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China y Chile: una asociación tremendamente frágil

por 14 agosto, 2019

China y Chile: una asociación tremendamente frágil
Mientras se desarrollaban hasta ayer las protestas en Hong Kong contra el intento de China de aumentar su control, bien vale preguntarse qué tiene en común Chile con este país bajo su institucionalidad actual. En esencia, nada, salvo que el gigante asiático es su gran actor comercial. De los US$ 150 mil millones de intercambio global de bienes de Chile con el mundo durante el año 2018, US$ 43 mil millones fueron con China. Bienvenido el desarrollo económico de dicho país, pero a este le falta una parte demasiado central como para obviarla: la defensa irrestricta de sus ciudadanos. Por ello es criticable la falta de prudencia del actual Gobierno chileno en sus relaciones con China, acríticas de todo lo que allá ocurre. La sociedad entre ambos países es en verdad ficticia e instrumental y, hasta que esta no cambie de fondo, es mejor no caer en una suerte de realismo mágico, manteniendo de manera pragmática una diplomática distancia. Una cosa en vender cobre; otra, vender el alma.
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Al momento de escribir esta columna, continuaban las protestas en Hong Kong contra el intento de China de aumentar su control –esta vez, para habilitar la extradición a China continental–, mucho más allá de lo programado con el Reino Unido a partir del año 1997. El recuerdo de Tiananmén de 1989 sigue estando presente en la retina del mundo y el compromiso sobre dicho territorio de respetar “un país, dos sistemas” está gradualmente transformándose en un eslogan más. La máscara está cayendo…

En paralelo, China mantendría alrededor de un millón de uighures musulmanes en su región noroccidental en "centros de reeducación" y espera tener implementado un sistema de créditos sociales al año 2020 que va a premiar a los ciudadanos que sigan la línea central del buen comportamiento y castigar a aquellos que no la sigan, al más puro estilo orwelliano de 1984. Y todo bajo una red de internet que no puede acceder libremente al exterior, habilitando un control ciudadano asfixiante bajo cualquier posible definición.

Y como si lo anterior no fuese suficiente, ha estado ocupando militarmente islas en el mar del Sur de China, algunas a más de 2.000 km de su territorio continental, que han sido históricamente reclamadas por varios países vecinos –Vietnam y Filipinas, entre otros–, pero que poco han podido hacer para detener dicha práctica. La consecuencia natural de entorpecimiento del libre tránsito de los mares internacionales va a ser inevitable.

Un capitalismo de Estado es el de China, independientemente de la naturaleza formal “privada” de algunas de sus empresas, que ha sido correctamente denunciado por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, pero a su vez torpemente enfrentado por la vía de una guerra comercial que a todos está afectando.

¿Qué tiene en común Chile con este país bajo su institucionalidad actual? En esencia, nada.

Efectivamente, de los US$ 150 mil millones de intercambio global de bienes de Chile con el mundo durante el año 2018, US$ 43 mil millones fueron con China, US$ 24 mil millones con Estados Unidos y US$ 20 mil millones con la Unión Europea. Dicho intercambio fue y ha continuado siendo mutuamente beneficioso para todos, compradores y vendedores: no ha habido caridad alguna involucrada. En lo que a Chile respecta, China solo es el mayor actor comercial.

A su vez, a fines del año 2017, la Inversión Extranjera Directa en Chile era de US$ 275 mil millones, de los cuales US$ 32 mil millones venían de Estados Unidos, US$ 27 mil millones de Canadá y US$ 76 mil millones de Europa –US$ 22 mil millones desde España–. A esa fecha, la inversión directa china, incluyendo a Hong Kong, no superaba los US$ 700 millones. Dicha cifra cambió fuertemente por sobre los US$ 5 mil millones con la entrada de Tianqi como co-controlador en SQM, lo que terminó facilitando que los dos más grandes y eficientes yacimientos de litio del mundo acabaran controlados por tres empresas –Albemarle incluida– que tienen participaciones comunes accionarias o distribuciones del mercado mundial a partir de joint ventures en Australia, contra el interés de Chile como dueño privilegiado del Salar de Atacama.

El que Chile haya terminado aprobando esta operación no la transforma en correcta y es de esperar que sean las autoridades de Estados Unidos las que terminen corrigiendo tamaño error, particularmente porque una de esas empresas –Albemarle– está basada allá y otra –SQM– levanta capitales también en dicho país.

Se especula que un nuevo cableado de comunicaciones que conectaría el Cono Sur americano con Asia podría estar abierto también a empresas chinas. No puede ser más importante el que haya competencia, pero esta no puede manifestarse de manera genuina bajo un sistema distorsionado como el de China en la actualidad, que además busca estratégicamente dividir al mundo entre Estados Unidos y ella. Chile no puede caer en este juego y, si debe tomar una opción, el mundo que opera a la usanza occidental es ciertamente su mejor y único curso de acción.

Económicamente hoy China está débil, mucho más de lo que aparentan sus cifras, pero ello no puede significar que el interés de largo plazo de nuestro país se vea arrastrado a sus decisiones. Se suele esgrimir que el actual presidente de Estados Unidos no ha estado a la altura de las circunstancias, pero lo que no se puede obviar es que en dicho país existe una institucionalidad que limita los distintos poderes y que ha funcionado perfectamente incluso en el presente. Dicho esencial atributo de institucionalidad y transparencia en beneficio y defensa irrestricta de los ciudadanos no existe en China. Bienvenido el desarrollo económico del dicho país, pero a este le falta una parte demasiado central como para obviarla.

Es por todo lo anterior que es criticable la falta de prudencia del actual Gobierno en sus relaciones con China, acríticas de todo lo que allá ocurre y de cómo manifiestamente opera. El que tenga un PIB de US$ 14 mil billones, o que Estados Unidos tenga uno de US$ 21 mil billones, no es razón para cerrar los ojos.

La sociedad entre China y Chile es en verdad ficticia e instrumental y, hasta que esta no cambie de fondo, es mejor no caer en una suerte de realismo mágico, manteniendo de manera pragmática una diplomática distancia.

Una cosa en vender cobre; otra, vender el alma. Es de esperar que en este fundamental punto no haya confusión alguna.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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