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Pensiones: enfrentando la tormenta perfecta

por 7 octubre, 2020

Pensiones: enfrentando la tormenta perfecta
A este ritmo nos entramparemos en el dilema del prisionero: habrá más retiros desde los fondos de pensiones cuyo efecto positivo será efímero, mientras la reforma se postergará tres o cuatro años. No hay que ser mago para prever que el malestar de los adultos mayores irá en aumento. Con el estallido social latente, la dinámica actual casi garantiza que las malas pensiones seguirán siendo la principal queja social. ¿Cómo solucionar este entuerto? Partamos por darnos cuenta de lo cerca que estamos de la cornisa. Los riesgos sociales, políticos y económicos son importantes. Todos debemos ser realistas y pragmáticos, pero el Gobierno debe hacer un último esfuerzo para ejercer liderazgo y, para ello, debe tomar riesgos.
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Cuando un piloto ve nubes cargadas de agua, para evitar la turbulencia se desvía de la trayectoria planeada. La turbulencia es desagradable para los pasajeros, es un riesgo para el avión y el desvío se justifica por ambas razones.

En los últimos dos meses se ha armado una tormenta perfecta previsional. Por un lado, producto de la pandemia, la necesidad de financiamiento de la clase media se resolvió autorizando el retiro del 10% de los fondos de pensiones. Su bajo impacto financiero y operacional está generando la tentación de avanzar hacia un segundo retiro. Algunos piensan que estas son etapas preliminares de una secuencia que licuarán los fondos de pensiones. Además, incomprensiblemente se ha planteado autorizar el retiro del 10% de las rentas vitalicias, lo que significa destruir contratos vigentes entre particulares, cosa que solo puede hacerse con un gran costo fiscal.

Por otro lado, se ha detenido la discusión de la reforma previsional. Los acuerdos a los que inicialmente habían llegado la oposición y el Gobierno para introducir un nuevo sistema de solidaridad, financiado con una parte del incremento en las cotizaciones de cargo del empleador, se han congelado. Desde la derecha se insiste en que toda la mayor cotización vaya a las cuentas individuales. Desde la centroizquierda, se argumenta ahora que toda la cotización nueva tiene que ir al sistema de solidaridad y algunos, incluso, plantean que esta cotización sea superior al 6%, redireccionando una parte del componente individual. Para agregar a la confusión, ha surgido en las últimas semanas la idea de subir un poco el IVA para financiar un incremento en pensiones.

Hay que actuar decididamente, buscando satisfacer parcialmente los intereses de todas las partes. Corremos riesgos que queremos controlar, pero sin cooperación de todos, algunos de ellos se pueden materializar. Quienes sientan que un paquete como este no los satisface del todo, tienen muchos años por delante para hacer cambios si convencen a la mayoría. Después de todo, los partidarios del Apruebo, pero incluso también algunos del Rechazo, proclamamos que una de las principales características de la nueva Constitución es que permita que la institucionalidad evolucione antes de las crisis, no con ellas.

A este ritmo nos entramparemos en el dilema del prisionero: habrá más retiros desde los fondos de pensiones cuyo efecto positivo será efímero, mientras la reforma se postergará tres o cuatro años. No hay que ser mago para prever que el malestar de los adultos mayores irá en aumento. Con el estallido social latente, la dinámica actual casi garantiza que las malas pensiones seguirán siendo la principal queja social.

¿Cómo solucionar este entuerto? Partamos por darnos cuenta de lo cerca que estamos de la cornisa. Los riesgos sociales, políticos y económicos son importantes. Todos debemos ser realistas y pragmáticos, pero el Gobierno debe hacer un último esfuerzo para ejercer liderazgo y, para ello, debe tomar riesgos.

Primero, aunque el anuncio de subsidio al desempleo es valioso, el IFE se prolongó solo por dos meses y todos los días se especula cuánto más durará la pandemia. Para estabilizar las expectativas de la clase media, las transferencias deben indexarse a la aparición de la vacuna en el mercado chileno. La cobertura del IFE y el subsidio al empleo deben alcanzar proporciones cuasiuniversales. Hay que ampliar el monto y facilitar el acceso a las garantías estatales para todas las empresas.

Segundo, se reinician las negociaciones de la reforma de pensiones reconociendo: (i) que el Gobierno tiene la iniciativa parlamentaria, pero (ii) la oposición tiene los votos para aprobarla. Esto implica retomar el modelo sobre el cual se estaba negociando, es decir, reparto fondeado y cuentas nocionales. La cotización para financiar solidaridad podría ser del 4%, y un 2% iría a la cuenta individual. La transición tomaría 14 años. Las cotizaciones no subirían los primeros 2 años, mientras se normaliza lentamente el mercado del trabajo. En los 8 años siguientes, las cotizaciones subirían un 0,5% anual para financiar solidaridad. Las cotizaciones a la cuenta individual serían las que subirían al final.

El ente administrador del sistema, cuyo gobierno corporativo debe ser sólido como el del Banco Central, recibiría un aporte de capital del Fondo de Reserva de Pensiones y tendría capacidad de endeudamiento con garantía estatal. El incremento inicial de pensiones se financiaría en parte con deuda emitida por este ente.

Tercero, dado que se proveería financiamiento para las familias mientras dure la pandemia, el acuerdo político se cierra con el compromiso de retirar y no reintroducir reformas constitucionales que licúen el ahorro previsional, como el retiro del 10% y lo de las rentas vitalicias.

Hay que actuar decididamente, buscando satisfacer parcialmente los intereses de todas las partes. Corremos riesgos que queremos controlar, pero sin cooperación de todos, algunos de ellos se pueden materializar. Quienes sientan que un paquete como este no los satisface del todo, tienen muchos años por delante para hacer cambios si convencen a la mayoría. Después de todo, los partidarios del Apruebo, pero incluso también algunos del Rechazo, proclamamos que una de las principales características de la nueva Constitución es que permita que la institucionalidad evolucione antes de las crisis, no con ellas.

La tormenta perfecta del estallido social y la pandemia requieren que el avión desvíe su curso.

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