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Rumores de golpe de Estado en Brasil: ¿solo humo?

por 3 abril, 2021

Rumores de golpe de Estado en Brasil: ¿solo humo?
Una serie de rumores acerca de la posibilidad de un golpe en Brasilia comenzaron a circular, poco creíbles para quienes se concentran en el origen castrense del mandatario -capitán de Ejército antes de sus tres décadas como parlamentario- o en la alta presencia militar al frente de los ministerios. Desde luego el infundio es parte de las fake news, sin embargo, hay que considerar que cierto murmullo público puede ser demostrativo de que algo ocurre, por lo que se suele llenar el vacío de información incompleta con historias de diverso tipo, para así comprender lo que se desconoce. “Lo verdadero y lo falso siempre van mezclados entre sí, aunque en diferentes proporciones”, decía el historiador y antropólogo ruso Lev Gumilev.
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La destitución el martes pasado de los comandantes en jefe del Ejército, Armada y Aviación de Brasil durante su semana más letal de la nueva ola pandémica, con un peak sobre los 3.700 muertos diarios, fue tan sorpresiva que incluso restó protagonismo a la cirugía mayor que el Presidente Jair Bolsonaro planeó para su gabinete con el cambio de 6 ministros. De esta manera se cerraba un mes horribilis para el jefe de Estado, que comenzó con la noticia de la anulación de los cargos que pesaban sobre el exmandatario Luis Inacio “Lula” Da Silva –por parte de la Justicia Federal- y su posibilidad cierta de competir en la contienda presidencial de octubre de 2022.

La crisis en el sector Defensa se desató el último fin de semana de marzo. Una serie de rumores acerca de la posibilidad de un golpe de Estado en Brasilia comenzaron a circular, poco creíbles para quienes se concentran en el origen castrense del mandatario -capitán de Ejército antes de sus tres décadas como parlamentario- o en la alta presencia militar al frente de los ministerios. Desde luego el infundio es parte de las fake news, sin embargo, hay que considerar que cierto murmullo público puede ser demostrativo de que algo ocurre, por lo que se suele llenar el vacío de información incompleta con historias de diverso tipo, para así comprender lo que se desconoce.

“Lo verdadero y lo falso siempre van mezclados entre sí, aunque en diferentes proporciones”, decía el historiador y antropólogo ruso Lev Gumilev, en su célebre Búsqueda de un Reino Imaginario, la leyenda del Preste Juan (1970), complementando: “No hay humo sin fuego y ahora ya no cabe ninguna duda que la causa de los rumores puede hallarse en un hecho real”. Así aunque el reino de “las Tres Indias” gobernado por un descendiente de los Reyes Magos era un mito, sí existía una comunidad de cristianos nestorianos, súbditos de diversos imperios de las estepas en lo profundo de Asia.

El diputado bolsonarista, Vítor Hugo, fracasó en intentar que se admitiera un proyecto de ley que declaraba el “estado de movilización nacional”, que le conferiría al Ejecutivo mayores atribuciones que las que actualmente dispone, respecto a factores productivos y el concurso obligado de civiles y uniformados para cooperar en acciones determinadas por Planalto. El recurso fue leído por la oposición en el Congreso como un mal augurio que precedería a la amputación de las facultades legislativas o incluso el autogolpe. Así las cosas, en mi opinión otra posibilidad es la plena inmersión de la política brasileña en una prolongada crisis sin quiebre, a través del bloqueo mutuo de poderes en que básicamente cada cual se concentra en sobrevivir. Sin embargo, la tensión creciente del sistema también puede decantar en la remoción presidencial -en cualquiera de sus variantes- o la disolución del Congreso (Pérez Liñan, 2007).

Pese a que el concepto de coup d’État que Gabriel Naudé operacionalizara en 1639 por encargo del cardenal Richelieu, ha sido estirado para incluir las categorías en discusión de golpe “blando”, que apunta a actos no violentos que fuerzan la legalidad con el objetivo de usurpar el poder del Ejecutivo y golpe “posmoderno”, que sugiere la rebelión de un grupo en contra de las instituciones derivadas de la democracia liberal (Gascón, 2018), en Brasilia no existió nada parecido ni mucho menos la acepción más clásica del siglo XX del “ruido de sables”.

No obstante, sí hay signos inequívocos de incomodidad en una parte de la jerarquía militar, que comenzó a mirar con recelo las políticas del presidente Bolsonaro y que terminó por involucrarlos en algunas de sus más polémicas decisiones. Por ejemplo, su controvertida postura de oponerse a la participación militar en el control de los confinamientos previstos por las autoridades de los estados más asolados por el COVID-19 de la República federativa -“Mi Ejército no va a obligar al pueblo a quedarse en casa”, aseveró el mandatario- aunque sí fuera dispuesto a la militarización de fronteras, a propósito de la emergencia humanitaria en Venezuela.

¿Podían los militares negarse a la voluntad presidencial si tenemos en cuenta que son parte de la columna vertebral del Gobierno brasileño actual? Lo anterior con una composición inaugural de siete ministros de los 23, lo que significa que Bolsonaro ha tenido más ministros castrenses que la mayoría de los presidentes de la dictadura militar, su arquetipo esencial. De hecho, el fenómeno de la “nostalgia a la dictadura” brasileña (Castro, 2014) como un tiempo exento de partidocracia y corrupción, liderado por técnicos y militares, ha sido redituado inéditamente por estos días en la conmemoración de los cuarteles brasileños del inicio del gobierno pretoriano (1964-1985). Un tuit de vicepresidente, general en retiro Hamilton Mourão, expresaba el miércoles pasado: “En este día, la población brasilera, con apoyo de las Fuerzas Armadas, impidió que el movimiento comunista, plantara sus tenazas en Brasil”.

Este legado no es novedoso en Brasil, lo que permite comprender al actual gobierno más como una continuidad de rasgos autoritarios que como un paréntesis (Stumpf et al., 2020). La República Vieja y las primeras administraciones de Getulio Vargas son parte de aquella tradición, con apenas dos períodos de pluralismo entre 1946-1964 y desde 1985 en adelante. Lo anterior había establecido una “democracia inercial” (Baquero, 2018) con tendencias autoritarias que sobreviven a las instituciones poliárquicas. De hecho, fue desde el legislativo brasileño que durante los mandatos de Lula y Dilma Rousseff se articularon el Frente Parlamentario Evangélico (FPE) en 2003 y del Frente Parlamentario de Seguridad Pública (FPSP) en 2011, transformando al Congreso en un bastión conservador (Hinz et al., 2020). El FPSP permeó la perspectiva securitaria del gobierno actual, al flexibilizar la legislación sobre tenencia de armas de fuego y a las penas ante acciones de operaciones policiales y militares que resultaran en homicidios.

Sin embargo, el diseño original de la constelación del poder en que los militares participan con los propietarios ruralistas y dirigentes de iglesias pentecostales, todos con inclinación por las jerarquías, exhibe síntomas de fatiga cuando los uniformados comenzaron a ser asociados por la ciudadanía con la ineficiencia del Ministerio de Salud (dirigido por un militar) para abastecer a la población con insumos médicos de primera necesidad, como la vacuna, así como su deficitaria gestión para proteger la Amazonía.

Desde un sector castrense despuntaron las críticas al estilo de autoridad presidencial, particularmente la acelerada remoción del jefe de la Defensa General, Fernando Azevedo (quien alguna vez contactó a los jueces del Supremo Tribunal Federal para darles garantías de no intromisión del Ejecutivo), lo que Bolsonaro no habría tolerado. Así se concretó la salida de los comandantes, reemplazados por partidarios más acérrimos, entre otros, el ahora ministro de Defensa, general Walter Braga Netto.

En medio de todo, Bolsonaro sigue resintiendo la popularidad incombustible de Lula y agotada la vía judicial de inhabilitación del político petista, la posibilidad de que el exmandatario contacte altos mandos moderados le exigió -en su opinión- una depuración de cuadros, con el objetivo de prevalecer políticamente. De hecho, aunque el recambio cupular de la Fuerzas Armadas no parece comprometer el grueso del respaldo militar a la gestión de Bolsonaro, que la BBC estima en 6.000 uniformados ocupando cargos de alta dirección pública, sí afecta a la imagen castrense de cuerpo monolítico sin fisuras ante la contingencia política.

Mientras tanto, en el Congreso Nacional, el diputado bolsonarista, Vítor Hugo, fracasó en intentar que se admitiera un proyecto de ley que declaraba el “estado de movilización nacional”, que le conferiría al Ejecutivo mayores atribuciones que las que actualmente dispone, respecto a factores productivos y el concurso obligado de civiles y uniformados para cooperar en acciones determinadas por Planalto. El recurso fue leído por la oposición en el Congreso como un mal augurio que precedería a la amputación de las facultades legislativas o incluso el autogolpe. Así las cosas, en mi opinión otra posibilidad es la plena inmersión de la política brasileña en una prolongada crisis sin quiebre, a través del bloqueo mutuo de poderes en que básicamente cada cual se concentra en sobrevivir. Sin embargo, la tensión creciente del sistema también puede decantar en la remoción presidencial -en cualquiera de sus variantes- o la disolución del Congreso (Pérez Liñan, 2007).

Así solo se puede desear que la situación brasileña no decante en una tragedia griega, en la que los actores declaran rechazar la participación en un destino fatídico, pero consciente o inconscientemente hacen precisamente lo contrario.

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