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Bolivia en transición

por 20 diciembre, 2019

Bolivia en transición
La realidad es una síntesis de múltiples determinaciones. ¿Qué predominará en Bolivia en los próximos días? ¿La renovación o la restauración? ¿Tendrán garantías todos los sectores en el próximo proceso electoral? ¿Cuánto de la obra del MAS perdurará? Bolivia está hoy en calma, pero atenta, lo nuevo coexiste con el pasado reciente y, también, con el pasado ancestral. Bolivia está en transición.
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Cumplidos los dos meses desde las elecciones del 20 de octubre, todos los análisis coinciden en que fue el punto de quiebre del proceso político boliviano. A partir de allí, se desató una dinámica que terminó en el asilo de Evo Morales en México, adonde llegó luego de un accidentado rescate a cargo de un avión mexicano. En Bolivia se instaló una situación de extremada violencia que enfrentó a partidarios del MAS con integrantes de la entonces oposición. La situación se zanjó con la “sugerencia” de las Fuerzas Armadas al entonces presidente Morales, que diera un paso al costado, antes se había amotinado la policía.

La segunda vicepresidenta del Senado, Jeanine Áñez, asumió como presidenta interina en una sesión donde concurrió una minoría de congresistas, dada la inasistencia de la mayoría, perteneciente al MAS. El general Williams Kaliman, jefe de las Fuerzas Armadas, le entregó la banda presidencial, mientras  en las calles se desarrollaban fuertes enfrentamientos entre civiles.

Se constituyeron diversos mecanismos de diálogo y negociación que terminaron dando frutos. Así, en una sesión donde concurrieron todos los congresistas, se aprobó unánimemente la realización de nuevas elecciones y la conformación de un nuevo tribunal electoral (TSE). La mayoría de los consultados coinciden en que en las conversaciones se habría acordado un mecanismo que diese garantías para que el MAS participase sin la cancha inclinada. Ello explicaría la unanimidad en el Congreso. La Unión Europea, por vía de su embajador, más el aporte de la Iglesia católica y de la ONU, facilitaron estos acuerdos.

El MAS, sin el soporte del aparato de Gobierno, sin sus principales lideres en el país, golpeados, pero ahí están. Por Evo votaron más de dos millones de bolivianos pocas semanas atrás y, aunque ha sufrido desgaste, representa una fuerza real, quizás la más enraizada de las fuerzas políticas de Bolivia. De su original núcleo de cocaleros del Chapare, el MAS pronto se amplió al indigenismo en versión katarista –por reivindicación del líder Túpac Katari, que se enfrentó al colonialismo racista en tiempos coloniales–, ahí llegó desde el exvicepresidente Álvaro García Liniera, hasta muchos dirigentes de base campesina, entre los que destaca David Choquehuanca. Más tarde, se amplió hacia los cooperativistas mineros, a diversos movimientos sociales y sumó sectores urbanos a sus originales apoyos rurales. Buena parte de la intelectualidad de izquierda reconoció filas en el nuevo referente. Evo captó pronto, al igual que años atrás en Chiapas el subcomandante Marcos, el poderoso potencial comunicacional y político –interno y externo– del indigenismo por sobre el estructurado discurso de clases.

No todo fue fácil. En el camino quedó más de una veintena de muertos, muchos más heridos, saqueos e incendios de casas de dirigentes del MAS y también de sus oponentes, entre otros, la casa del rector de una universidad. Una misión de la CIDH elaboró un duro reporte que el gobierno provisional de Áñez rechazó. Entremedio, la mayoría de los dirigentes del anterior gobierno se asiló en las residencias de México y Argentina.

La misión del gobierno de Añez es sencilla pero portentosa: convocar y garantizar las nuevas elecciones, normalizar el país. Organizó con rapidez su gabinete, en el cual ya ha hecho cambios, pero también ha incursionado en relaciones internacionales: ha buscado normalizar las relaciones con Estados Unidos e Israel. En la ultima reunión de Mercosur, la nueva canciller, Karen Longaric, fue saludada con simpatía por los mandatarios de Brasil y Paraguay, también por el canciller chileno Teodoro Ribera. Mientras, Uruguay –todavía gobernado por el Frente Amplio– pidió la aplicación de la Carta Democrática al nuevo gobierno. Alberto Fernández no invitó a la administración provisional boliviana al cambio de mando y le ofreció refugio a Evo.

El compromiso de reconstruir con garantías el TSE se va cumpliendo aceleradamente. Un experimentado profesional ha quedado a cargo del proceso y en estos días se desarrolla a todo vapor el proceso de selección de los nuevos integrantes. Se inscribieron más de 500 postulantes, de todos los colores, luego de las impugnaciones quedaron más de 300 y todos ellos están siendo sometidos a diversas evaluaciones, que a la fecha dejan conformes a moros y cristianos. El proceso aún no concluye, pero se conoce de quejas por la calificación que se les ha otorgado a algunos postulantes de reconocida capacidad. Si el proceso culmina satisfactoriamente, antes de fin de año se constituiría una nueva autoridad electoral que determinaría el cronograma electoral. Aquí surge otro problema.

El actual Congreso termina sus funciones el 22 de enero. Sería la fecha en que Evo debía entregar el mando a su sucesor. Si el Congreso es el que nominó a la presidenta provisoria, se abre la pregunta sobre la legitimidad de su autoridad después de esta fecha. Además, la Constitución prevé un plazo de 90 días para realizar elecciones. Gran tarea para los facilitadores, pero ya hemos sido testigos de que el Tribunal Constitucional boliviano, sometido a presión, asume la flexibilidad: permitió la cuarta reelección de Evo y validó la nominación de la actual presidenta provisoria designada sin quorum, por nombrar algunos hechos.

Algunos sectores del nuevo oficialismo hablan de garantizar la participación de todos, pero al mismo tiempo desconocen que se hubieran pactado garantías y, menos, amnistías. Altisonantemente, algunos miembros del gabinete instaron a enjuiciar a las antiguas autoridades, empezando por Evo, y al final la nueva Fiscalía empezó la acción. El expresidente ya está en Argentina con algunos de sus colaboradores, adonde ha empezado la peregrinación de los masistas: como tiempos antes, cuando un Perón exiliado recibía en Madrid a toda la diversidad de sus partidarios. Argentina está más cerca que México y para conversar con el "jefazo" se puede ir en bus. Algo lejos, pero se puede.

De esta manera, todo indica que se llevarán a cabo nuevas elecciones, aunque lo más probable es que deberán prorrogarse los plazos. Y ajustarse la Constitución.

Escenarios posibles

¿Qué tendrán de diferentes estas elecciones con las del 20 de octubre pasado? Notoriamente tendrán otro eje. El anterior mapa político estructuró un clivaje Evo/anti-Evo que hoy no existe. Evo está exiliado. El MAS está fuera del gobierno, sus principales lideres están en el exilio o refugiados en sedes diplomáticas.

¿Cuáles son hoy los principales actores políticos en Bolivia? Si se reduce a lo político-electoral, identificamos tres núcleos que deberían ser la base de las principales candidaturas.

El MAS, sin el soporte del aparato de Gobierno, sin sus principales lideres en el país, golpeados, pero ahí están. Por Evo votaron más de dos millones de bolivianos pocas semanas atrás y, aunque ha sufrido desgaste, representa una fuerza real, quizás la más enraizada de las fuerzas políticas de Bolivia. De su original núcleo de cocaleros del Chapare, el MAS pronto se amplió al indigenismo en versión katarista –por reivindicación del líder Túpac Katari, que se enfrentó al colonialismo racista en tiempos coloniales–, ahí llegó desde el exvicepresidente Álvaro García Liniera, hasta muchos dirigentes de base campesina, entre los que destaca David Choquehuanca. Más tarde, se amplió hacia los cooperativistas mineros, a diversos movimientos sociales y sumó sectores urbanos a sus originales apoyos rurales. Buena parte de la intelectualidad de izquierda reconoció filas en el nuevo referente. Evo captó pronto, al igual que años atrás en Chiapas el subcomandante Marcos, el poderoso potencial comunicacional y político –interno y externo– del indigenismo por sobre el estructurado discurso de clases.

De la mano del MAS, una Bolivia mayoritariamente étnica y popular emergió a inicios del siglo XXI con un líder indiscutido. Fueron casi 14 años en que el producto bruto creció y también mejoró la inclusión, la economía tuvo un razonable manejo, miles de jóvenes pobres entraron a la universidad, emergió el orgullo étnico y Bolivia dejó de estar en los últimos peldaños del subdesarrollo latinoamericano. Veinte años atrás Bolivia y Honduras compartían esa posición. Hoy no.

Pocas semanas atrás toda Bolivia estaba tapizada de leyendas en muros y gigantografías que recordaban “Evo cumple”. La presencia del MAS en los medios de comunicación era incontrarrestable. La cancha estaba inclinada. Pero también tenía apoyo social. Por otro lado, tantos años en el poder desembocaron en que el gobierno se fue transformando en el partido. Los ministros terminaron siendo más importantes que los dirigentes sociales. A su vez, la generación original no facilitó la emergencia de las nuevas y, como más de una vez señalamos, un tufillo al culto a la personalidad invadió al palacio de gobierno. Entremedio, la calidad de la democracia se fue debilitando.

Hoy, sin el manejo del Estado, el MAS está debilitado, sin sus dirigentes máximos cunde el desorden y asoman brotes de división en las bancadas. Pero es un movimiento real. Y luego de los primeros días de caos y derrota, ha empezado el reagrupamiento, Evo se acerca. En su primera reunión después de todo, el MAS acordó designar a Morales como su jefe de campaña.

Luego, uno de los factores reales de la política boliviana es el MAS. Los otros dos son Santa Cruz y Carlos Mesa.

Santa Cruz, el oriente boliviano, es radicalmente diferente a la Bolivia andina. De orígenes diversos, más orientados a Sao Paulo y a la Argentina vía el Paraná. Dinámico y empresarial, cálido y subtropical, con una urbe pujante, se ha ido transformando en otro polo de la sociedad y la economía boliviana. Es el mundo “camba”, como se llama a los cruceños, a diferencia de los “collas” altiplánicos.

En las pasadas elecciones los cambas levantaron la candidatura del senador Óscar Ortiz, pero, para sorpresa de todos, solo logró un magro 4%, siendo superado por un desconocido empresario de origen coreano, postulado por el PDC, luego que Jaime Paz declinara su postulación. El desconocido Chi Hyun Chung obtuvo 8% de los votos en pocas semanas de campaña, ubicándose detrás de Evo y Mesa.

En la oposición a Evo, emergieron los llamados Comités Cívicos, agrupaciones regionales autodefinidas como no partidarias. El de Santa Cruz fue encabezado por un vigoroso líder, Luis Fernando Camacho, quien llegó a desplazar incluso al propio Mesa en la lucha contra el régimen. Se alió con Marco Pumari, líder del Comité Cívico de Potosí, el Comcipo. Potente dupla que ha sufrido deterioro posteriormente por disputas de quien dirige la fórmula, incluyendo incómodos y poco trasparentes grabaciones que develan pagos non santos para convencer qué lugar de la fórmula se ocupa. En síntesis, Camacho es popular, pero su liderazgo es vulnerable.

Sea cual sea (Camacho, el coreano u otro), Santa Cruz tendrá su candidato, y no solo eso, hoy controla el Gobierno. Los principales ejecutivos provienen o son afines a los cambas. Y si no llevan candidato, los cruceños harán alianzas con quien estimen. Pero Santa Cruz estará en la fórmula de poder.

Carlos Mesa habría sido probablemente el candidato ganador en segunda vuelta si se mantenía el clivaje Evo/anti-Evo. Pero hoy ese clivaje desapareció. Mesa representa una opción más moderada, su fuerte fueron las llamadas Plataformas Democráticas, que florecieron luego del desconocimiento del referéndum que rechazó la cuarta reelección de Morales. Muchas de esas plataformas fueron de origen más ciudadanas que partidarias, especialmente compuestas por jóvenes urbanos escolarizados y capas medias urbanas, diestras en el manejo de redes sociales.

En los convulsos días posteriores al 20 de cctubre, Carlos Mesa se desperfiló. La lucha callejera no es lo suyo. Muchos de sus partidarios lo añoraron en esos días. El resultado final fue que la fórmula de gobierno que emergió, no nació de su puesto de mando. ¿Cuánto será el caudal electoral de Mesa hoy? En la última elección obtuvo más de dos millones de votos. Con ello estaría entre las primeras opciones.

Probablemente surjan nuevas opciones en los próximos días, pero lo cierto es que el MAS, Santa Cruz y Mesa agruparán las tres principales. Con la dificultad que hasta hoy no conocemos al del MAS y al que apoyen los cruceños. Aunque surgen voces llamando a mantener la unidad de todos los no masistas, a la fecha no logran hegemonizar.

En este cuadro lo más probable es que tengamos segunda vuelta. Y aquí se abren muchos escenarios. Si el MAS pasa a segunda vuelta, obviamente fomentará un frente común en su contra, quedaría en minoría, pero también lo dejará con una buena representación parlamentaria y conserva una experimentada base social que puede hacerle muy difícil la vida al nuevo gobierno.

Si el MAS no pasase a segunda vuelta, tendría en sus manos dirimir quién será el próximo presidente. Ya sabemos que en política no todo es por amor. ¿Qué condiciones pondría el MAS para inclinar la balanza? ¿El regreso de Evo? ¿El respeto a la llamada Agenda Patriótica (programa masista propuesto al 2025)?

Lo nuevo y lo viejo en la coyuntura

El destacado sociólogo boliviano René Zavaleta solía recordar que Bolivia posee una sociedad civil indómita. Su precariedad estatal se explicaría en gran medida por el hecho de que desde sus orígenes Bolivia estuvo dominada por élites que desconocían una realidad palmaria: la enorme mayoría étnica y popular. Discriminar es malo, pero discriminar a la mayoría es un grave problema.

Y si bien Bolivia no ha sido un ejemplo de estabilidad política en sus casi 200 años, es también reflejo de que su población no tiene vocación de esclava. Desde los años de la dominación colonial, racista, excluyente y extractivista, la mayoría nacional y popular boliviana se rebeló, siguiendo a Tupac Katari y a Bartolina Sisa. La Revolución de 1952 rescató lo nacional, pero luego emergió la demanda popular. La riqueza de Bolivia descansó en la plata en tiempos coloniales y luego el estaño. Hoy los descendientes de los barones del estaño viven en Europa y la plata de Potosí se la llevó la corona española. Pero en la actualidad el gas es la principal fuente de riqueza y financia el erario nacional.

En el presente se entremezclan viejos y nuevos clivajes. En lo más inmediato emerge en la sociedad del siglo XXI un anhelo de renovación de todo, incluidas las élites, se impone el rechazo a los viejos dirigentes, lo que incluye a los expresidentes. Lo nuevo versus lo viejo. Esto afecta desde Mesa hasta Evo. Para la inquieta juventud boliviana son los mismos líderes que han gobernado desde que estaban en la escuela primaria. Ese es un clivaje nuevo, una demanda de renovación generacional.

Al lado de ella renace una más antigua, que muchos pensábamos superada: el clivaje entre lo indio y lo blanco. El retorno de la discriminación ancestral. A ello contribuyen algunos gestos potentes de las nuevas autoridades (empezando por la presidenta) que esgrimen biblias en sus apariciones. Se quema en público la Wiphala (la bandera aymara), todo ello trae a la memoria los tiempos en que a Túpac Katari lo despedazaron con caballos por rebelarse contra el dominio colonialista. El miedo de miles a perder lo conquistado y al retorno de los karas abusivos (blancos).

Junto al anterior, existe otro miedo. El temor al partido de Estado, a la eternización burocrática de una generación que arrancó promisoria y plural, pero que se fue eternizando y generando prácticas clientelistas. El temor a un sistema sin contrapesos.

La realidad es una síntesis de múltiples determinaciones. ¿Qué predominará en Bolivia en los próximos días? ¿La renovación o la restauración? ¿Tendrán garantías todos los sectores en el próximo proceso electoral? ¿Cuánto de la obra del MAS perdurará? Bolivia está hoy en calma, pero atenta, lo nuevo coexiste con el pasado reciente, y también con el pasado ancestral. Bolivia está en transición.

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