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Las falencias del "oráculo" constituyente

por 16 marzo, 2021

Las falencias del
Considerando, entre otros factores, la paridad de género como condición de electividad, es a lo menos temerario decir quién será o no electo, pues, a pesar de tener muchos votos una persona, eso no garantiza que se tenga la elección ganada. Se podrá saber quién es “el” o “la” más conocida(o), apreciada(o) y con intención de voto, pero quién tiene asegurado su escaño en la Convención Constitucional es absurdo, salvo que se juegue al “rifleo” de dar muchos nombres y apuntarle a algunos. Total, la memoria en este país es muy corta en este tipo de cosas. Esta elección no es Harry Potter, por más que algunos crean que tienen una varita mágica.
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Lo más fascinante para el ser humano sería conocer el futuro, saber antes lo que puede ocurrir y prepararnos para aquello. Pero, como en todo oráculo, se necesita siempre que haya gente disponible a difundir estos pronósticos y otros que estén disponibles a hacerlos –ambos, casi siempre, interesadamente–. No es casual que ciertos medios sean los que insisten una y otra vez en publicar tendencias sacadas de un Chile que ya no existe.

De hecho, no he visto en ninguno de esos medios hacer el balance de los pronósticos que se publicaron para la elección de diputados y senadores en 2017, listados completos de distritos diciendo quién salía electo y quién no. Obviamente, esas profecías con aire científico se estrellaron estrepitosamente con la realidad.

No basta decir que Chile cambió. Hay que demostrarlo y lo mínimo que podemos decir es que ya cambió el 2017.

El 2017 hubo 10 listas para diputados, todas de partidos políticos, de las cuales 8 fueron nacionales, es decir, había cierta base de comparabilidad entre ellas. ¡Hoy son 79 listas!, de las cuales la gran mayoría son de independientes y tienen carácter distrital o regional. En otras palabras, la geografía de representación es completamente distinta a cualquier elección que haya existido antes.

Base de comparación

En primer lugar, todo pronóstico electoral debe –al menos– tener una base de comparación que sea similar en términos de sistema: diputados con diputados, senadores con senadores, alcaldes con alcaldes. En este caso, es primera vez que hay elecciones de constituyes, por lo cual no sabemos por quiénes se inclinaran las chilenas y los chilenos. Desconocemos qué están determinando como valor a premiar con el voto y, menos, a quiénes favorecerá. Y muchos menos quiénes irán a votar.

En segundo lugar, la mayoría de los pronósticos actuales se hacen sobre la base de resultados de diputados de 2017 –se usará el sistema electoral de diputados para elegir constituyentes–. En aquella elección votaron 6.673.831, pero de esos electores no votaron en la 2ª vuelta de ese año 1.044.827 –literalmente se fueron para la casa– y entraron a votar solo para la 2ª vuelta presidencial 1.378.336 –que no se pronunciaron obviamente para diputados–, los cuales, en su mayoría, lo hicieron por Sebastián Piñera en desmedro de Alejandro Guillier. Entre ambas vueltas hubo poco más de 8 millones de electores. Entonces, ¿qué base se toma para hacer pronósticos? ¿La de la 1ª o 2ª vuelta, de la cual no tenemos todas sus tendencias?

Esto se complica aún más. Para el plebiscito votaron 7.569.082, con importantes cambios en la composición con respecto al 2017. Es decir, de los 8 millones que votaron entre ambas vueltas el 2017, habrían entrado a votar aparentemente –aún no salen las cifras oficiales del Servel del llamado “pistoleo”– más de 1,5 millones de nuevos electores –datos preliminares sacados de comparabilidad de mesas–, la mayoría de ellos de comunas populares de la Región Metropolitana y que no la habían hecho nunca o esporádicamente antes. Para peor de las incertidumbres, dejaron de votar en el plebiscito aparentemente entre 600 mil y 700 mil mayores de 65 años, que sí lo hacían antes.

En resumen, con este nivel de recambio de electores, la base de 2017 a partir de diputados, y de la cual emergen los pronósticos, no tiene una confiablidad que podamos determinar como aceptable.

¡Es el sistema, estúpido!

Por otra parte, el sistema proporcional plurinominal es un salto al vacío en términos de determinar quién será electo o electa, pues esta no es una elección nacional donde reinan las mayorías. Son 28 elecciones distintas –son 28 los distritos–, las que no tienen desde ningún punto de vista alguna comparabilidad con algún evento anterior, dado que 17 distritos cambiaron su número de electos –de 155 a 138 por elección de delegados provenientes de los pueblos originarios– y las cifras repartidoras harán sus cortes de electividad en montos desconocidos, muy diferentes al 2017.

Por otra parte, la incorporación de listas de independientes –operan en la práctica como partidos– en cada distrito, hace incomparable esta elección con la de 2017 u otra.

El 2017 hubo 10 listas para diputados, todas de partidos políticos, de las cuales 8 fueron nacionales, es decir, había cierta base de comparabilidad entre ellas. ¡Hoy son 79 listas!, de las cuales la gran mayoría son de independientes y tienen carácter distrital o regional. En otras palabras, la geografía de representación es completamente distinta a cualquier elección que haya existido antes.

Si el 2017 el 90% de los candidatos y candidatas provenía de partidos políticos, hoy el 62% son independientes. Si el 2017 hubo 960 candidatos, hoy son 1.278 los postulantes. Cambió la oferta, el número y la forma.

¿Podemos decir cuántos votos obtendrá la lista de independientes No Neutrales o la Lista del Pueblo o de Movimientos Sociales Independientes? Obviamente que no, pues no hay antecedentes de esas representaciones, ni de votos y, menos, de quiénes la componen.

Por décimas

Finalmente, si se revisan los electos de 2017 en diputados y diputadas, de los 155 que llegaron a la Cámara, alrededor de 33 se movieron en los márgenes matemáticos de las votaciones. En otras palabras, podrían haber basculado su electividad perfectamente para la lista o pacto en competencia. Fenómenos que son típicos de las elecciones y que, entre lo que se gana y se pierde a nivel de los pactos, dan números de electos, cuando las listas son parejas, parecidos a los porcentajes globales. Caso que para Chile no se da, pues la derecha mientras siga tan ordenada tenderá a la sobrerrepresentación. Lo más estable –dentro de este cuadro de múltiples variables– es la votación de la derecha, la cual, por el solo efecto de ser la lista más grande en cada distrito, debería tener una sobrerrepresentación desconocida de electos.

Ahora, si para esta elección le agregamos la paridad de género como condición de electividad, es a lo menos temerario decir quién será o no electo, pues, a pesar de tener muchos votos una persona, no garantiza que se tenga la elección ganada.

En este caso, no hay encuesta que pueda medir con este nivel de finura la electividad. Se podrá saber quién es “el” o “la” más conocida(o), apreciada(o) y con intención de voto, pero quién tiene asegurado su escaño en la Convención Constitucional es absurdo, salvo que se juegue al “rifleo” de dar muchos nombres y apuntarle a algunos. Total, la memoria en este país es muy corta en este tipo de cosas.

No se dijo

Se excluyen de estas líneas toda aquellas referencias políticas, sociales o cualitativas sobre cambios sociológicos o de tendencias que se han producido en Chile desde el 2019. No se alude al estallido social ni sus consecuencias, coronavirus, gestión del Gobierno, condiciones sanitarias, votaciones en dos días, resultados del plebiscito de octubre de 2020, ni nada que este más allá de lo pesquisable empíricamente.

En este escrito lamentablemente no hay magia, ni trucos con pinta de ciencia, ni listados de pactos con porcentajes. Esta elección de constituyentes no es Harry Potter, por más que algunos crean que tienen una varita mágica.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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