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La crisis climática está aquí

por 2 agosto, 2019

La crisis climática está aquí
Los vaticinios se están haciendo realidad. El jueves 26 de julio pasará a la historia como el primer día de la simultaneidad del sobrecalentamiento en varias ciudades. En París se rompió dos veces el récord de temperatura. En esa jornada de calor extremo se llegó a 41,0º C a las 14:00 horas –superando el máximo histórico de 40,4 del 28 de julio de 1947–, pero esa misma tarde, dos horas después, se superó nuevamente, llegando a los 42,6 º C, según el Instituto Meteorológico Nacional, Météo-France. A lo sucedido en Francia se sumaron los 41 grados de Orléans, Reims, Nancy y los 40 en Lille, Rouen, Dijon y Estrasburgo. Nunca antes se había decretado la alerta roja, la más alta posible, en 20 departamentos en el mismo día.
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Una de las cuestiones que debemos considerar con más atención es que la preocupación por el clima no es una moda, por el contrario, es una perturbación que crece a diario y que nos acompañará por mucho tiempo. Los medios de comunicación se han dado cuenta de ello y están cambiando el lenguaje de sus comunicaciones para reflejar la gravedad de la situación.

Con el propósito de prender las alarmas, en el hemisferio norte han sustituido el término “calentamiento” (warming) por “sobrecalentamiento” (heating). Dejarán también de utilizar “cambio climático” (climate change) para reemplazarlo por “crisis climática” (climate crisis).

Estos cambios en el lenguaje persiguen reiterar con firmeza que vivimos una “emergencia planetaria”. El objetivo, por supuesto, es elevar nuestras conciencias sobre la muy rápida ruptura que está ocurriendo en los procesos naturales que controlan el clima y los enormes peligros para la humanidad que ello representa.

Desde hace cuatro semanas los medios de comunicación, especialmente la TV y los medios digitales, nos remecen las conciencias a diario relatándonos los desastres climáticos por inundaciones en China, las olas de calor en India y los incendios de Portugal. Ahora las noticias son más preocupantes, ya que abarcan a varios países y ciudades europeas donde se están batiendo récords de calor, todos simultáneamente.

La situación es grave. Lo hemos señalado en nuestros artículos en repetidas ocasiones en los últimos 3 años, insistiendo en que los episodios climáticos extremos serían cada vez más frecuentes y con una intensidad sin precedentes.

El Informe del Servicio de Cambio Climático del Programa Copernicus de la Unión Europea (UE) subraya que junio 2019 fue el más cálido jamás registrado. Las temperaturas estuvieron dos grados centígrados por encima de lo normal. La ola de calor de ese mes tuvo un papel determinante al disparar los termómetros hasta marcas nunca vistas en Francia, Suiza, España, Italia, Austria y la República Checa. Hasta hace poco eran hipótesis, pero hoy sabemos que vivimos en un planeta más cálido y, como pronosticaba el IPCC en el 2001, ese sobrecalentamiento está haciendo que las olas de calor como las de junio y la de la semana pasada sean más frecuentes y duras.

Los vaticinios se están haciendo realidad. El jueves 26 de julio pasará a la historia como el primer día de la simultaneidad del sobrecalentamiento en varias ciudades. En París se rompió dos veces el récord de temperatura. En una jornada de calor extremo con 41,0º C a las 14:00 horas –superando el máximo histórico de 40,4 del 28 de julio de 1947–, pero esa misma tarde, dos horas después, se superó nuevamente, llegando a los 42,6 ºC, según el Instituto Meteorológico Nacional, Météo-France. La lista de récords en Francia continuó con los 41 grados de Orléans, Reims, Nancy y los 40 en Lille, Rouen, Dijon y Estrasburgo. Nunca antes se había decretado la alerta roja, la más alta posible, en 20 departamentos en el mismo día.

En Alemania, por primera vez desde que hay registros, la temperatura superó los 41 grados, el mismo jueves se registraron 41,6 grados en Lingen, en Baja Sajonia. Las autoridades cerraron la central nuclear de Grohnde, en el sur de Baja Sajonia, debido al aumento de la temperatura del río Weser.

Bélgica, que ya había registrado el miércoles un récord absoluto con 40,2 grados en Lieja (sureste), lo superó el jueves con 40,6.

En Holanda se superó por primera vez la barrera de los 40 grados. El registro anterior más alto se produjo en 1944, año en que se llegó a 38,6 grados en el este del país. El récord se registró al sur, en ciudades como Gilze-Rijen (en la provincia de Brabante) donde el termómetro llegó a marcar 40,7 grados.

Las consecuencias del sobrecalentamiento son innumerables y con efectos indeseados en el medio ambiente, la salud, la economía, la seguridad y el trabajo de las personas. Una de ellas es la mala calidad del aire, por la formación de ozono en las capas bajas de la atmósfera que incrementa el esmog. Además, hay que evitar los desplazamientos, no ir a trabajar, permanecer en casa si está fresca, limitar el ejercicio físico y que la población vulnerable –niños y ancianos– recurra a la ayuda médica.

El miedo en Francia cundió en un intento de evitar, como fuera, el fatal desenlace por el calor que en 2003 dejó más de 15 mil fallecidos. La alerta llamó a evitar los desplazamientos y a optar por el teletrabajo si era posible. Se anularon algunos trayectos, porque los trenes estuvieron demasiado tiempo al sol y sus sistemas electrónicos comenzaron a fallar.

Todo indica que las peores predicciones se están cumpliendo. Los récords que ocurrieron en Chile en la primavera y verano pasados, ahora se han vuelto recurrentes en cualquier región del planeta y ya no son pronósticos. Varios informes publicados recientemente, nos señalan que el peligro de sufrir episodios extremos como la ola de calor que hay en estos días en Europa, ya no es una hipótesis de trabajo.

El Informe del Servicio de Cambio Climático del Programa Copernicus de la Unión Europea (UE) subraya que junio 2019 fue el más cálido jamás registrado. Las temperaturas estuvieron dos grados centígrados por encima de lo normal. La ola de calor de ese mes tuvo un papel determinante al disparar los termómetros hasta marcas nunca vistas en Francia, Suiza, España, Italia, Austria y la República Checa. Hasta hace poco eran hipótesis, pero hoy sabemos que vivimos en un planeta más cálido y, como pronosticaba el IPCC en el 2001, ese sobrecalentamiento está haciendo que las olas de calor como las de junio y la de la semana pasada sean más frecuentes y duras.

El informe de la Agencia Meteorológica de España (Aemet) nos señala que la frecuencia de episodios extremadamente cálidos, ha sido diez veces superior en las dos primeras décadas del siglo XXI que en la década de los ochenta y noventa del siglo XX. En otras palabras, se está acelerando la ruptura de los procesos naturales que controlan nuestro clima. Este es un dato que debemos mantener en nuestras mentes.

El informe del World Weather Attribution (WWA) –grupo internacional de investigadores que estudian la relación de los fenómenos extremos y el cambio climático inducido por la actividad del hombre– analizó el caso de Francia, que fue golpeada de una forma muy intensa por la ola de calor del 26 de julio. De hecho, su informe nos indica que el 28 de junio pasado ya se había registrado el récord de temperatura máxima en una estación de medición urbana en Francia: 45,9 grados centígrados.

Los tres informes aludidos nos recuerdan que la crisis climática es grave y que está ocurriendo ahora. No es un problema solo para las futuras generaciones.

El IPCC describió hace 18 años cómo aumentaría la frecuencia de las olas de calor al aumentar la temperatura media. Pocos creyeron o pusieron atención, pero la realidad hoy nos escarmienta demostrando que esas predicciones se transformaron en datos concretos. Ahora, a punto de finalizar la segunda década del siglo XXI, lo estamos viviendo y sufriendo.

Más aún, si junio 2019 fue el mes con récord de temperaturas, mayo 2019 fue el mes con récord de concentraciones de dióxido de carbono (CO2) –el principal gas de efecto invernadero– en la atmósfera. Así se registró en el Observatorio de Mauna Loa, Hawái. En mayo, la concentración de CO2 fue de 414,8 partes por millón (ppm), algo nunca visto desde que existe el ser humano.

En Chile, los problemas asociados a la crisis climática –inundaciones, erosión de las playas, incendios, sequía, degradación del medio marino, agostamiento de las costas, desertificación, pérdida de biodiversidad, temporales inusitados– han sido tan cotidianos en la última década que el chileno estoicamente los está aceptando igual como acepta los terremotos. No hay conciencia que ahora, con la crisis climática, se nos vienen encima desastres de una magnitud de daños hasta ahora no experimentados, que provocarán cambios irreversibles y que aún tenemos una oportunidad de frenarlo.

Lo patético es que todavía hay gobernantes, líderes políticos, empresarios y ciudadanos comunes que se resisten a aceptar que estamos viviendo en un planeta más cálido que el que conocieron nuestros antepasados. Algunos, los de mayor poder económico y financiero –tipo Trump, Bolsonaro, Morrison– suelen ser negacionistas, solo los motiva la codicia y el máximo de rentabilidad en el menor plazo posible.

Para ello, están dispuestos a seguir quemando combustibles fósiles como petróleo, gas y carbón, a cualquier costo, sabiendo que son los responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero. Otros insensatos son simplemente un conjunto de incompetentes, ineptos o ignorantes, que han escuchado hablar o han leído a la pasada de los peligros climáticos, pero no creen que sea tan grave.

La buena noticia es que las nuevas generaciones están tomando las banderas para el combate de la crisis climática. Se están movilizando cientos de miles de jóvenes en todo el mundo y presionando a los políticos para despertarlos de su apatía, acelerar acciones y frenar el calentamiento global. Están tanteando el nervio sensible de los centros de poder, haciendo sentir que el peso de una ciudadanía movilizada es clave. En poco tiempo, se han convertido en actos acusatorios de la inactividad e incompetencia de las generaciones anteriores.

¿Pero cuál es la realidad hoy? Por la falta de sanciones, los recortes de emisiones no son suficientes, peor aún, la mayoría no los están respetando. Así, vamos directo a un aumento de la temperatura promedio global a 3 grados y más aún. Desde hace 50 años los gobiernos y las industrias del petróleo, gas y carbón han evadido su obligación con tal de obtener mayores ganancias en el menor tiempo posible. Lo que era moral y ambientalmente irrevocable, lo ignoraron. Más aún, usaron su poder para que fuera una meta políticamente imposible de alcanzar.

Lo que están haciendo los jóvenes es crucial para forzar a los gobiernos, empresas y ciudadanos a que recorten pronto y, con suficiente intensidad, sus emisiones. El costo de la pasividad de los ahora abuelos y padres fue enorme, no fueron capaces de hacer cambios profundos en un modelo económico cuya principal víctima fueron ellos mismos. Los sistemas políticos y económicos aplicados en el último siglo han quedado obsoletos.

Las viejas generaciones, aunque no creyeron en el cambio climático, ahora tendrán que decirle adiós. La gravedad del problema los superó, pasó por sobre sus conciencias y codicia. Ahora, a los jóvenes, a la luz del conocimiento científico, como futuros ciudadanos, tendrán que lidiar con el sobrecalentamiento y con la crisis climática por el resto de sus vidas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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