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Clivaje constituyente: una historia de quiebres y acuerdos

por 5 octubre, 2020

Clivaje constituyente: una historia de quiebres y acuerdos
El nuevo clivaje tendrá la posibilidad de superar el modelo heredado y la eterna transición pactada, el gatopardismo del “reformar para no cambiar nada” podría quedar atrás para dar paso a nuevas distinciones, nuevos ethos para dotar al sistema de nuevos valores. Sin embargo y al igual que hace 30 años, el solo plebiscito no cambiará las cosas, se requiere mucho más para que el clivaje constituya las nuevas posturas y las formas de comprender y alinear a la sociedad. Es necesario aprender de los errores del pasado, comprender que la discusión sobre la Constitución es fundamentalmente política y esa disputa se configura con actores de poder. Serán esos actores, institucionales y no institucionales, los que definirán las nuevas posiciones.
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Un clivaje es un momento o condición de cambio, una fractura, es lo que marca una distinción entre una etapa y otra, puede estar definido por un quiebre institucional o, bien, por un acuerdo social. Lo cierto es que el clivaje marca posiciones en la sociedad y en el sistema político, determina el proceso por las siguientes décadas, establece las posiciones de los actores políticos, reviste de identidad y valores al sistema.

Desde el siglo XIX, distintos han sido los clivajes que han determinado el sistema político chileno. Así, el clivaje liberal-conservador en la formación del Estado o la distinción clerical-anticlerical, son las primeros que configuraron el sistema político. Ya en el siglo XX, el clivaje en torno a la cuestión social y las posturas entre reforma y revolución en las décadas de 1960 y principios del 70, marcaron las posiciones del sistema. Después del golpe de Estado de 1973, la sociedad se vio dividida bajo la figura del dictador, el clivaje dictadura-democracia que tuvo como balance final 17 años de dictadura, violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos, la instalación de un modelo económico y social que profundizó las desigualdades, y la construcción de un entramado institucional en la democracia de la transición, sustentado en la Constitución de 1980, mantuvo su legado hasta hoy.

Luego del Apruebo, el próximo paso será constituir una convención donde el centrismo transaccional no se imponga a la posibilidad de un verdadero cambio. La derecha sabe que cuenta con un capital político que le permite seguir manteniendo un poder de veto, pero es frágil y el escenario puede variar, por ello no extraña el resurgimiento de “hombres de Estado” que buscarán acuerdos transversales para superar esta crisis y mantener la estabilidad del sistema.

Después de la noche del 5 de octubre de 1988, el clivaje dictadura-democracia poco a poco se fue diluyendo para dar paso a la “nueva democracia”, el consenso centrista diluyó las posturas, desdibujó las diferencias y la transición se acomodó al modelo heredado, la estabilidad (política y económica), el crecimiento y el modelo. Aquellos que se distinguían, finalmente optaron por mimetizarse en un conjunto de transacciones realizadas por los grupos de poder que confluían en el sistema institucional, la vieja Concertación con sus próceres –todos hoy en decadencia– no tuvo muchos conflictos en asentarse y, con algunos signos de políticas sociales, perfeccionaron una institucionalidad que no solo trajo algunas cifras positivas, sino que también fomentó la desigualdad y horadó la legitimidad del sistema.

La democracia de los acuerdos se impuso y, junto con ello, se invisibilizaron las dimensiones que definieron el clivaje dictadura-democracia. La sociedad civil, desarticulada y despolitizada desde la entrada de la Concertación, transitó desde una vorágine de consumo y exitismo hasta la exclusión y la desilusión que el modelo les entregó. Encandilada por las cifras macroeconómicas, transitó durante los 90 entre el consumo enfermizo y los pequeños, pero necesarios, pactos que lograron articular para mantener algunas posiciones dentro del sistema.

La ciudadanía absolutamente instrumentalizada en el voto, validó y revalidó a una clase política que cada vez más se convertía en una elite, llena de privilegios y cada vez más alejada de las bases, la crisis de representatividad no tardó en llegar y, prontamente, comenzaron a ser vistos con desconfianza y bajos niveles de votación. La democracia protegida permitió que el sistema político cumpliera su principal objetivo, la estabilidad y la gobernabilidad institucional, aún con bajos niveles de participación y mayor precarización democrática.

El consenso centrista solo podía ser superado por un nuevo clivaje y, si bien este se fue construyendo lentamente en la movilización social, especialmente de los jóvenes secundarios, tuvo su punto de inflexión el 18 de octubre de 2019.

Desde esa fecha, la historia se ha ido construyendo día a día en todos los territorios. La pandemia solo ha agudizado los conflictos y tensiones del sistema, posicionando nuevas distinciones en la sociedad y el sistema político. El rol del Estado frente a la crisis, las desigualdades heredadas del modelo, la precarización de la democracia, la ausencia de derechos sociales y, por cierto, la necesidad de discutir nuevamente las violaciones de los Derechos Humanos, surgen como nuevos posicionamientos.

Frente a la crisis sistémica y en un intento desesperado, el sistema político quiso mantener el acuerdo y la estabilidad como signo de la necesidad imperiosa de mantenerse en el tiempo. Los actores tradicionales, partidos en el Congreso, lograron escuchar –muy de lejos, por cierto– aquello que la ciudadanía gritaba y rayaba en las calles del país: una nueva Constitución y una Asamblea Constituyente. El acuerdo tuvo los efectos –no completos– que encuentran su expresión institucional en el plebiscito del 25 de octubre, la posibilidad de una nueva Carta Magna y una Convención Constituyente que sea capaz de recoger las nuevas posiciones y valores del sistema.

El nuevo clivaje tendrá la posibilidad de superar el modelo heredado y la eterna transición pactada, el gatopardismo del “reformar para no cambiar nada” podría quedar atrás para dar paso a nuevas distinciones, nuevos ethos para dotar al sistema de nuevos valores. Sin embargo y al igual que hace 30 años, el solo plebiscito no cambiará las cosas, se requiere mucho más para que el clivaje constituya las nuevas posturas y las formas de comprender y alinear a la sociedad. Es necesario aprender de los errores del pasado, comprender que la discusión sobre la Constitución es fundamentalmente política y esa disputa se configura con actores de poder. Serán esos actores, institucionales y no institucionales, los que definirán las nuevas posiciones.

En un escenario donde se requiere de mayorías supramayoritarias para los cambios, es fundamental la construcción de un eje que posicione la necesidad de nuevos derechos, un nuevo régimen político en torno a la profundización y radicalización de la democracia y, probablemente, nuevas reglas respecto al sistema político completo.

Los viejos y nuevos partidos políticos en el Congreso ya saben cuáles son las reglas, ellos las crearon, por lo tanto, será necesario algo más que una gesta llena de canciones de alegría y esperanza en un nuevo Chile, la que al menos aún no se observa en la publicidad televisiva del Apruebo.

Y es que ese nuevo ethos no se construyó en los pasillos de la institucionalidad heredada, sino que nació lejos del viejo Congreso, en el espacio público, en las calles y los territorios. Solo la movilización profunda y su consecuente expresión en la política institucional, permitirá que este nuevo clivaje no sea una nueva repartición o transacción de poder en la Convención Constitucional.

Luego del Apruebo, el próximo paso será constituir una convención donde el centrismo transaccional no se imponga a la posibilidad de un verdadero cambio. La derecha sabe que cuenta con un capital político que le permite seguir manteniendo un poder de veto, pero es frágil y el escenario puede variar, por ello no extraña el resurgimiento de “hombres de Estado” que buscarán acuerdos transversales para superar esta crisis y mantener la estabilidad del sistema.

En un escenario convulso, constituido por un Presidente que no gobierna, por un Estado que hace gala de la represión, por un virus que no nos permite reencontrarnos, la ciudadanía activa del 18 de octubre tendrá una tarea mucho más dura y difícil que ganar la posibilidad de votar una nueva Constitución, la que incluso ya parte de la derecha quiere hacerlo, sino más bien tener una verdadera posibilidad de pensar en un sistema donde la distribución del poder supere los pactos transaccionales.

Son los mismos actores de poder que hicieron posible superar la anomia transicional, quienes deben estar atentos a que este nuevo clivaje ahora sí constituya una nuevo conjunto de valores que permita la reconfiguración del sistema político, pero no de la misma forma que hace 30 años. Quedan dos años de discusión política donde la movilización creadora debe seguir en el espacio público. Esto recién comienza.

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