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Cuidado con la Tercera Ola

por 16 enero, 2021

Cuidado con la Tercera Ola
La democracia no es nunca un supuesto inamovible. En Chile, poco antes del 11 de septiembre de 1973, muchos evaluaban imposible un golpe de Estado, dada la trayectoria institucional del país. En Venezuela, en cambio, el viraje comenzó con los cuestionamientos a la corrupción de la clase política del Punto Fijo, a partir de la devaluación del Bolívar en 1983. Luego vino el Caracazo en 1989 y dos intentos de golpes de Estado en 1992, hasta que Chávez alcanzó democráticamente al poder. En sus 13 años al frente, su país transitó por hibridaciones como la democracia delegativa y el autoritarismo competitivo, antes de arribar al régimen completamente no democrático de Nicolás Maduro.
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La primera semana de abril de 1967 el profesor de Historia, Ron Jones, realizó un experimento social en la secundaria Cubberley High School, en Palo Alto, California. Su objetivo era demostrar que incluso las sociedades libres y abiertas no son inmunes a la atracción de ideologías autoritarias y dictatoriales. Bajo el lema "Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo", propuso a los alumnos de su salón inscribirse en un movimiento que denominó simplemente “La Tercera Ola”. Al quinto día detuvo su empiria al notar que gran parte de su instituto se había plegado voluntariamente. Las cosas se habían salido de control.

La semana pasada tuvimos una prueba palmaria respecto a que la democracia puede tener retrocesos y no está garantizada, incluso en el país con una de las más longevas tradiciones de régimen representativo –con contradicciones si atendemos a su experiencia de esclavitud y segregación racial–, si repasamos el asalto al Capitolio de Washington por un grupo de insurrectos al sistema. Insólitamente, el impulso inicial provino del mismísimo titular del Ejecutivo, que arengó a sus seguidores de la “Marcha para Salvar Estados Unidos” a presionar a los legisladores reunidos en sesión de certificación del resultado electoral.

Adicionalmente, la maniobra demócrata puede afectar “la luna de miel” que la nueva administración Biden-Harris ansía para sus primeros 100 días en La Casa Blanca, en los que intentará resucitar el consenso bipartidario para reconciliar un país profundamente dividido por el discurso trumpista. De prosperar, además de inhabilitar a Donald Trump para postular a cualquier cargo público por el resto de su vida, quitarle su pensión de exmandatario y restarle la protección vital del servicio secreto, puede transformarlo en una víctima “de los enemigos del pueblo” en la perspectiva de algunos de sus más fieles creyentes, aquellos dispuestos –como pudimos constatar– a traspasar todos los límites.

El ícono de la rebeldía de la jornada, Jack Angeli –disfrazado como el “Shaman de Qanon”– reconoció que respondía a la (pos)verdad del mantra de su líder: “Las elecciones fueron fraudulentas”. El nativismo radical y las teorías conspiracionistas, que ya hace un lustro se toparon con el palingenésico lema “Hacer grande América otra vez” fungiendo de bisagra, saltando desde las redes sociales e internet al movimientismo de calle –imitando en ese único aspecto a sus archienemigos de “Las Vidas Negras Importan”–, al propiciar el activismo en la plataforma amplia “Paren el Robo”.

La mecha, que decantó en el ataque a la sede del Congreso norteamericano, estaba prendida. La concentración del 6 de enero encarnó, más que nunca, la contundente frase de Borges contra el populismo: “No nos une el amor, nos une el espanto”– al respirar un hondo resentimiento contra las élites políticas que osaron atacar a su líder, unido al menosprecio a las minorías, característico del supremacismo blanco.

A la luz de estos eventos, conviene repensar la estereotipación del populismo como experiencia latinoamericana. Sus orígenes tienen antecedentes decimonónicos previos en los ruralistas Naródniki rusos y en el “People’s Party” de base granjera del Medio Oeste de Estados Unidos, enfrentados con la modernidad industrial. Más tarde vendría el boulangismo (1886-1891), refractario a la Tercera República Francesa, y el alcalde vienés (1895-1910) Karl Lueger, que cultivó un mensaje judeofóbico por medio de una retórica populista. Todo, mucho antes de la lista regional que comienza con Perón y Vargas y que llega hasta Chávez y Bolsonaro.

Hoy, sin embargo, hay que destacar otra cosa: cómo el respaldo popular a Trump, motejado frecuentemente de nacional populista –como yo mismo lo he hecho– se radicalizó hacia posiciones más peligrosas que la clásica impugnación populista a las instituciones establecidas, el sistema internacional y la prensa independiente. La ambigüedad del Presidente respecto al ejercicio de la violencia, reflejada en su dilatada condena al asalto del Capitolio en Washington, lo aproximó al campo de la extrema derecha.

Desde luego, la democracia no es nunca un supuesto inamovible. En Chile, poco antes del 11 de septiembre de 1973, muchos evaluaban imposible un golpe de Estado, dada la trayectoria institucional del país. En Venezuela, en cambio, el viraje comenzó con los cuestionamientos a la corrupción de la clase política del Punto Fijo, a partir de la devaluación del Bolívar en 1983. Luego vino el Caracazo en 1989 y dos intentos de golpes de Estado en 1992, hasta que Chávez alcanzó democráticamente al poder. En sus 13 años al frente, su país transitó por hibridaciones como la democracia delegativa y el autoritarismo competitivo, antes de arribar al régimen completamente no democrático de Nicolás Maduro.

Pero las democracias pueden ser amenazadas desde dentro. Es lo que ocurre hoy cuando votantes hastiados de las promesas globalistas de Davos y del cosmopolitismo de Porto Alegre, se voltean hacia nacionalistas antiliberales (ya sean de izquierda radical, corporativistas o rojipardos parafascistas) o ultranacionalistas neoliberales (populistas neopatriotas con mercado).

Esta última tendencia está en auge, no solo con el Presidente Bolsonaro de Brasil, sino que en otros espacios por medio del expediente coalicional. En España, Vox se unió al Partido Popular y Ciudadanos (C’s) en el gobierno de algunas autonomías. En Uruguay, la coalición gobernante de Nacionales y Colorados integró a Cabildo Abierto (CA) del general en retiro, Guido Manini Ríos. El mismo derrotero comienza a cristalizarse en Chile por medio de un pacto de candidatos a la constituyente entre partidos de la derecha libertaria y los conservadores, a los que sumó el Partido Republicano de José Antonio Kast.

Desde luego no abogo por la lógica del “cordón sanitario” para aislar a las formaciones políticas más radicales, recurso ensayado con cada vez menos éxito a la luz de los últimos resultados electorales en Francia y otros países europeos. Se trata más bien, en primer lugar, de no copiar algunas de las propuestas más populares de los radicales, como el argumento polifuncional del “problema de la migración ilegal” y, enseguida, promover un debate y una contienda política que no haga autopercibirse excluido al segmento de la ciudadanía más sensible al discurso populista.

Lo anterior descarta el remedio a la “paradoja de Karl Popper”, que propugna la censura a los intolerantes para que no destruyan la tolerancia, defendiendo en su lugar que el gran límite de admisibilidad sea la vinculación que cada referente político establezca con la violencia o su instigación. Y, por supuesto, no pactar con los populistas radicales como una estrategia para sumar réditos electorales. No se puede perder de vista que la evidencia sugiere que los populistas nacionalistas en Europa, Estados Unidos y Sudamérica llegaron al poder con la colaboración de élites consolidadas.

Hoy Estados Unidos mismo está en otro dilema análogo, con la aprobación de un segundo juicio político contra un mismo presidente, hecho inédito en la historia de dicho país, por parte de una Cámara de Representantes que acusa a Trump de incitación a la insurrección. Como el veredicto del Senado no será antes de la transmisión de mando, la iniciativa tiene un alto valor simbólico por la ignominia que significa, además de la difícil probabilidad que la Cámara Alta apruebe con 67 de sus 101 votos el impeachment, lo que requeriría el concurso de una parte del republicanismo que en principio no desea desafiar la bolsa votos de Trump.

Adicionalmente, la maniobra demócrata puede afectar “la luna de miel” que la nueva administración Biden-Harris ansía para sus primeros 100 días en La Casa Blanca, en los que intentará resucitar el consenso bipartidario para reconciliar un país profundamente dividido por el discurso trumpista. De prosperar, además de inhabilitar a Donald Trump para postular a cualquier cargo público por el resto de su vida, quitarle su pensión de exmandatario y restarle la protección vital del servicio secreto, puede transformarlo en una víctima “de los enemigos del pueblo” en la perspectiva de algunos de sus más fieles creyentes, aquellos dispuestos –como pudimos constatar– a traspasar todos los límites.

En definitiva, aquí y allá, se constata que el populismo nacionalista radical y la extrema derecha no son lo mismo. Los separa su relación con la democracia, abrazada con adaptaciones al guion liberal representativo por los primeros, mientras los segundos sencillamente desprecian la poliarquía. Pero sobre todo los divide el ejercicio de la violencia, a la que los populistas renuncian, a diferencia de los extremistas que la cultivan.

Pero así como para un evolucionismo los humanos y otros primates tienen un ancestro homínido en común, ambas tendencias tienen una misma raíz conceptual en el maniqueísmo político que divide al mundo entre “buenos y malos”. Lo anterior explica que para algunos especialistas “el fascismo siempre acecha la historia presente y pasada del populismo” (Finchelstein, 2018), lo que equivale a afirmar que toda hiperradicalización populista puede migrar hacia una regresión extremista. O como dijo Mark Twain, “la historia no se repite, pero sí rima”.

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