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Y la culpa no era nuestra

por 11 julio, 2020

Y la culpa no era nuestra
Muestras como el “18 de octubre”, dan cuenta de la toma de conciencia colectiva de que el problema no reside en los individuos, sino que en el propio sistema que ha perpetuado y, en algunos casos exacerbado, su forma de operar. Cuando el malestar personal experimentado como culpa personal o patología se encuentra con otra subjetividad que experimenta la misma situación, surge el reconocimiento de un malestar colectivo que logra resquebrajar las defensas que el sistema ha impuesto (con su ideología), para legitimar su supuesta neutralidad y mantener su statu quo. Luego de que termine la pandemia veremos cómo continuará esta historia. Lo que es un hecho claro es que quizás, más que nunca, tenemos conciencia del problema estructural que nos aqueja y más claridad de que el problema no es personal.
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Los sistemas sociales, para operar, requieren de una legitimidad social, por lo que tienden a generar mecanismos para abordar las fallas o contradicciones para que sean visualizadas como hándicaps de los sujetos que en él operan. Esto les hace mantener una cierta legitimidad y perpetuarse en el tiempo sin mayores cuestionamientos, ya que los problemas son atribuidos a personas específicas que no serían capaces de adaptarse al funcionamiento normal (“natural”) del sistema, las que finalmente terminan interiorizando el problema como algo personal y asumiendo que son ellos los únicos culpables.

Ejemplos que ilustran este fenómeno hay muchos. Pensemos en el sistema escolar. Hasta hace algunas décadas se pensaba que el fracaso escolar –entendido principalmente como deserción o repitencia– era producto de la incapacidad de los niños, niñas y jóvenes para adaptarse a un régimen educativo visto como justo y accesible para cualquiera que lo desease. De esta forma, los sujetos interiorizaban el fracaso como propio, no siendo conscientes de la arbitrariedad del propio sistema que los iba, progresivamente, poniendo al margen de su operar mediante mecanismos basados en supuestos de tipo universales, pero en el fondo arbitrarios, como, por ejemplo, tener una familia que acompaña el proceso educativo o poseer condiciones materiales que permiten cumplir con las obligaciones escolares.

Estando de acuerdo con que es un acto irresponsable y poco empático con el resto de la población, ¿cuál será la dimensión real del efecto de este tipo de prácticas en términos de contagios?, ¿cuál será su efecto en relación con otras conductas iguales o más irresponsables, como obligar a trabajar a los empleados de una fábrica o empresa o de la implementación de políticas públicas que no logran dar una solución real a muchos ciudadanos que están obligados a trabajar para poder sobrevivir? Nuevamente, vemos al neoliberalismo operando y al sistema exteriorizando en los sujetos sus contradicciones. Como toda ideología, oculta la causa real de sus problemas y apunta a personas individuales como culpables. El problema, desde esta ideología, recae en la gente que rompe la cuarentena y no en el débil sistema de bienestar social de nuestro país.

El fracaso escolar, finalmente, era entendido por todos, incluido el propio estudiante, como un problema personal, generando culpa en el propio sujeto. Posteriormente, análisis educativos más críticos dieron cuenta de la arbitrariedad del sistema, una cultura escolar que define como legítimos unos códigos culturales específicos (Basil Bernstein y Pierre Bourdieu), que niegan y desconocen los códigos culturales con que llegan estudiantes de sectores más vulnerables. Todos estos supuestos terminan, generalmente, excluyendo del sistema educativo a un sector de la población, comprobándose que es el sistema el excluyente y no un fracaso de los propios jóvenes. Los trabajos de Flavia Terigi al respecto son elocuentes.

El neoliberalismo opera de igual forma, a través de uno de sus productos culturales más complejos y sinérgicos para su autorreproducción: la “individuación”, que se vincula con la creencia impuesta por nuestra sociedad de que todos los individuos poseerían la capacidad y libertad para decidir y elegir sobre su lugar en el mundo y el tipo de vida que quieren construir, expresando con ello sus intereses individuales. La constitución del sí impuesta por la sociedad acaba generando una presión tal en los sujetos para alcanzar un desempeño satisfactorio en la vida social que, según Alain Ehrenberg, promovería la expansión de la depresión en la población.

Durante mucho tiempo este malestar ha sido interiorizado como un problema del sujeto (quien ha de medicarse para poder seguir funcionando), el que ha visto en sí mismo la causa del problema y quien no encaja en “la normalidad”. Una normalidad también arbitraria y que, a través de este tipo de mecanismos, pone en los sujetos la culpa de su funcionamiento como un problema personal. De esta forma, el sistema no pierde legitimidad. Al igual que la noción tradicional del “fracaso escolar” opera como una ideología que logra legitimar al sistema a costa de la culpa de los sujetos “anormales” que no logran encajar en un sistema reconocido a simple vista como accesible, justo, neutro, necesario, y hasta natural.

Hoy, en tiempos de pandemia, vuelve a manifestarse esta misma figura: un sistema que termina apuntando a los sujetos y a su porfía inconsciente e irresponsable, como los causantes de la baja efectividad de las estrategias gubernamentales para combatir el COVID-19. Medios de comunicación volcados de lleno en las calles en búsqueda de personas que “porfiadamente” no cumplen la cuarentena. De paso, estigmatizando –como ya es costumbre– a los jóvenes como el principal culpable del mal que acontece en nuestra sociedad. Sus fiestas, asados y juntas en cuarentena quedan en la retina de los televidentes como la verdadera y única causa de las altas tasas de contagios y muertes.

Estando de acuerdo con que es un acto irresponsable y poco empático con el resto de la población, ¿cuál será la dimensión real del efecto de este tipo de prácticas en términos de contagios?, ¿cuál será su efecto en relación con otras conductas iguales o más irresponsables, como obligar a trabajar a los empleados de una fábrica o empresa o de la implementación de políticas públicas que no logran dar una solución real a muchos ciudadanos que están obligados a trabajar para poder sobrevivir? Nuevamente, vemos al neoliberalismo operando y al sistema exteriorizando en los sujetos sus contradicciones. Como toda ideología, oculta la causa real de sus problemas y apunta a personas individuales como culpables. El problema, desde esta ideología, recae en la gente que rompe la cuarentena y no en el débil sistema de bienestar social de nuestro país.

Muestras como el “18 de octubre”, dan cuenta de la toma de conciencia colectiva de que el problema no reside en los individuos, sino que en el propio sistema que ha perpetuado y, en algunos casos exacerbado, su forma de operar. Cuando el malestar personal experimentado como culpa personal o patología se encuentra con otra subjetividad que experimenta la misma situación, surge el reconocimiento de un malestar colectivo que logra resquebrajar las defensas que el sistema ha impuesto (con su ideología), para legitimar su supuesta neutralidad y mantener su statu quo.

Algo similar ha sucedido con el despertar del feminismo de los últimos años, donde, por ejemplo, el sistema patriarcal que apuntaba con el dedo a las mujeres como las causantes de los propios abusos y violaciones (y ellas terminaban sintiéndose hasta culpables de provocarlas) ha comenzado a resquebrajarse, a develar la arbitrariedad e injusta naturalización de ese tipo de ordenamiento. La colectivización del malestar quedó globalmente expresado en el hashtag #MeToo.

Luego de que termine la pandemia veremos cómo continuará esta historia. Lo que es un hecho claro es que quizás, más que nunca, tenemos conciencia del problema estructural que nos aqueja y más claridad de que el problema no es personal. Tal como hemos escuchado en las calles en el último tiempo, finalmente, la culpa no era nuestra…

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