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De vuelta al país del Sí y el No

por 18 noviembre, 2019

De vuelta al país del Sí y el No
La lógica se instalará durante al menos un año y medio e impactará de lleno en todos los comicios que vendrán por delante hasta el fin de este Gobierno. En otras palabras, la polarización se agudizará desde ahora, apoderándose de la agenda y luego de las campañas.
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Fue un intenso y difícil mes, del que aún no nos recuperamos y del cual tampoco tenemos certezas sobre si realmente llegamos al final del túnel. El fin de semana pasado la gente salió a sentir el sol, copó las plazas, los parques, también los cines y teatros como intentando volver a su antigua rutina. Las conversaciones fueron un poco distintas a los días previos, más superficiales. Había una cierta necesidad de sacarse el peso de encima, ese del toque de queda, de los militares en la calle, de los muertos, de los jóvenes que perdieron la vista, del hombre de esfuerzo que lloró frente a su almacén quemado, de los saqueadores. Y aunque fue inevitable, en la mesa familiar del domingo, nos preguntarnos los unos a los otros si esto había terminado. Pero la respuesta quedó inconclusa.

Porque la verdad es que no lo sabemos. Si algo aprendimos de este movimiento de la primavera del 2019 es que dejamos de ser un país predecible. También dejamos de ser un país políticamente correcto y entendimos que aquí se corrieron los bordes, los límites. Hoy, un mes después, tenemos menos temas tabús y menos temor de hablar de ciertas cosas, pero también tenemos nuevos miedos y más incertezas. Chile es distinto al del 17 de octubre y de seguro seguirá cambiando a un ritmo mucho más rápido del que llevaba antes.

El acuerdo firmado la madrugada del viernes 15 fue histórico, de eso no hay duda. Para los chilenos la imagen de ver sentados a casi todos los dirigentes con representación parlamentaria en una misma mesa, fue inédita. Los rostros de varios proyectaban el cansancio de extensas horas de negociaciones en que, sin duda, todos tuvieron que ceder para poder salvar un momento crítico de nuestra democracia. Hasta aquí la historia que vimos en las portadas de medios tradicionales y digitales. Era tarde, se había logrado un objetivo anhelado por décadas –iniciar el proceso de cambio de la Constitución de Pinochet–, pero principalmente se había salvado la situación. Hasta unas horas antes, estábamos especulando acerca que cuáles serían los pasos siguientes del Presidente en caso de fracasar esta instancia. Y la verdad es que las opciones eran pocas.

Firma, apretones de mano, abrazos, entrevistas y a dormir un rato. Los detalles quedarían para adelante. Pero con el correr de las horas nos hemos enterado que los “pormenores” no son pocos, por tanto, cerrar acuerdos en un ambiente de cierta normalidad no será lo mismo que con la “pistola en el pecho” y el tiempo en contra. ¿Qué poder real de competir tendrá la civilidad y organizaciones sociales en relación con los representantes de los partidos políticos? ¿Cuántas leyes deben modificarse antes del plebiscito? ¿Habrá 155 o 150 delegados?

De seguro, las sesiones serán intensas y rudas en el Congreso en los próximos meses, sin considerar que en paralelo tendrán que aprobar con celeridad la agenda social que presente el Ejecutivo. De lo que era el programa de los “tiempos mejores” ni hablar, no quedó nada, absolutamente nada que discutir en el Parlamento. Claro que nuestros representantes demostraron que con presión pueden hacerlo en 24 horas.

Pero creo que lo más preocupante de lo que estamos viviendo, desde la madrugada del viernes, es la esquizofrenia que se ha apoderado súbitamente de nuestra clase política, partiendo por el Gobierno.

Es evidente que la señal del eventual cambio a la Constitución –digo eventual porque debe ser votado– bajó una tensión que el martes negro terminó por apoderarse del país, pero estamos lejos de que la crisis esté superada. Convencerse de que este espejismo es completamente real puede ser muy peligroso, en caso de que venga una “segunda ola” conducida por los jóvenes desencantados que esperaban soluciones concretas ahora y no desfasada en tres años gracias a la Constitución.

Es obvio que todos queremos –o necesitamos– volver a la normalidad, pero algo muy distinto es que creamos que porque los diarios dejen de escribir de lo que sigue pasando en las calles –sin duda de menos intensidad, pero continúan ocurriendo–, porque el Metro anuncie la no menos milagrosa recuperación de sus estaciones para el lunes siguiente de firmado el acuerdo o que vuelva el fútbol, esta crisis no se puede dar por terminada con un decreto.

Ya sabemos que La Moneda intentó incluso subirse al carro de la victoria después de la masiva concentración de casi un millón y medio de personas y dar por superado el conflicto. Lamentablemente, la historia está llena de casos en que la “normalidad” fue definida como una aspiración de deseo y luego debieron lamentar un rebrote social, si el Gobierno no anuncia un programa social potente y que evite nuevos abusos como la colusión o las clases de ética para los que delinquen. La misma responsabilidad la tendrán los partidos y el Parlamento. Fantástica la señal que estos últimos dieron la madrugada del viernes, pero no olvidemos que sigue siendo la institución con el menor nivel de confianza por parte de la población.

Pero, sin duda, el plebiscito previo –en abril del próximo año– marcará el inicio de una serie de votaciones durante los dos largos años que le restan a Piñera en el poder, tensionando a la sociedad chilena de manera permanente y reordenando por completo el cuadro político, especialmente en la derecha.

La lógica del Sí y No –ahora al revés– se instalará durante al menos un año y medio e impactará de lleno en todos los comicios que vendrán por delante hasta el fin de este Gobierno. En otras palabras, la polarización se agudizará desde ahora, apoderándose de la agenda y luego de las campañas. Sin ir más lejos, en solo un par de días hemos visto en la derecha a JA Kast (Republicanos) y Jacqueline Van Rysselberghe (UDI) disputarse quién será el líder del No. En cambio, el ministro Nicolás Monckeberg (RN) y Jaime Bellolio (UDI) ya anunciaron que votarán que Sí.

Y aunque este acuerdo es una tremenda noticia porque deberíamos empezar a librarnos de la Constitución de Pinochet y, por tanto, concluir definitivamente una transición que por lo visto no estaba cerrada, pese a los largos treinta años que han pasado, paradójicamente volverá a traer al presente los fantasmas de ese período obscuro de la dictadura, incluida la figura de Pinochet al enfrentar por un largo período al Sí y al No –invertidos–, lo que polarizará y tensionará al país de manera importante.

Claro que esta vez los jóvenes, los mismos protagonistas de esta crisis que bajó fuertemente su nivel de tensión, pero que aún no termina, tendrán un rol protagónico.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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