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Nuevos partidos: la paradoja y el cambio de paradigma

por 22 enero, 2020

Nuevos partidos: la paradoja y el cambio de paradigma
La irrupción de nuevos actores y el malestar social que impulsa a un estado constante de protesta, se puede vincular con un proceso de modernización de la sociedad, que conduce a la aspiración de dotarse de instituciones que realmente distribuyan los recursos y las posiciones, en relación directa con el esfuerzo personal. La aspiración de igualdad implica la necesidad de que el sistema político incorpore una representación más amplia y plural de la sociedad chilena, demanda que, entre otras cosas, se traduce en la de una nueva Constitución.
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¿Cómo podemos entender que se anuncie la creación de nuevos partidos políticos para participar en el proceso constituyente, en circunstancias que las encuestas demuestran que la adhesión a los partidos políticos es mínima actualmente?

Difícil era pensar, antes del 18 de octubre, que serían nuestros propios representantes en el Congreso quienes –tras una tensa sesión que duró hasta altas horas de la madrugada– acordaran, con el voto cruzado de todos los sectores políticos, iniciar un proceso de reforma constitucional.

Se trató de una decisión adoptada por un sistema político acorralado y sin otra salida que ceder ante la presión ciudadana, es decir, no tuvo su impulso en el sistema político tradicional, sino que nació de la protesta social que, en forma súbita y rabiosa, exigió cambios a un “modelo de sociedad” que ya no la representa.

Somos testigos de un cambio en el paradigma del sistema político: la sociedad civil, el pueblo, la ciudadanía o como queramos llamarlo, ha sobrepasado a sus representantes, desde que la modificación del modelo que hoy se plantea –incluyendo cambio de Constitución– surge desde el movimiento social y los grupos de interés, no desde la clase política tradicional. Ello constituye una inversión en el sistema político, uno de cuyos componentes, si no el principal, parece ser el fuerte rechazo de la sociedad a la denominada clase política.

Es, precisamente, la ausencia de esos mecanismos de democracia participativa lo que explica la ironía de que hoy presenciamos la formación de nuevos partidos políticos instrumentales –que no cumplen ni tienen la intención de cumplir con las funciones propias de los partidos políticos– con el único fin de participar en el proceso constituyente, como una forma de intentar competir en igualdad de condiciones con los partidos tradicionales. Ha sido, entonces, la negativa a reconocer institucionalmente este cambio de paradigma, lo que provoca este enmascaramiento de los nuevos actores, que pasan a desempeñar el rol de los tradicionales partidos.

Es indudable la incidencia creciente que ha adquirido el movimiento social y los grupos de interés, a la hora de incorporar los temas y las demandas que el país se encuentra debatiendo públicamente. Este fenómeno ha pasado a ser una tendencia, no solo en Chile, y tiene múltiples explicaciones y consecuencias, siendo la más relevante el reordenamiento de nuestro sistema político: la democracia representativa tradicional está en crisis.

Los partidos políticos son uno de los grandes damnificados con este fenómeno. Los estudios disponibles demuestran que, en dos décadas, Chile ha pasado de una situación en que la mayoría de las personas se veían representadas por partidos políticos y tenían postura política –situándose en el eje izquierda/derecha–, a una en que solo una minoría se siente representada por estos.

El fenómeno que discutimos se relaciona con un cambio en la forma en que se estructura o se entiende el poder político y que podemos denominar como un cambio de paradigma en el sistema político.

La irrupción de nuevos actores y el malestar social que impulsa a un estado constante de protesta, se puede vincular con un proceso de modernización de la sociedad, que conduce a la aspiración de dotarse de instituciones que realmente distribuyan los recursos y las posiciones, en relación directa con el esfuerzo personal. La aspiración de igualdad implica la necesidad de que el sistema político incorpore una representación más amplia y plural de la sociedad chilena, demanda que, entre otras cosas, se traduce en la de una nueva Constitución.

Resulta posible y necesario dar cauce a este cambio de paradigma de nuestro sistema, combinando las instituciones y prácticas de nuestra cuestionada democracia representativa, con aquellas que se vinculan con la democracia participativa o semidirecta, lo cual no es sinónimo de caos o posiciones ideologizadas de izquierda, sino de la necesidad de hacerse cargo de un fenómeno de nuestra sociedad actual. Nadie se puede arrogar ser el representante o intérprete de toda la sociedad.

Es, precisamente, la ausencia de esos mecanismos de democracia participativa lo que explica la ironía de que hoy presenciamos la formación de nuevos partidos políticos instrumentales –que no cumplen ni tiene la intención de cumplir con las funciones propias los de partidos políticos–, con el único fin de participar en el proceso constituyente, como una forma de intentar competir en igualdad de condiciones con los partidos tradicionales.

Ha sido, entonces, la negativa a reconocer institucionalmente este cambio de paradigma lo que provoca este enmascaramiento de los nuevos actores, que pasan a desempeñar el rol de los tradicionales partidos.

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