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Cambio climático y automatización: el desafío que define el futuro de la agricultura

por 24 diciembre, 2019

Cambio climático y automatización: el desafío que define el futuro de la agricultura
La agricultura utiliza alrededor del 72 por ciento de la superficie terrestre disponible, el resto es tierra cubierta de hielo o montañas. Al mismo tiempo, las actividades agrícolas contribuyen aproximadamente con un tercio de los gases que producen efecto de invernadero. En este escenario, las soluciones convencionales pueden agravar el problema: hay poco espacio para extender la frontera agrícola sin dañar los bosques y la biodiversidad. Tampoco es posible continuar utilizando insumos que provienen de la industria del petróleo. Para evitar los escenarios catastróficos es preciso cambiar las formas de producción y desarrollar tecnologías que utilicen menos recursos y contribuyan a mitigar los impactos del cambio climático. La pregunta obvia es cómo.
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Catástrofe climática y robots parecen temas sacados de una película de ciencia ficción. Y, sin embargo, a medida que avanza el siglo XXI estos asuntos dejaron de pertenecer al terreno de la fantasía y comenzaron a transformarse en una posibilidad cada vez más real e incómoda. En el mundo de la producción agrícola ya es posible observar los efectos (incipientes) de ambos fenómenos. Y los desafíos que plantean seguramente darán forma al futuro de la producción de alimentos.

El 8 de agosto, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático –más conocido por sus siglas en inglés: IPCC– publicó un documento sobre agricultura y uso de la tierra. Dicho trabajo señala que de no adoptarse prácticas agrícolas más sostenibles, será prácticamente imposible evitar procesos de calentamiento global. David Wallace-Wells, autor de La Tierra inhabitable, señala que un aumento global de temperatura superior a 2 grados implica riesgos para la mayoría de los cultivos convencionales en zonas ecuatoriales.

La agricultura utiliza alrededor del 72 por ciento de la superficie terrestre disponible, el resto es tierra cubierta de hielo o montañas. Al mismo tiempo, las actividades agrícolas contribuyen aproximadamente con un tercio de los gases que producen efecto de invernadero.

En este escenario, las soluciones convencionales pueden agravar el problema: hay poco espacio para extender la frontera agrícola sin dañar los bosques y la biodiversidad. Tampoco es posible continuar utilizando insumos que provienen de la industria del petróleo. Para evitar los escenarios catastróficos, es preciso cambiar las formas de producción y desarrollar tecnologías que utilicen menos recursos y contribuyan a mitigar los impactos del cambio climático. La pregunta obvia es cómo.

Si tomamos en serio la sugerencia de pensar soluciones colectivas para la crisis climática, entonces es preciso aumentar la colaboración mucho más allá de la escala actual de nuestros laboratorios y empresas tecnológicas. Lo que necesitamos es generar una inteligencia colectiva global. Existen cientos de experiencias de inteligencia colectiva a pequeña escala (en este artículo nombramos solo unas pocas). Si queremos construir una transición hacia formas de producción sustentable, necesitaremos muchas experiencias más, sobre todo en agricultura. Todo esto, difícilmente, pueda lograrse si no construimos un ecosistema de innovación que fomente, financie y proteja la apertura y la inteligencia colectiva. Pero, a menos que cambiemos de dirección en ciencia y tecnología, vamos a seguir repitiendo viejas recetas con resultados conocidos.

El sueño de los robots

Una de las apuestas tecnológicas para reducir los impactos del cambio climático es la automatización de la producción y la aplicación de la denominada “agricultura de precisión”. De manera similar a la producción industrial, la agricultura se encuentra en un momento de grandes transformaciones. La introducción de nuevas tecnologías, como el análisis de grandes volúmenes de datos (big data), la creciente automatización de las maquinarias y el uso de sensores y drones, están transformando la producción de alimentos.

Sensores de humedad de suelo y maquinaria automatizada posibilitan, por ejemplo, calcular y administrar de forma milimétrica el agua necesaria para los cultivos y sembrar con una precisión de centímetros. La agricultura de precisión permite ahorrar agua y modificar el régimen de riego en relación con la evolución de los cultivos. Robots y sistemas de piloto automático también pueden aplicarse a tractores, sembradoras, cosechadoras y otras maquinarias agrícolas. Proyectos como Hands Free Hectare –desarrollado en el Reino Unido– muestran que es posible cultivar y cosechar una hectárea de cebada de forma totalmente automatizada.

A medida que avanza la idea de una agricultura sin humanos, también surgen preguntas sobre sus consecuencias sociales, políticas y ambientales. Es probable que la automatización aumente la brecha tecnológica entre la agricultura industrial y la agricultura familiar o agroecológica de pequeñas extensiones. Si dejamos que esto suceda, no solo se perderá la diversidad en la producción y una rica tradición cultural, sino también se reforzará la concentración económica.

En un mundo con creciente escasez de recursos, el uso de tecnologías más eficientes puede ser de gran utilidad. Pero si la automatización sigue los mismos parámetros de producción verticalizada y monocultivo, estas tecnologías también pueden agravar los problemas de la población. A pesar de las promesas técnicas, la mirada sociológica nos advierte que no existe nada automático en la automatización y el sueño de los robots puede transformarse rápidamente en pesadilla.

Democratizar la innovación

Crisis ambiental y desarrollo de la automatización presentan un doble desafío para un sistema social y político global tambaleante. Nuestras instituciones están tan poco preparadas para las consecuencias del calentamiento global como para un mundo sin empleo. Es urgente preguntarnos quién va a diseñar las tecnologías para el desarrollo sustentable, cómo se va a decidir su uso y quién se va a apropiar de sus beneficios.

El reciente escándalo de Facebook y Cambridge Analytica resalta que aquellos diseños tecnológicos que concentran el control de la información y son poco transparentes tensionan nuestras democracias. Al mismo tiempo, la adopción de soluciones tecnológicas poco flexibles y concentradas en pocas manos aumenta el riesgo de fracaso en escenarios de alta incertidumbre.

Una opción posible y necesaria es democratizar la innovación y romper con los monopolios tecnológicos. Abrir la participación y la experimentación con tecnologías puede contribuir a la creación de formas de agricultura que sean más diversas, más inclusivas y con mayor cuidado del medioambiente. En un momento de fuerte desconfianza hacia los expertos y las élites, la democratización de la innovación también contribuye a legitimar los procesos de cambio tecnológico. Las políticas que combinan la construcción de ciencia abierta con innovación abierta permiten compartir datos, software y diseños para que cualquier persona pueda utilizar y mejorar las tecnologías.

La apertura del conocimiento tiene una serie de ventajas sobre las políticas de patentamiento y secreto industrial.

Por un lado, la transparencia permite conocer qué están haciendo otros grupos de investigación, evitar errores y acelerar la construcción de soluciones. Reinventar la rueda cada vez que se quiere replicar una tecnología o un experimento resulta una innecesaria pérdida de esfuerzos y un malgasto de recursos (incluyendo el tiempo) de los que difícilmente disponemos.

La apertura de la información también aumenta la replicabilidad y, por lo tanto, la reapropiación de conocimientos. Por otro lado, la apertura facilita la creación de mecanismos de colaboración masiva. Así como Wikipedia o el sistema operativo Linux se benefician de la colaboración de miles de personas, la agricultura abierta podría replicar estos esquemas. Ello abre la posibilidad de contar con expertos científicos y no científicos que se interesen en el problema en distintas partes del mundo.

Existen experiencias en ciencia e innovación abierta que muestran excelentes resultados en el descubrimiento de proteínas (Genomic Structural Consortium), el desarrollo de drogas abiertas (Open Source Malaria) y la construcción de microprocesadores (Arduino, Computadora Industrial Abierta Argentina, etcétera).

En el mundo de la agricultura también se cuentan algunos emprendimientos incipientes en construcción de maquinarias y tecnologías abiertas, como Open Source EcologyL’atelier paysan. Asimismo, existen iniciativas como Bioleft, que utilizan licencias abiertas para realizar mejoramiento participativo de las semillas.

Pero eso no es todo. Las instituciones públicas de desarrollo agrícola en nuestros países, como INTA en Argentina y Embrapa en Brasil, tienen a disposición un acervo enorme de tecnologías y conocimientos que podrían compartirse de forma sencilla utilizando repositorios digitales y licencias de código abierto.

Muchos de estos temas fueron abordados durante la semana de cooperación internacional de la etapa 1 del proyecto de investigación “¿Sostener lo insostenible o habilitar sociedades sustentables?” (Fondeyct N° 11180256, Conicyt), que se desarrolló entre el 7 y el 11 de octubre en Talca, ocasión en la que pudimos conversar sobre estos desafíos e intercambiar experiencias y opiniones entre los participantes.

Riqueza cognitiva y pobreza institucional

Como nunca en la historia de la humanidad, una buena parte de las publicaciones científicas se encuentran al alcance de la mano en sitios como Sci-Hub. A medida que la ciencia abierta avance, también podremos acceder a datos, softwares, cuadernos de laboratorio y otros insumos. Estas prácticas producen tanta información que seguramente necesitaremos de alguna forma de inteligencia artificial para procesarla y analizarla.

Sin embargo, la abundancia súbita de conocimiento y el potencial para aprovecharlo de forma colectiva no conduce directamente a modelos más democráticos de investigación y desarrollo.

Quizás el mayor inconveniente para alcanzar formas de innovación democrática no son las tecnologías o los conocimientos disponibles, sino las políticas. Vivimos en un mundo en el cual los actores más poderosos en tecnología e innovación tienen muy pocos incentivos para cambiar sus conductas. Un ejemplo claro es la producción automotriz donde, hasta hace pocos años, la mayoría de las empresas rechazaba el desarrollo de vehículos eléctricos, a pesar de que resultan más seguros, menos contaminantes y, probablemente, menos costosos para los usuarios.

Si tomamos en serio la sugerencia de pensar soluciones colectivas para la crisis climática, entonces es preciso aumentar la colaboración mucho más allá de la escala actual de nuestros laboratorios y empresas tecnológicas. Lo que necesitamos es generar una inteligencia colectiva global. Existen cientos de experiencias de inteligencia colectiva a pequeña escala (en este artículo nombramos solo unas pocas). Si queremos construir una transición hacia formas de producción sustentable, necesitaremos muchas experiencias más, sobre todo en agricultura. Todo esto, difícilmente, pueda lograrse si no construimos un ecosistema de innovación que fomente, financie y proteja la apertura y la inteligencia colectiva. Pero, a menos que cambiemos de dirección en ciencia y tecnología, vamos a seguir repitiendo viejas recetas con resultados conocidos.

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