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La peligrosa apuesta de Piñera

por 20 abril, 2020

La peligrosa apuesta de Piñera
Ojalá el Gobierno estuviera en lo cierto. Ojalá la nuestra fuera la “mejor salud del planeta” y a Jaime Mañalich le dieran el Premio Nobel. Hasta en una de esas el virus se volvió bueno. Pero el sentido común, lo que dicen los expertos, la opinión de los alcaldes que conocen a su gente y especialmente las cifras –sobre 450 casos cada 24 horas y 32 muertos en tres días–, nos indican que esto está lejos de terminar. Aún no hemos llegado al peak y estamos recién en otoño. Piñera ha puesto el acelerador, sabe que una crisis económica como la que viene terminará por traer de vuelta las manifestaciones, pero otra cosa es pensar que hoy es momento para que los trabajadores de los ministerios deban volver a sus oficinas o abrir el comercio.
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Sin duda, el Presidente Sebastián Piñera entendió que la pandemia podía ser una tremenda oportunidad para él. De manera inesperada, la historia le presentaba una opción que no desaprovecharía. A quince días de comenzado el temido marzo para La Moneda –ya había dado una primera señal con millones de mujeres marchando por el país y se anunciaban protestas de secundarios, universitarios y otras organizaciones para las semanas siguientes– el Gobierno daba por iniciada la emergencia sanitaria, instalando un inmediato cambio de agenda centrado en el miedo e incertidumbre. Me imagino la sensación de revancha con que el Mandatario firmó el estado de excepción, sacó a los militares a la calle, mandó a limpiar la zona cero y se fotografió en el monumento a Baquedano. “Se acabó el 18 de octubre, ahora me verán como con los 33”, debe haber pensado.

Ha pasado un poco más de un mes en que Chile –al igual que el resto del Latinoamérica– entró en “modo coronavirus”. Agenda única, protagonismo sin límites del Mandatario, cambios en el poder interno –la dupla Mañalich-Piñera pasó a ser "el" comité político–, alcaldes y el Colegio Médico tratando de ser escuchados, sin éxito, una oposición penosamente ausente, Carabineros y militares sorprendidos con la bipolaridad del chileno, consolidación del concepto “primera línea”, pero esta vez encabezada por los equipos de salud e integrada también por esos motoristas que se exponen por otros en la cola del supermercado. Y Piñera convencido de que la vuelta a la “normalidad” no será igual después que termine esto, como si entre el 18 de octubre y el 15 de marzo eso se pudiera llamar “normalidad”.

Da la impresión que los asesores del Presidente sabían que las cifras de contagiados y muertos vendrían a la baja los primeros días posteriores al fin de Semana Santo (se procesarían más lentamente los exámenes durante el feriado largo), porque el despliegue triunfalista de los éxitos del Gobierno en materia de coronavirus –sin modestia se consideran entre los mejores países que han enfrentado el virus– llegó incluso a generar un incómodo impasse con Argentina, al enviar a los medios de ese país un informe que probaba lo contrario. Claro, La Moneda no contaba con que las cifras se dispararían de nuevo a contar del miércoles, pero igual ha seguido firme con proyectar que tienen controlada la pandemia y que ya debemos ir retomando las actividades habituales, pese a que Educación aún no es capaz de decir cuándo retornarán los estudiantes a las clases presenciales.

El comportamiento político del Gobierno se divide, hasta ahora, en dos fases. Una primera etapa, en que La Moneda se abrió a escuchar a otros actores, llamó a la unidad como país, actuando con precaución y mucho ensayo y error, pese a estar viviendo una crisis anunciada con dos meses de anticipación y contar con los aprendizajes de muchos países. Dos semanas después, el giro fue evidente. Encajonó a los alcaldes y al Colegio Médico en una mesa secundaria e irrelevante, empezó a citar y alinear a los jefes comunales oficialistas, desplegando un planificado relato autorreferente, exitista e incluso delirante: Chile parece tener la fórmula que nadie más posee en el mundo. Quizás para responder a aquello de “tenemos la mejor salud del planeta”.

En el terreno del discurso, el Gobierno declaró que en un ningún caso decretará una cuarentena nacional, pedida a gritos en su momento por los alcaldes y el Colegio Médico y que se ha implementado en casi todo el continente. Pero, tal vez, el mejor argumento –políticamente– elaborado, es que se han levantado las cuarentenas en las cuatro comunas con más contagios del país, debido al riesgo de salud mental, violencia intrafamiliar y hacinamiento. Obvio que eso es cierto, así como que las personas de tercera edad que están solas o viven en hogares de ancianos pueden sufrir, además de las situaciones anteriores, una peligrosa depresión. Aunque nadie pensaría en terminar su aislamiento físico (acertada la OMS de sustituir “aislamiento social”).

Y en el plano del estado de ánimo, el Gobierno –y especialmente el Jefe de Estado– vivió un momento de euforia para Semana Santa. Piñera desplegó una estrategia comunicacional bastante obvia de posicionamiento, con un formato casi calcado de las dos anteriores. Entre viernes y lunes múltiples entrevistas en televisión y las infaltables dos páginas de Reportajes de El Mercurio, sumado al regreso de Cecilia Morel, después del lapsus de los alienígenas y la pérdida de privilegios.

¿La gran diferencia? Un Presidente más agresivo y desafiante en lo político, mostrando las garras frente un posible retorno del movimiento social después de terminada la fase aguda del COVID-19. “Estamos enfrentando un enemigo poderoso”, volvió a repetir, como para refregar la frase que le costó cara en su momento. “Estaremos mejor preparados, si vuelve el estallido”, dijo. Bueno y su paso por Plaza de la Dignidad, que cuesta creer que fue solo un arrebato de niño chico. Sin duda, la vuelta de Josefa Solar –nuera de Chadwick a cargo del manejo de las redes sociales de Presidencia– y Magdalena Díaz ha influido en esta nueva estrategia, luego de despedir a su jefe de prensa personal.

Da la impresión que los asesores del Presidente sabían que las cifras de contagiados y muertos vendrían a la baja los primeros días posteriores al fin de Semana Santo (se procesarían más lentamente los exámenes durante el feriado largo), porque el despliegue triunfalista de los éxitos del Gobierno en materia de coronavirus –sin modestia se consideran entre los mejores países que han enfrentado el virus– llegó incluso a generar un incómodo impasse con Argentina, al enviar a los medios de ese país un informe que probaba lo contrario. Claro, La Moneda no contaba con que las cifras se dispararían de nuevo a contar del miércoles, pero igual ha seguido firme con proyectar que tienen controlada la pandemia y que ya debemos ir retomando las actividades habituales, pese a que Educación aún no es capaz de decir cuándo retornarán los estudiantes a las clases presenciales.

Ojalá el Gobierno estuviera en lo cierto. Ojalá la nuestra fuera la “mejor salud del planeta” y a Jaime Mañalich le dieran el Premio Nobel. Hasta en una de esas el virus se volvió bueno. Pero el sentido común, lo que dicen los expertos, la opinión de los alcaldes que conocen a su gente y especialmente las cifras –sobre 450 casos cada 24 horas y 32 muertos en tres días– nos indican que esto está lejos de terminar. Aún no hemos llegado al peak y estamos recién en otoño. Piñera ha puesto el acelerador, sabe que una crisis económica como la que viene terminará por traer de vuelta las manifestaciones, pero otra cosa es pensar que hoy es momento para que los trabajadores de los ministerios deban volver a sus oficinas o abrir el comercio. La fase aguda del COVID-19 –estamos aún en ella– no se termina con voluntad y, menos, por decreto.

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