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Lamento informar a la oposición que el estado de la derecha es grave

por 11 julio, 2020

Lamento informar a la oposición que el estado de la derecha es grave
No es tampoco que la derecha se haya tirado por la ventana. El oficialismo superará esta demostración evidente y anarquizada de desconcierto. Este no es su fin. Incluso parecerá que todo se solucionó tras amigables conversaciones, pero no será cierto. Es solo que, como decía Tomic, “ha quedado herida en un ala” y nunca volverá a volar con plena confianza. Necesitamos despertar. Lo que por separado no podemos alcanzar ni por asomo, juntos se hace posible y, pese a nuestros defectos, nos estamos haciendo necesarios. Nosotros no somos la medida de Chile, sino que Chile pone la medida de lo que debemos llegar a ser.
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El gran error de la centroizquierda ha sido moverse en el escenario político como si la permanencia de la derecha en el poder por largo tiempo fuera un dato de la realidad.

Es cierto que se venía de abandonar el poder en medio de una creciente dispersión, a la que no se supo o no se quiso poner atajo. Después, las direcciones de partido han considerado como un logro darles movilidad y permanencia a sus organizaciones, en algo que parecía confundir el piso con el techo de la actuación política. Por esta razón, el proceso de debilitamiento de los partidos de oposición, al menos de los con mayor trayectoria, se ha seguido produciendo.

¿Significa eso que las dirigencias partidarias han dejado de hacer planes de largo plazo? No y más bien el problema puede ser el contrario. Tanto es así, que parecen estar implementándose algunas estrategias de dudosa efectividad.

Si la permanencia en el poder de la derecha era un dato, entonces las nuevas generaciones podían preparar su triunfal ascenso al poder, saltándose el próximo desafío presidencial, mirando con displicencia desde el balcón cómo se desgastan los viejos partidos y desaparecen los líderes, hasta ahora, más conocidos.

Justo entonces, cuando cada cual estaba en lo propio y casi había logrado desaparecer en la banalidad, se presenta el problema, más bien dos. Primero, la ciudadanía dice basta y se moviliza. Segundo, la derecha se tambalea y amenaza con derrumbarse. Como se dice popularmente, el ejercicio del poder “le está quedando como poncho” y tal parece que necesita ser reemplazada en sus funciones. Así que lo que hemos estado haciendo no sirve, no está a la altura. Esperar a que nos llegue la hora es lo mismo que dar la hora, no se puede jugar al llanero solitario cuando se movilizan multitudes. Moverse con la agilidad de un gato de yeso es inapropiado, ofrecer liderazgos sin una base orgánica, no se ha visto en ninguna parte.

El paso para llegar al poder se ve casi inevitable, se basa en la confianza de tener al frente a una derecha sin imaginación y una socialdemocracia tan aburrida como la música de supermercado. La eliminación por desgaste de competidores en la oposición era el camino. Más que abrir las grandes alamedas, se trata de cortar algunos álamos para permitir el desplazamiento del recambio.

Otro camino para sobrevivir a medias –considerando siempre a la derecha en el poder como un dato– es jugar el papel de ayudante imprescindible, de Robin en un dúo dinámico en que el rol principal lo cumple un Batman protector del statu quo.

Esta estrategia se basa en la excepcionalidad del que hace de puente. Depende de actuar en medio de una oposición guiada por quienes pensaban tener años por delante para mostrarse duros con la derecha, produciendo cierto inmovilismo. Se podía seguir la táctica de la “chaucha para el peso”, de aportar los votos necesarios para aprobar leyes, cumpliendo un papel de bisagra. Se requiere que la derecha, a lo menos, fuera capaz de administrar el país, pero si Batman no puede salir de la baticueva por temor a despertar las protestas en Ciudad Gótica, la situación de Robin se torna bastante incómoda.

El tercer camino, suponiendo a la derecha agarre fuertemente el control del poder, es aguantar el chaparrón con el menor desgaste posible. Las cosas no se pueden arreglar y habrá que esperar mejores tiempos. Es una reivindicación de la perspectiva de Ramón Barros Luco: “Hay problemas que se solucionan solos y otros que no tienen solución”. Parece algo sencillo, pero es el comportamiento más dificultoso de sostener. Se trata de seguir la táctica del “como si”: hago “como si” me moviera, pero no hago nada decisivo, hago “como si” fuera peligroso, pero de eso nada. Es un movimiento político difícil de detectar, precisamente, porque consiste en no moverse. Al final, tienes que pasar la prueba de fuego: se espera que, tras cuatro años de gobierno, puedas demostrar que nunca intentaste encabezar la oposición ni jamás la congregaste tras un objetivo común. Hasta ahora se ha tenido éxito.

Justo entonces, cuando cada cual estaba en lo propio y casi había logrado desaparecer en la banalidad, se presenta el problema, más bien dos. Primero, la ciudadanía dice basta y se moviliza. Segundo, la derecha se tambalea y amenaza con derrumbarse. Como se dice popularmente, el ejercicio del poder “le está quedando como poncho” y tal parece que necesita ser reemplazada en sus funciones. Así que lo que hemos estado haciendo no sirve, no está a la altura. Esperar a que nos llegue la hora es lo mismo que dar la hora, no se puede jugar al llanero solitario cuando se movilizan multitudes. Moverse con la agilidad de un gato de yeso es inapropiado, ofrecer liderazgos sin una base orgánica, no se ha visto en ninguna parte.

No es tampoco que la derecha se haya tirado por la ventana. El oficialismo superará esta demostración evidente y anarquizada de desconcierto. Este no es su fin. Incluso parecerá que todo se solucionó tras amigables conversaciones, pero no será cierto. Es solo que, como decía Tomic, “ha quedado herida en un ala” y nunca volverá a volar con plena confianza.

Pero, estimadas amigas y estimados amigos de la centroizquierda, lamento informar que el estado de salud de la derecha se ha deteriorado en las últimas horas y su pronóstico es reservado. Necesitamos despertar. ¿Por qué no tenemos la humildad de reconocernos complementarios? Lo que por separado no podemos alcanzar ni por asomo, juntos se hace posible y, pese a nuestros defectos, nos estamos haciendo necesarios. Nosotros no somos la medida de Chile, sino que Chile pone la medida de lo que debemos llegar a ser.

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