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Esta vez es sin miedo

por 16 noviembre, 2020

Esta vez es sin miedo
El plebiscito del 25 de octubre ha confirmado que la sociedad chilena es razonable y confía en el procesamiento institucional de sus malestares. Nuestro sistema político ha mostrado que aún tiene capacidades para generar acuerdos que sirvan de canalización de las energías sociales. Es importante recordarlo frente a nuevas amenazas, que ahora denuncian supuestas expectativas desmedidas sobre la nueva Constitución, de una prolongada incertidumbre que destruirá nuestra economía o de minorías que acentuarán la violencia. ¿Volveremos a creer en esta agitación del miedo?
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A Pedrito, el del cuento del lobo, le habría ido bien en Chile. Tenemos una particular persistencia en seguir creyendo amenazas que nunca se cumplen. Antes del plebiscito oímos todo tipo de predicciones amenazantes, que señalaban que la consulta no podría realizarse o que, de realizarse, nos sobrevendrían incontables males. Y bien, el plebiscito se realizó con la misma normalidad con que desde hace décadas se realizan las elecciones en el país. El resultado, aunque no era del gusto de los profetas del desastre, no ha traído aún ningún diluvio. Por el contrario, ha abierto una puerta para recomponer las dañadas relaciones entre la sociedad y el sistema político.

Lo mismo ocurrió con el primer retiro del 10% de los fondos previsionales. Sesudos expertos nos hicieron el listado de todas las cosas que iban a colapsar si se aprobaba esa iniciativa. La ley se aprobó, la plata se distribuyó y hasta aquí no hay colapso. Por el contrario, fue un momentáneo alivio para la deteriorada economía familiar y nacional. En fin, sería largo y aburrido hacer el listado de las amenazas del infierno que unos pocos arrojan sobre las mayorías cuando se pretende hacer cambios y que, como casi siempre ocurre, no pasa nada. Veamos más bien qué hay detrás de ese intento de unos pocos de asustar a unos muchos y las razones de su éxito, a pesar del reiterado fiasco de sus profecías.

La política siempre ha condimentado su acción con algo de miedo y amenazas. Chile está lejos de ser una excepción. Desde tiempos coloniales, los grupos del poder le atribuyen al bajo pueblo una pulsión anárquica y destructiva y, a sí mismos, la superioridad moral que proviene de la capacidad y vocación para el orden. Detrás de esa ideología se esconde el miedo de los poderosos a la supuesta irracionalidad con que los pobres expresan sus demandas y el miedo de estos a la violencia con que los ricos intentan recomponer el orden.

Tenemos la oportunidad de iniciar un cambio en la cultura política y desarrollar relaciones plenamente democráticas. Necesitamos superar el miedo a la sociedad que subyace al autoritarismo, a la negación de los conflictos, al discurso de las amenazas, a la ceguera frente a los malestares y demandas del otro, al reconocimiento de las diferencias. Esta vez tenemos la posibilidad, no solo de escribir nuestra Constitución sin miedo, sino hacer que ella y las instituciones que diseñe, se fundamenten más en la confianza que en el temor, más en la cooperación que en la competencia.

Tendemos a ver las realidades políticas con el prisma del miedo al otro, especialmente el miedo a la acción de las masas. Por eso le tememos tanto al conflicto y usamos la amenaza como argumento. Eso hace que nos cueste pensar la democracia como un modo de relaciones y confrontaciones entre ciudadanos iguales, y nos resulte tan fácil verla como reglas institucionales jerárquicas para crear orden.

La Constitución del 80 cristalizó este miedo a la sociedad, despolitizándola, individualizándola, fragmentando sus demandas como asuntos de mercado, forzando consensos y poniendo el acento en los mecanismos autoritarios del orden. Durante la transición, el miedo se transformó en justificación de los acuerdos políticos, en un modo de observar los hechos sociales y en un límite a los cambios. Eso hizo difícil ver el malestar que se acumulaba y, más difícil aún, hacer los cambios para canalizarlo. Y cuando el 18 de octubre del 2019 el malestar estalló, se activó el miedo ancestral y se lo interpretó como conspiraciones perversas, pulsiones destructivas incontrolables e invasiones alienígenas. De evidencia, nada.

Lo único real, otra vez, ha sido el miedo a una sociedad a la que se desconoce y de la que se desconfía. Al igual que en otros eventos históricos, el estallido social nos ha mostrado que no es a la supuesta violencia e irracionalidad innata de la sociedad a lo que hay que temerle, sino a las cegueras, inmovilismos, consensos forzados y fórmulas autoritarias. A lo que hay que temerle no es a la sociedad, sino a los fantasmas que inmovilizan a nuestra sociedad.

El plebiscito del 25 de octubre ha confirmado que la sociedad chilena es razonable y confía en el procesamiento institucional de sus malestares. Nuestro sistema político ha mostrado que aún tiene capacidades para generar acuerdos que sirvan de canalización de las energías sociales. Es importante recordarlo frente a nuevas amenazas, que ahora denuncian supuestas expectativas desmedidas sobre la nueva Constitución, de una prolongada incertidumbre que destruirá nuestra economía o de minorías que acentuarán la violencia. ¿Volveremos a creer en esta agitación del miedo?

Tenemos la oportunidad de iniciar un cambio en la cultura política y desarrollar relaciones plenamente democráticas. Necesitamos superar el miedo a la sociedad que subyace al autoritarismo, a la negación de los conflictos, al discurso de las amenazas, a la ceguera frente a los malestares y demandas del otro, al reconocimiento de las diferencias. Esta vez tenemos la posibilidad, no solo de escribir nuestra Constitución sin miedo, sino hacer que ella y las instituciones que diseñe, se fundamenten más en la confianza que en el temor, más en la cooperación que en la competencia.

Tal vez esta resulte ser la primera Constitución basada en una cultura verdaderamente democrática de nuestra historia. Pero para eso, esta vez tiene que ser sin miedo.

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