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Sindicalismo y Pandemia: ¿un 1 de mayo más?

por 1 mayo, 2020

Sindicalismo y Pandemia: ¿un 1 de mayo más?
El sindicalismo, ha sido clave en la historia política del país, como ocurrió en 1956, 1983 0 1988, en que se anticipa a las transformaciones que se producen luego. Para dar un giro en su historia reciente de fragmentación y atomización e irrelevancia, debiera tomar y jugársela por un conjunto de medidas que les permita transitar de nuevo por el camino de repotenciar su rol histórico en las transformaciones políticas y sociales que el país necesita. Este 1 de mayo, sin las marchas ni concentraciones habituales, donde siempre hablan y asisten los mismos, podría ser el último de un viejo ciclo y el primero del Chile que se viene. Hay harto por hacer y proponer.
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Así como los representantes de las mutuales, mancomunales y sociedades de socorros mutuos desempeñaron en el silgo XIX un rol preponderante en la organización y defensa de los sin voz, ante la ausencia de Estado y la omnipresencia del hacendado devenido luego en empresario minero, los dirigentes sindicales durante el siglo XX jugaron un rol predominante en la construcción de un relato político-gremial y en los cambios que tuvo Chile en ese “corto siglo XX”. Tempranamente se organizaron y acompañaron a los partidos de izquierda en las demandas de transformación social.

Por ello, no resultó casualidad que luego de un periodo de fragmentación, su reunificación y fundación como Central Única se realizase en 1953, tres años previos a la conformación del Frente de Acción Popular Unitario (FRAP) que permitiría el reencuentro del PS y el PC en una nueva alianza política, que estuvo a muy pocos votos de alcanzar la presidencia en 1958 con Salvador Allende como su abanderado y, que triunfaría definitivamente 12 años más tarde con la Unidad Popular.

La tradicional CUT, la de Clotario Blest, pese a su independencia, estuvo controlada hasta 1973 por comunistas y socialistas. En ese contexto, no resultó casual que alguno de sus presidentes, como Luis Figueroa o dirigentes como Rolando Calderón, llegasen a ser ministros del gobierno popular, lo que evidenciaba el peso de la organización en las directrices de aquel conglomerado político.

En tal sentido, el mundo sindical debe jugar un rol más preponderante en esta hecatombe. Así, por ejemplo, apostar con mayor fuerza para reestructurar el sentido del trabajo, que se ha estado modificando en la práctica por los efectos de esta pandemia. La instalación del teletrabajo puede ser una gran oportunidad para ello. La posibilidad ya cierta de laborar desde el hogar, de disponer de más tiempo con la familia, de compartir las responsabilidades de la casa, de acompañar más a los hijos, aunque solo sea por la proximidad física, incluso de cocinar, de no tener que desplazarsese por horas en un sistema de transporte caro y de mala calidad, de descongestionar la ciudad, pueden resultar una gran oportunidad para no solo para repensar el trabajo, sino, además, para reestructurar la ciudad donde cobre más fuerza el uso de la bicicleta, caminar, los huertos urbanos, la alimentación tradicional chilena simple, pero sana. El sentido del trabajo y la ciudad deben y tienen que cambiar.

En dictadura con la nueva ley sindical, la subcontratación y la constitución del 80’, se fragmentó y debilitó hasta hoy el otrora poderoso movimiento sindical chileno, aunque éste fue clave en la caída de la dictadura. El asesinato de Tucapel Jiménez en 1982 y las protestas del 11 de mayo de 1983, encabezados por la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) cuya cara visible era el dirigente tenientino Rodolfo Seguel de Rancagua, han sido percibidas por historiadores y analistas como el comienzo del fin de la dictadura militar. La reagrupación de la CUT en agosto de 1988, ahora como Central Unitaria de Trabajadores y dirigida por el DC, Manuel Bustos, resultó también ser la antesala del plebiscito de octubre que terminó por derribar la dictadura militar.

Sin embargo, a lo largo de la transición la CUT -debido al objetivo que se propuso la dictadura con el movimiento sindical de minimizar su papel en el escenario político que implicó, entre otras cosas, prohibición para postularse a cargos de elección popular, la fragmentación y minimización del sindicalismo con la ley de subcontratación- influyó para que ellos no volvieran a ser los mismos de antes, sumado a la propia sospecha de los dirigentes del Ejecutivo durante la transición, que nunca hablaron bien ni de los sindicalistas ni de los dirigentes sociales. Además, la falta de recursos hicieron que el unido y fuerte movimiento sindical se fuese desdibujando, fragmentándose y atomizándose al punto que el mundo sindicalizado no ha pasado de ser un 8% de la fuerza real de trabajo.

Ello, más costumbres añosas y la falta de conexión con el mundo real, sumadas a algunas malas prácticas sindicales terminaron por desprestigiar y minimizar al otrora poderoso movimiento sindical al punto de que hoy -salvo el rostro fresco, joven y venido de regiones como la presidenta del Colegio Médico, Iskia Siches, a quien en las redes ya se propone como candidata presidencial, en menor medida del presidente del colegio de profesores, Mario Aguilar, youtuber por antonomasia, y del presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), José Pérez Debelli- el resto del sindicalismo no existe o está desparecido. Más aún, en medio de la pandemia y el confinamiento de los actores de oposición, donde los medios oficiales han privilegiado solo la voz del Ejecutivo o de alcaldes de sus sector como Joaquín Lavín, Evelyn Matthei, Rodolfo Cartes, Felipe Alessandri, Kathy Barriga o Germán Codina.

¿Un 1 de mayo más?

Creo que no. Bajo el escenario descrito anteriormente, el sindicalismo, ha sido clave en la historia política del país, como ocurrió en 1956, 1983 0 1988, en que se anticipa a las transformaciones que se producen luego. Para dar un giro en su historia reciente de fragmentación y atomización e irrelevancia, debiera tomar y jugársela por un conjunto de medidas que les permita transitar de nuevo por el camino de repotenciar su rol histórico en las transformaciones políticas y sociales que el país necesita.

Una de las más urgentes es que el sindicalismo, en el contexto de esta grave crisis política e institucional, se transforme en un actor activo en favor de los grandes cambios que nuestra sociedad reclama – la mesa social es un poco eso - y que salga de su tendencia histórica a encapsularse en el mero corporativismo o del acompañante menor de las coaliciones políticas de centro izquierda. Que proponga una agenda país, en vista que la derecha quiere que la situación siga como está y que la vereda del frente – la oposición - esta nocaut por falta de un programa común para salir de la crisis, del festival de egos, del individualismo e infantilismo que son su pan de cada día.

Un ejemplo claro de que esto es posible es lo que sucede en Suecia, donde la socialdemocracia luego de un largo periodo fuera del gobierno y de una crisis profunda ha regresado a él de la mano, nada más y nada menos, que de Stefan Löfven, un ex soldador, que se convirtió luego en el Secretario General del Sindicato Sueco de Trabajadores Metalúrgicos (IF Metall), función que desarrolló desde enero de 2006 hasta el 2012. Ese mismo año fue electo como presidente del Partido Socialdemócrata Sueco en cuya condición accedió, junto con su partido, luego de largos años en el desierto, a la primera magistratura transformándose en primer ministro, cargo que ostenta hasta hoy y dándole a la socialdemocracia sueca un aire bastante renovador.

Lo significativo de Löfven, es que no es un personaje carismático ni con mucha densidad intelectual, pero bastante sólido en sus convicciones, lo que ha permitido a su partido llevar dos periodos ya en el gobierno luego de años de sequía y de una crisis profunda dándole un nuevo programa a dicha coalición. Ha diferencia de varios líderes chilenos de ese mismo espectro político, como el mismo Heraldo Muñoz u otros con un amplio currículo gubernamental y una sólida formación intelectual, pero que políticamente son un desastre.

En tal sentido, el mundo sindical debe jugar un rol más preponderante en esta hecatombe. Así, por ejemplo, apostar con mayor fuerza para reestructurar el sentido del trabajo, que se ha estado modificando en la práctica por los efectos de esta pandemia. La instalación del teletrabajo puede ser una gran oportunidad para ello. La posibilidad ya cierta de laborar desde el hogar, de disponer de más tiempo con la familia, de compartir las responsabilidades de la casa, de acompañar más a los hijos, aunque solo sea por la proximidad física, incluso de cocinar, de no tener que desplazarsese por horas en un sistema de transporte caro y de mala calidad, de descongestionar la ciudad, pueden resultar una gran oportunidad para no solo para repensar el trabajo, sino, además, para reestructurar la ciudad donde cobre más fuerza el uso de la bicicleta, caminar, los huertos urbanos, la alimentación tradicional chilena simple, pero sana. El sentido del trabajo y la ciudad deben y tienen que cambiar.

Debe también modificarse el absurdo energético en el que estamos envueltos, con casas mal confeccionadas con pésimas temperaciones en verano e invierno, porque requieren más calefacción en los tiempos de frío y más ventiladores entre noviembre y marzo, cuyo efecto es un uso bastante irracional – y contaminante – de la energía.

Los movimientos sindicales deben seguir defendiendo ese principio histórico de la izquierda mundial, que es el derecho al trabajo. Pero deben agregar su consecuencia: el deber de hacerlo. No pocas veces, por responsabilidad fundamentalmente de parlamentarios, ingresan en particular al Estado personal que ni siquiera asiste a trabajar lo que se transforma luego, para el resto de los trabajadores, en un verdadero distorsionador del buen empleado, cuya consecuencia lógica es que al final, no poca gente opta por enchufarse en la clientela electoral de algún prócer del parlamento antes que hacer bien su trabajo, porque eso le da más seguridad laboral y los gremios, en general, solo se quedan en la defensa de la primera parte de ese derecho, pero no en su consecuencia: el deber de hacerlo.

Con medios de comunicación controlados por la patronal, incluso la televisión pública cuoteada ayer y hoy, llama la atención que ni los distintos colegios profesionales ni las diversas multisindicales, que cuentan con recursos, hayan sido incapaces de proponer la creación de un canal de televisión distinto a los del establishment, original, novedoso, cultural, provocativo que rompa con la lógica de los medios tradicionales construidos para perpetuar el domino oligárquico y, continuar con la lógica de embrutecer y adormecer a la ciudadanía.

Epílogo: hacia un nuevo sindicalismo.

En tiempo de pandemia, con una oligarquía que se hunde como en el Titanic, con un mundo político de centro izquierda atomizado e irrelevante en el debate actual, el movimiento sindical y gremial tiene una gran responsabilidad: transformarse en el eje articulador de un nuevo programa para el cambio social del país.

Este 1 de mayo, sin las marchas ni concentraciones habituales, donde siempre hablan y asisten los mismos, podría ser el último de un viejo ciclo y el primero del Chile que se viene. Hay harto por hacer y proponer.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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