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Debiéramos estar muy preocupados

por 20 octubre, 2020

Debiéramos estar muy preocupados
Lo más grave, al fin y al cabo, no es esta desafortunada instrucción de cómo poner en conocimiento el documento en cuestión, sino cómo la Cancillería en el 2020 ha sido capaz de revivir los mejores momentos de cómo se hacían las cosas durante la dictadura. Habla de una Cancillería que dista de ser lo profesional que se necesita en los complejos tiempos actuales, y ello se debe a las decisiones tomadas al más alto nivel, descartando toda la experiencia de los profesionales que por años han servido en el exterior y que de esto saben.
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Ya muchos han expresado sus opiniones acerca del documento “A un año del 18-O. El Camino Democrático e Institucional de Chile”, un folleto en realidad –de 10 páginas en inglés y español, la mitad ilustraciones– que el canciller, Andrés Allamand, envió a las misiones en el exterior para que se difundiera ante las autoridades de los gobiernos locales, políticos, prensa, etc., la realidad de país después de un año del estallido social, desde su punto de vista, y que plantea una situación de normalidad parecida a la que precedió a esa fecha y que no da cuenta de la encrucijada en que nos encontramos.

No quiero por ello decir que estamos en una situación de crisis insalvable, sino al revés, que nuestras acciones en los meses que vienen pueden ser, entre otras cosas, el gran salto que necesitamos para abordar las demandas más importantes de nuestra sociedad.

Pero de lo que quiero escribir es de la comunicación a las embajadas que acompaña a este documento de carácter público, que se adjunta, en la que se les dan instrucciones a los jefes de misión de “que lleve a cabo gestiones personales para materializar su entrega al más alto nivel en el país u organización en el que se encuentra acreditado”. “Llevar a cabo todos los esfuerzos necesarios para que estos antecedentes sean recibidos por los medios de comunicación locales más relevantes” y, finalmente, “informar el resultado de las gestiones antes señaladas el día 30 de noviembre del presente año”.

¿Quién puede pensar en su sano juicio que la difusión de este documento, que ya dijimos se entendía apartado de la realidad, efectuado en la forma como se describe en la comunicación enviada a las embajadas, tenga algún resultado positivo para el país? Al contrario, nos expone a que nuestros interlocutores encuentren que lo que ha ido ocurriendo con nuestra política exterior en los últimos años, tenga un correlato en este ejercicio inverosímil que golpea nuestro prestigio-país.

Creo que no hay que esforzarse mucho para que encontremos el absurdo de estas instrucciones. Primero, porque en el mundo actual la información fluye de forma global y simultánea a los acontecimientos, y de lo que hay que cuidarse es de las noticias falsas o verdades incompletas. Quizá en este último parámetro se encuentra el documento mencionado. Porque las informaciones que reciben los gobiernos interesados en el devenir del país, provienen de sus misiones en Chile, las que –obviamente– no creo que concuerden con lo expresado en el documento, por incompleto y, finalmente, porque pocos diplomáticos en el exterior cumplirán con la tarea solicitada de la forma que se pide, personalmente y al más alto nivel.

Lo más probable es que el funcionario que cumpla diligentemente la instrucción y va con cierto pudor a conversar con el “más alto nivel del gobierno u organización”, tenga que estar preparado para responder preguntas difíciles, como por ejemplo: ¿qué ha realizado el Gobierno de Chile para hacerse cargo de las violaciones a los derechos humanos denunciadas por organismos internacionales, entre ellos, la propia Naciones Unidas? O cuando deba referirse al manejo de la pandemia y tenga que decir lo que se menciona en el capítulo IV sobre el número de testeos por millón de habitantes y no mencione que, en número de fallecidos y de contagios por millón de habitantes, estamos en los primeros diez a nivel mundial, por solo mencionar dos asuntos.

En fin, se podría escribir un libro acerca de todos los elementos incluidos en esa comunicación que desafía, por decir lo menos, el sentido común.

Pero lo más grave, al fin y al cabo, no es esta desafortunada instrucción de cómo poner en conocimiento el documento en cuestión, sino cómo la Cancillería en el 2020 ha sido capaz de revivir los mejores momentos de cómo se hacían las cosas durante la dictadura. Habla de una Cancillería que dista de ser lo profesional que se necesita en los complejos tiempos actuales, y ello se debe a las decisiones tomadas al más alto nivel, descartando toda la experiencia de los profesionales que por años han servido en el exterior y que de esto saben. Por no decir el sentido común.

¿Quién puede pensar en su sano juicio que la difusión de este documento, que ya dijimos se entendía apartado de la realidad, efectuado en la forma como se describe en la comunicación enviada a las embajadas, tenga algún resultado positivo para el país? Al contrario, nos expone a que nuestros interlocutores encuentren que lo que ha ido ocurriendo con nuestra política exterior en los últimos años, tenga un correlato en este ejercicio inverosímil que golpea nuestro prestigio-país.

Este desafortunado asunto desnuda la forma en que esta Cancillería se desenvuelve bajo la actual administración. Esto es una muestra. Imaginemos todo lo demás, mucho más serio, por cierto, y trascendente para el país.

Sinceramente, debiéramos estar muy preocupados.

  • Vea el mensaje enviado por la Cancillería a las embajadas:

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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