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Llegó el apocalipsis

por 18 agosto, 2020

Llegó el apocalipsis
¿Hay que creer en dios para dar la pelea contra la fatalidad? Pienso que no. Bastará con “creer” que tiene sentido ejecutar acciones que hagan justicia a los defraudados, al planeta. Acciones trascendentes, a saber, que nos hagan pasar de la defensa de los intereses particulares a la celebración de un mundo compartido. Compartir la Tierra es trascendente. A quienes quieran compartirla, una buena apocalíptica les diría que tengan esperanza, que luchen, que crean que habrá algo así como un “juicio final” en el que se sabrá, a las claras, que sus luchas tuvieron un valor eterno.
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La situación creada por la pandemia del COVID-19 es apocalíptica. No se equivocan los catastrofistas. Hay razones para estar preocupados: millones de latinoamericanos volverán a la pobreza, hombres y familias se quebrarán. La mujer chilena, la que más, seguirá acumulando depresiones.

Vistas las cosas desde la luna, con un gran telescopio, se dirá que lo ocurre en la Tierra es una crisis-dentro-de-la-crisis. Una sindemia. El cataclismo del coronavirus ocurre en tiempos en que la vida, en particular la humana, corre el riesgo de extinguirse. Si la temperatura media llega a 5°, tal vez menos, "sanseacabó".

La situación es apocalíptica, pero hay una apocalíptica mala y una buena. La mala es alimentada con temores paralizantes. Tal puede ser su impacto en la psiquis, que hace que las personas bajen los brazos y se echen a morir. La versión religiosa mala de la apocalíptica ve en los tsunamis, ciclones, guerras, terremotos, inundaciones y plagas, como esta del virus, un castigo divino por los pecados de la humanidad. El dios de las sectas apocalípticas, suele entregar a un gurú el relato del acabo mundi y el dominio de las mentes de personas incapaces de pasar a otra acción que a la de distribuir panfletos alucinantes.

¿Qué causas son estas? Lo es, en primer lugar, la bestia del capitalismo que nos unce como a bueyes para ultrajar la tierra, para extraer el concho de vida que le queda, como si pudiera ella aguantar cualquier humillación. Lo somos todos los que hemos lastimado a Gaia, el mundo como ser vivo, como madre nuestra que nos alumbró, nos nutre, que tan mal hemos tratado.

La buena apocalíptica, todo lo contrario, mueve a la acción con mayúscula. Su origen es bíblico. Surgió unos 150 años A.C. Se contiene en la literatura que quiso hacer justicia a los mártires macabeos que resistieron los intentos por helenizarlos. A las generaciones siguientes los libros apocalípticos prometieron que un día, al fin del mundo, habría un juicio que rehabilitaría a sus víctimas. El Apocalipsis del Nuevo Testamento entronca con esta tradición. Es un canto al Cristo que fallará en favor de los cristianos perseguidos y matados por el emperador romano. Ellos, gracias a esta promesa, tuvieron esperanza y resistieron como si fuera razonable vivir en un mundo adverso.

Hoy, ¿hay que creer en dios para dar la pelea contra la fatalidad? Pienso que no. Bastará con “creer” que tiene sentido ejecutar acciones que hagan justicia a los defraudados, al planeta. Acciones trascendentes, a saber, que nos hagan pasar de la defensa de los intereses particulares a la celebración de un mundo compartido. Compartir la Tierra es trascendente. A quienes quieran compartirla, una buena apocalíptica les diría que tengan esperanza, que luchen, que crean que habrá algo así como un “juicio final” en el que se sabrá, a las claras, que sus luchas tuvieron un valor eterno.

Esta “fe” apocalíptica, en vez de aterrar, paralizar e inhibir, mueve a interrumpir el curso de la historia y, para ser concretos, a combatir las causas de la crisis-dentro-de-la-crisis que está llevando a la humanidad al despeñadero.

¿Qué causas son estas? Lo es, en primer lugar, la bestia del capitalismo que nos unce como a bueyes para ultrajar la tierra, para extraer el concho de vida que le queda, como si pudiera ella aguantar cualquier humillación. Lo somos todos los que hemos lastimado a Gaia, el mundo como ser vivo, como madre nuestra que nos alumbró, nos nutre, que tan mal hemos tratado.

¿Qué se puede hacer? Primero, resistir. Nadie nos puede obligar a comprar esto o aquello. La cuarentena, que ha frenado en seco nuestra frenética costumbre de consumir, nos abre la mente para imaginar otros estilos de vida. La chantada ha sido fenomenal. Sirva para ganar libertad. Que nos vendan es una cosa, otra que tengamos que comprar.

Segundo, es el momento de tomar iniciativas. Sigamos con los ejemplos mercantiles. Si quieres comprar maceteros para plantar tomates, en vez de pagar por dos de plástico, puedes comprar uno de greda. “¿Y si me sale más caro?”. “Paga y basta”. “¿Y si no me alcanza?”. “Endéudate”.

Es también la hora de la acción política. En vez de lloriquear contra los parlamentarios, los ministros o el Presidente –motivos siempre sobrarán– opte por los candidatos que le convienen a nuestra Madre Tierra, dele el voto a quienes tal vez en el corto plazo no convengan a nuestro interés individual, pero en el futuro sí. Vote por los políticos que tendrán el coraje de cortar las uñas al dragón.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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