sábado, 24 de octubre de 2020 Actualizado a las 18:39

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La apuesta (pandémica) de la derecha: doctrina del shock y alcaldes populistas

La apuesta (pandémica) de la derecha: doctrina del shock y alcaldes populistas
Después del Shock de 1973, lentamente los alcaldes y sus municipios llenaron un vacío táctico dejado por la destrucción dictatorial de organismos de politización de la sociedad civil, reemplazándolos por desmovilización y clientelismo. Hoy alcaldes/as como Lavín, Matthei, Alessandri, Barriga, Delgado, Codina, o Carter, ocupan un rol central en esta “guerra social” que el capital lleva librando hace décadas contra las posiciones anti-neoliberales. Con ciertas tensiones en su interior, entre neoliberales clásicos y neoliberales populistas, el papel mediático y gestor que éstos proyectan ayuda a equilibrar las correlaciones de fuerza que se estaban reconfigurando brutalmente luego de la Rebelión del 18 de Octubre, e instala liderazgos presidenciales de la derecha.
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La situación pandémica del país puede hacernos creer que nunca antes hemos vivido algo parecido. En parte es cierto, nunca habíamos enfrentado una crisis sanitaria con confinamiento poblacional, cierre de comercio, cuarentenas comunales, toque de queda, Estado de Emergencia Nacional, etc. Pero también es cierto que no es la primera vez que en Chile experimentamos una contingencia desastrosa que el sistema de dominación capitalista quiere aprovechar para fortalecerse.

Estamos, efectivamente, viviendo un contexto de crisis en el cual el Gobierno presiona por la implementación y aprobación de una serie de medidas, impensadas e imposibles antes del desastre. Es lo que Naomi Klein describe perfectamente en su libro Doctrina del Shock, uno de cuyos capítulos está justamente dedicado al caso chileno, y el modo en que los Chicago Boy’s aprovecharon el Golpe de 1973 para implementar su plan neoliberal. Hoy, 47 años después, nuevamente estamos en shock nacional, situación que tiene elementos nuevos, pero también otros similares a los vividos en el pasado.

El golpe de Estado fue la respuesta militar de la derecha política y económica, apoyada por importantes sectores de la Democracia Cristiana, a la creciente politización y radicalización del movimiento popular chileno que propugnaba un horizonte de cambio, en cuyo norte estaba el socialismo. El shock que provocó la brutal represión militar que se extendió por años, a pesar de que el país fue controlado el mismo 11 de septiembre, tuvo su contra cara civil: la proyección política del nuevo régimen (metas, no plazos fue la consigna), y la instalación del neoliberalismo, bajo la conducción de los Chicago Boy’s. Ambas fueron posibles de implementar porque el sujeto social que antes presionaba, luchaba y organizaba cambios profundos ahora –tras asesinato, desaparición y tortura- se encontraba conmocionado, recluido, inmovilizado y sin fuerza para oponerse a una doctrina que bajo situación de shock se comenzaba a ejecutar, y cuyos efectos, políticos,  económicos y culturales nos acompañan hasta el día de hoy. En ese sentido, la eliminación de la cosmovisión anterior (el horizonte socialista) y la dimensión proyectual del régimen dictatorial (neoliberalismo avanzado), resultaron plenamente exitosas.

Pero no se trató solamente de la brutal represión. Como sabemos, toda coerción necesita consenso, y en esa dimensión el rol jugado por los municipios y los alcaldes de la dictadura fue crucial. Como explica de manera notable Verónica Valdivia en su libro La Alcaldización de la Política, el vacío táctico producido por la eliminación de la izquierda y la organización popular post golpe, fue ocupado por un nuevo universo de ideas, normas y creencias, impuestos por la dictadura, y dirigido específicamente hacia el mundo popular. En ese contexto, el municipio pasó a ser el “centro materializador del neoliberalismo y del plan social dictatorial”, con los alcaldes como figura líder. El mundo de las comunas sería el nuevo espacio de la participación social, condicionda a la vida cotidiana de subsistencia, alejada de los grandes debates, sacando la política de escenarios tradicionales como el Congreso, los partidos, los sindicatos, etc.

Es decir, el Municipio y sus alcaldes se volvieron, en el marco del Shock de 1973, los protagonistas en la seducción del mundo popular y el centro político de ejecución de lo ideológico.

El Shock pandémico post 18 Octubre

No sólo la acción humana como un Golpe de Estado, también los desastres naturales, un huracán, un tsunami...o una pandemia pueden generar estados de conmoción, confusión y paralización que la dominación tratará de aprovechar para implementar por la fuerza reformas impopulares, que, de otro modo, les sería imposibles de ejecutar. Para eso, evidentemente, un pueblo inmovilizado es requisito crucial.

Parecida en su diferencia con entonces, es la situación que hoy vivimos. Igual que en 1973, somos un pueblo inmovilizado, confinado y confundido. Nuevamente llegamos a esta situación de pronto, súbitamente, y en medio de un marco de movilizaciones sociales ascendentes en su masividad y radicalidad con un claro horizonte de cambio: una nueva Constitución. Lo que la Rebelión del 18 de Octubre desencadenó se ha buscado desactivar mediante una doctrina autoritaria que se acomoda con un Estado de Excepción en plena ejecución. Fue como ir a 150 km/hra y chocar con un muro de concreto.

Hoy es la pandemia el acontecimiento que posibilita esta coerción y esta política del Shock, con militares en las calles, jefes de plaza, toques de queda, prohibición de reuniones masivas, desplazamientos de tropas, compras de material represivo, etc. Nuevamente nuestro país, como en aquellos años, está secuestrado, por ejemplo, con un toque de queda completamente absurdo desde el punto de vista sanitario: las personas se contagian de día, no de noche, el comercio está cerrando en tardes, no hay bares ni restaurantes abiertos por la noches, etc.

En el plano económico también vemos similitudes “shockantes”: si entonces se inventó  un Plan Económico de Reconstrucción y Refundación Nacional, hoy se aplica un Plan Económico de rescate de las grandes empresas, las que gracias al apoyo del Estado han podido sacar provecho de este desastre pandémico, obteniendo recursos frescos a tasas de interés mínimas, reparten utilidades millonarias a la vez que despiden trabajadores sin tener que pagarles indemnizaciones gracias a una (mal) llamada Ley de Protección del Empleo, o piden salvatajes estatales tras décadas de utilidades multimillonarias.

En el plano político, se repite hoy, en medio del desastre, la irrelevancia del Parlamento y la ineficacia completa de los partidos ante un Gobierno y un mandatario que azuzados por la CPC y el Instituto Libertad y Desarrollo, ejecutan con convicción la Doctrina del Shock para fortalecer sus posiciones, luego de meses en los que un pueblo movilizado los tenía por el suelo y sin capacidad de liderazgo. Con la crisis constitucional que estábamos viviendo y con el cercano fin de la Constitución del ‘80, por primera vez el movimiento social estaba logrando poner verdaderamente en peligro el carácter proyectual de la obra dictatorial, en sus dimensiones política, económica y cultural. Pero nuevamente un Shock detiene esa dinámica impugnadora y popular.

Y si en los 70’ la dictadura cívico-militar acude al poder local para configurar políticamente su estrategia de salida a la crisis post Golpe, hoy las alcaldías se están configurando nuevamente como un centro materializador de reproducción y renovación del sistema para la salida política a la crisis generada a partir de la Rebelión de Octubre.

Después del Shock de 1973, lentamente los alcaldes y sus municipios llenaron un vacío táctico dejado por la destrucción dictatorial de organismos de politización de la sociedad civil, reemplazándolos por desmovilización y clientelismo. Hoy alcaldes/as como Lavín, Matthei, Alessandri, Barriga, Delgado, Codina, o Carter, ocupan un rol central en esta “guerra social” que el capital lleva librando hace décadas contra las posiciones anti-neoliberales. Con ciertas tensiones en su interior, entre neoliberales clásicos y neoliberales populistas, el papel mediático y gestor que éstos proyectan ayuda a equilibrar las correlaciones de fuerza que se estaban reconfigurando brutalmente luego de la Rebelión del 18 de Octubre, e instala liderazgos presidenciales de la derecha.

Sin embargo, hoy, a diferencia de entonces, hay un elemento insoslayable, de pie, que ni todo el Shock pandémico ha podido hacer desaparecer (cosa que la derecha sabe hacer muy bien): la elección de una nueva Constitución. Es esa la arena molesta, ruidosa y rebelde en el engranaje autoritario que con la excusa de la crisis sanitaria el gobierno de Piñera echó a andar.

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