años más, y de instalar como proyecto “estrella” la reducción de parlamentarios en el Congreso –que, de seguro, más allá de una reacción inicial de aplausos, no despierta interés en la gente–, la verdad es que, un cambio profundo de rostros, podría haber servido de vitamina para proyectar un estado de ánimo distinto al actual, que cada vez parece más depresivo.
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De seguro, el cambio de gabinete ocurrido la semana pasada quedará inscrito como uno de los más anecdóticos y curiosos de la historia política de nuestro país. Pedido a gritos por los dirigentes del bloque oficialista –Van Rysselberghe llegó a poner un ultimátum el día previo–, cientos de análisis y conjeturas sobre quiénes debían salir o entrar, presiones públicas de los partidos para poner a los suyos, y un Presidente que no se daba por enterado, mal que mal, no está acostumbrado a escuchar mucho –el viaje de los hijos a China lo demostró- y menos a reaccionar de acuerdo a presiones. Mientras más se lo pedían desde Chile Vamos, más se cerraba a tomar una decisión.

Partamos por el hecho de que el anuncio pareció un acto improvisado que respondía a una decisión de último minuto. Inusual ausencia de varios de los ministros designados –debe ser la primera vez que ocurre– y una ceremonia que se inició a minutos de que se conociera la encuesta CEP –una debacle para el Gobierno–, dejando la sensación de que se actúa presionado por los sondeos de opinión.

Pero la reacción de la UDI –ni siquiera participaron del evento– terminó por dejar en evidencia la falta de pericia y manejo político del Gobierno.

Una dura crítica a la inequidad interna, que significó que Chadwick tuviera que concurrir al consejo directivo de ese partido para intentar apagar un incendio que está lejos de extinguirse. Declaraciones de tono muy alto de algunos dirigentes, recriminaciones mutuas entre RN y el gremialismo –llevamos tres semanas con los presidentes de ambos partidos arriba del ring–, para rematar con los destemplados comentarios de José Antonio Kast por la designación de Sebastián Sichel, a quien encasilló como un hombre con ideas de izquierda. Como dice el refrán, con estos amigos no se necesita enemigos, porque, una vez más, la oposición estuvo ausente.

De fondo, el jueves pasado el Presidente Piñera terminó por notificar a su coalición sobre quién manda a quién. Hizo caso omiso a las sugerencias, no consideró a los partidos, volvió a recurrir a sus conocidos de siempre, reforzó su núcleo de hierro –que trabajan con él desde hace nueve años y que a estas alturas parecen más gerentes que ministros–.

El cambio de gabinete fue más bien un pequeño ajuste de piezas que no modifica en nada el rumbo. Por el contrario, Piñera dejó claro que seguirá conduciendo el Gobierno de la misma forma y con el mismo estilo: el propio.

La clave de esta puesta en escena -que La Moneda intentó mostrar como un cambio- está en la mantención del equipo político cuando el problema, precisamente, es de déficit político.

Chadwick hace rato que dejó de tener el peso de antaño. Golpeado por el caso Catrillanca y rasmillado por el lío de los fiscales en O’Higgins, el ministro pareciera avanzar a un ritmo que no está a la altura. Blumel agobiado por unas reformas que difícilmente llegarán a puerto, demostrando que, aunque tiene mucho potencial político, su falta de experiencia con el Congreso le está pasando la cuenta.

Y Cecilia Pérez, una vocera que no es ni la sombra de lo que fue en el primer Gobierno de Piñera. El uso de un tono muy agresivo, un relato agotado –culpar de todo a Bachelet– y una defensa excesiva de los problemas familiares del Mandatario –designación del hermano como embajador y el viaje de los hijos– que le han quitado protagonismo y relevancia.

La verdad es que, si en el oficialismo esperaban que se produjera un punto de inflexión, las cosas han quedado igual, con el agravante que a los problemas económicos –que echaron por la borda los “tiempos mejores”- y la fuerte caída en el respaldo popular –ya va en 25%–, se agregó un conflicto interno que no solo puede restarle apoyo para algunas iniciativas políticas, sino que también seguirá adelantando la carrera presidencial –a poco más de un año de mandato– en su propio sector, lo que ha dejado en evidencia que la derecha, cuando está en el poder, recurre a un extraño instinto autodestructivo que ya, a estas alturas, es digno de estudio.

Además de las confusas señales que entregó al oficialismo, La Moneda desaprovechó la oportunidad de inyectarle algo de aire a un Gobierno que se ha desgastado de manera muy temprana. Después de una Cuenta Pública plagada de anuncios en infraestructura, que pueden ver la luz en 5 o 10 años más, y de instalar como proyecto “estrella” la reducción de parlamentarios en el Congreso –que, de seguro, más allá de una reacción inicial de aplausos, no despierta interés en la gente–, la verdad es que un cambio profundo de rostros podría haber servido de vitamina para proyectar un estado de ánimo distinto al actual, que cada vez parece más depresivo.

Explicaciones constantes de “por culpa del escenario económico externo”, argumentaciones como “por culpa del Gobierno anterior” y el sinceramiento de la baja proyección de crecimiento, han ido generando un escenario de pesimismo que se refleja en una fuerte baja en el consumo. Hoy lo que la ciudadanía espera es conducción, pero también tener un horizonte más claro. Y los cambios de gabinete siempre han ayudado a eso, aunque sea un efecto temporal.

De seguro, el acotado cambio de ministros no va a mover las agujas a la hora de la evaluación ciudadana. A lo más, logrará un par de puntos dentro del margen de error, pero las cosas seguirán como estaban, con una tendencia a la baja por el desgaste de un equipo político que no levanta y un Jefe de Estado que intentó volver a La Moneda con la clara intención de construir la imagen del “mejor Presidente de la historia” y, por supuesto, ser reconocido y querido por la ciudadanía, ese sentimiento que le fue tan esquivo en su primer mandato y que siempre le generó una sana envidia de su antecesora. Pero, así como van las cosas, ese sueño no se cumplirá.

Piñera ha vuelto a ser el de siempre y es poco probable que cambie, es su naturaleza. Está gobernando solo, tomando decisiones solo y eso le está pasando la cuenta. La gente percibe ese estilo cuando lleva a sus hijos de viaje y los partidos de derecha también están empezando a tomar una cierta distancia para no verse “salpicados” por la baja popularidad a poco de iniciar dos años con elecciones de alcaldes y gobernadores provinciales y luego senadores y diputados.

Por ahora, la propia derecha parece haber dado vuelta la hoja y ya se está desangrando en una muy adelantada competencia por La Moneda 2022. Joaquín Lavín, el resiliente alcalde, está tomando una clara ventaja que mantendrá mientras no empiece a hablar de la coyuntura política del país o deba enfrentar el peso de su propio partido, la UDI. En Renovación Nacional tenemos a una vieja dupla, Ossandón y Allamand en primera fila, a la que se suma Chahuán. Y, por supuesto, el duelo de los Kast que parece sacado de una serie de Netflix.

Pero, sin duda, quien promete convertirse en un dolor de cabeza para Sebastián Piñera y Chile Vamos es José Antonio Kast.

El líder del mediático partido de ultraderecha tomará de referencia al Gobierno para conseguir cámaras. Ya partió por decir que se apartaron del programa original, luego emplazó a Lavín y terminó el viernes criticando el cambio de gabinete. Y, por supuesto, otra semana más solo con protagonistas de derecha, mientras la oposición parece haber adelantado, para variar, las vacaciones de invierno.

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