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Síndrome de Hibris y el “Chilean way”

por 16 noviembre, 2020

Síndrome de Hibris y el “Chilean way”
No es del caso enumerar cada una de las características que consideraría este síndrome, baste solo mencionar que quienes lo padecen tienden a ver el mundo como un lugar donde pueden ejercer su poder y alcanzar la gloria, una manera mesiánica de hablar de lo que están haciendo, una identificación personal con la nación en que la visión y los intereses de ambos son idénticos. Presentan excesiva confianza en el juicio propio y desprecio por el consejo o crítica de otros. Son impulsivos y creen que no responden a las cortes mundanas, a colegas o la opinión pública. Ellos responden a dios o a la historia.
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Se ha descrito el síndrome de Hibris en médicos cirujanos, algunos lo han identificado específicamente en neurocirujanos, aunque no es privativo de los que ejercen esta especialidad, pudiendo ser afectado cualquiera que detenta poder.

El síndrome de Hubris –como fue originalmente descrito por el Dr. David Owen, quien fue ministro de Salud y de Relaciones Exteriores del Reino Unido– se basa en el concepto griego que considera la desmesura, esa actitud que caracterizaba a aquel que desafiaba a los dioses, como Ícaro que quiso volar, o Aracne que desafió a Atenea a tejer mejor que ella. Sin embargo, para los griegos existía Némesis, que era la encargada de castigar a los que sufrían de la hibris.

Owen analiza este síndrome, considerándolo un trastorno de personalidad y lo estudia en presidentes de Estados Unidos (EE.UU.) y primeros ministros del Reino Unido en los últimos 100 años, previendo la necesidad de mecanismos de control, ya que los efectos pueden ser catastróficos por la relevancia de las decisiones de estos.

No es del caso enumerar cada una de las características que consideraría este síndrome, baste solo mencionar que quienes lo padecen tienden a ver el mundo como un lugar donde pueden ejercer su poder y alcanzar la gloria, una manera mesiánica de hablar de lo que están haciendo, una identificación personal con la nación en que la visión y los intereses de ambos son idénticos. Presentan excesiva confianza en el juicio propio y desprecio por el consejo o crítica de otros. Son impulsivos y creen que no responden a las cortes mundanas, a colegas o la opinión pública. Ellos responden a dios o a la historia.

Sería bueno estudiar las experiencias internacionales que hasta ahora han sido exitosas, verificando cuál es la efectividad de medidas extremadamente graves para la salud mental, la economía y los derechos civiles de la población. Hay que estar preparados para enfrentar rebrotes o la temida segunda ola. Es necesario tener una estrategia encaminada, por si la vacuna no fuera tan exitosa en la generación de inmunidad, especialmente considerando la logística que significa mantener una cadena de frío de -70 ºC. Esta estrategia debe tener presente que los equipos humanos en la atención de salud están desgastados, a los hospitales no han llegado los recursos económicos necesarios y se sumarán a los pacientes con COVID-19 los pacientes con patologías, que se han visto postergados en este año de pandemia.

Puede ser que al comenzar la pandemia en el mundo se nos viniera a la cabeza la frase “do it the Chilean way”, para enfrentar exitosamente como país este grave problema. Es más, hasta llega a ser comprensible la afirmación realizada al principio de la pandemia por el Presidente, Sebastián Piñera, en cuanto a que “Chile está mucho mejor preparado que Italia para enfrentar esta situación”, si consideramos el informe del Global Health Security Index de 2019, elaborado por la Universidad de Johns Hopkins, Nuclear Threat Initiative y The Economist Intelligence Unit.

Este índice, que evaluó la capacidad de los países para enfrentar brotes de enfermedades infecciosas que pudiesen llevar a epidemias internacionales o pandemias, lo encabezaba EE.UU. como el mejor preparado, en segundo lugar estaba el Reino Unido, más abajo se hallaba Brasil en el lugar 22, le seguía Argentina en el lugar 25, luego Chile en el lugar 27, Italia 31 y mucho, pero mucho más abajo, es decir, francamente peor preparado que todos los anteriores, Uruguay, en el lugar 81.

Sí, compatriotas, en este ranking mundial estábamos mejor que Italia y mucho mejor que Uruguay. Es decir, un grupo de instituciones mundialmente respetadas en sus distintos ámbitos, nos estaban confirmando lo que muchos chilenos pensaban, que éramos distintos a nuestros vecinos, sí, por qué no decirlo, éramos mejores. Bueno, Argentina estaba dos puestos más arriba, pero debe haber sido algún error de información, un margen de error no estadísticamente significativo y, bueno, Brasil es un tremendo país, es como de otra liga.

Sin embargo, la realidad nos aplastó. ¿Cómo se puede entender que nosotros, que éramos de los mejor preparados de Latinoamérica, incluso mejor que países europeos cómo Italia, tengamos una tasa de mortalidad por COVID-19 de 765,48 muertos por millón de habitantes y Uruguay tenga 17,85 muertos por millón de habitantes? Sin duda, esta situación requerirá una profunda investigación multidisciplinaria para identificar los problemas y subsanarlos, no una acusación constitucional o funas virtuales.

No obstante, puede que ya haya algunas luces que nos orienten en la explicación de esta situación. La antropóloga Martha Lincoln caracteriza a estos países con malos resultados, es decir, EE.UU., Reino Unido, Brasil y Chile, como naciones que se consideran excepcionales, distintas del resto. En Chile también identifica los niveles de inequidad existentes, al producirse la expansión de casos cuando se contagiaron comunidades de más bajos ingresos. La autocomplacencia de nuestros líderes podría haber causado que subestimaran la vulnerabilidad de la población al virus.

Por el contrario, un país como Uruguay, con un presidente que no llevaba ni 2 semanas en el cargo, convocó a un equipo de científicos multidisciplinario y todas las decisiones pasaban por este. Crearon su propio kit de testeo, lo que les dio la independencia frente a los proveedores del mundo. El presidente, Luis Lacalle Pou, cerró todos los lugares públicos y centros de reunión, colegios y la frontera con Brasil, cuando se presentó el primer caso de COVID-19 en Montevideo. No instaló una cuarentena. Se dirigió al pueblo uruguayo y les pidió que se quedaran en la casa, no se los ordenó. Inició inmediatamente una política de rastreo, muestreo y aislamiento, frenando los brotes. El presidente Lacalle y su vicepresidente declararon que nunca obligarían a una cuarentena, por considerarlo un signo de “Estado policíaco”. Para algunos, la clave en la estrategia uruguaya fue la humildad en la colaboración y la solidez de conocimientos.

Es interesante que otras naciones que han tenido una buena respuesta a esta pandemia han sido Nueva Zelandia (5,18 muertos/millón hab.) y Alemania (143,01 muertos/millón hab.), ambas lideradas por mujeres, Jacinda Ardern y Angela Merkel, respectivamente. Curiosamente, la prevalencia de trastorno de personalidad narcisista es mayor en hombres (7,7%) que en mujeres (4,8%).

Sería bueno estudiar las experiencias internacionales que hasta ahora han sido exitosas, verificando cuál es la efectividad de medidas extremadamente graves para la salud mental, la economía y los derechos civiles de la población. Hay que estar preparados para enfrentar rebrotes o la temida segunda ola. Es necesario tener una estrategia encaminada, por si la vacuna no fuera tan exitosa en la generación de inmunidad, especialmente considerando la logística que significa mantener una cadena de frío de -70 ºC. Esta estrategia debe tener presente que los equipos humanos en la atención de salud están desgastados, a los hospitales no han llegado los recursos económicos necesarios y se sumarán a los pacientes con COVID-19 los pacientes con patologías, que se han visto postergados en este año de pandemia.

No es necesario que llegue Némesis para terminar con Hibris, bastaría con reconocernos con limitaciones y que trabajando solidariamente, escuchando al otro con respeto mutuo, podemos salir adelante. Aquí nadie se salva solo, no olvidemos esto en la discusión del Presupuesto de la Nación. Si las glosas no son suficientes y no se transfieren a tiempo, nos podemos encontrar con un sistema colapsado y con subejecución presupuestaria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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