viernes, 24 de marzo de 2023 Actualizado a las 01:12

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Más allá del Sename: experiencias adversas en la niñez, una realidad transversal

Más allá del Sename: experiencias adversas en la niñez, una realidad transversal
La situación del Sename no es ajena a la agenda pública, lo que ha resultado en que sea uno de los eslóganes más utilizados en las movilizaciones sociales observadas desde hace unos años en el país. Y, también, a que el Servicio sea foco de noticias debido a casos de vulneración de derechos. Si bien poner el foco en sus negligencias es positivo, se debe tener en consideración que la denuncia crónica puede generar una estigmatización en los(as) niños(as) y adolescentes y, con ello, consecuencias negativas para la intervención. Son las instituciones y la sociedad civil quienes estamos llamados a encontrar y elaborar soluciones a la adversidad en la niñez y, por sobre todo, a mejorar su prevención.
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La adversidad en la niñez no se agota en el castigo físico, también engloba otro tipo de experiencias, como ser testigo de violencia intrafamiliar, cohabitar con personas con trastornos de salud mental severos o consumo problemático de alcohol y/o drogas, el encarcelamiento de un familiar, entre otras.

El "Behavioral Risk Factor Surveillance System ACE Data" (BRFSS), es uno de los estudios más grandes de experiencias adversas en la niñez realizado en adultos no institucionalizados de Estados Unidos. Este demuestra que este fenómeno es muy común en la población general. Entre sus resultados de los años 2011-2014 (n=214.157) se observó que casi dos tercios declararon al menos una experiencia adversa en la niñez y uno de cada cuatro reportaron tres o más. Además, un 34% fue víctima de abuso emocional, un 18% de abuso físico y un 12% de abuso sexual. El 18% fue testigo de violencia intrafamiliar, el 28% vivió con personas que abusaban de sustancias y el 8% declaró que al menos uno de los miembros de su hogar fue encarcelado.

Son necesarias políticas que busquen reducir los efectos de haber vivido alguna de estas situaciones adversas a corto y largo plazo. Esto se puede llevar a cabo mediante la existencia de servicios centrados en las víctimas, con intervenciones en crisis, soportes sociales, asesoría y defensa legal. Lo anterior conlleva tratamientos para minimizar los daños generados por la adversidad vivida en la niñez y adolescencia, con el objetivo de prevenir problemas de conducta e involucramiento en prácticas violentas a futuro. En suma, las experiencias adversas en la niñez son una temática relevante y urgente de intervenir en salud pública más allá del Sename, pues son comunes, y conllevan efectos a largo plazo que se transmiten generacionalmente, repitiéndose durante la adultez.

Actualmente en América Latina no existe investigación sistemática respecto de la adversidad en la niñez, no obstante, es de las regiones que posee mayores índices de violencia, la cual afecta en mayor medida a mujeres, niños, niñas y adolescentes. Esto se debe en parte a que el castigo físico sigue siendo una práctica que cuenta con alta legitimidad como forma de disciplina por parte de padres y/o cuidadores(as), la escuela, en los sistemas de protección y justicia, en el trabajo y en la comunidad. Y es en la familia donde estas situaciones ocurren mayoritariamente. Por otra parte, este tipo de experiencias están sobrerrepresentadas en poblaciones ocultas y vulnerables, tales como personas criadas en el sistema de protección, población con compromiso delictual, consumidores problemáticos de drogas, entre otros. Y deben ser entendidas interseccionalmente, es decir, dentro de la estructura social, ya que se relacionan con la clase, la etnia y el género.

Ante la conmoción mediática y política generada tras el video donde se escucha a un adolescente pidiendo auxilio en una de las residencias –nuevas– del Servicio Nacional de Menores (Sename), vale la pena hacer algunas reflexiones como país que involucren la adversidad en la niñez, no solo como un tema que deba ser abordado desde aquel servicio, sino también desde otros órganos del Estado y como sociedad civil.

En primer lugar, aunque se ha avanzado en términos del reconocimiento del maltrato infantil y de los derechos de los niños, niñas y adolescentes, aún las denuncias siguen siendo muy bajas. Esto puede deberse a distintas causas, como el miedo a las represalias, la visión de que es un tema privado, la falta de leyes de protección en esta materia, la carencia de procedimiento formales y eficaces, y la naturalización del castigo físico o psicológico. Respecto a esto último, si bien aún son comunes las prácticas disciplinarias violentas, se debe destacar que hay una amplia difusión y conocimiento de los derechos de los(as) niños(as) y adolescentes. No obstante, es necesario que las políticas de difusión vayan de la mano con una enseñanza a cuidadores(as) sobre prácticas de crianza positivas, para lograr una disminución de la violencia en el hogar.

En segundo lugar, vale la pena preguntarnos qué mecanismos formales posee actualmente el Estado de manera de prevenir la adversidad en la niñez. La pandemia y en especial el proceso de vacunación, han dejado en claro que el sistema de salud primaria puede ser un importante aliado en esta tarea. Además, el programa Chile Crece Contigo cubre aproximadamente del 75% al 80% de los niños y niñas del país, y atiende especialmente a los que provienen del 60% de las familias más vulnerables. En general, se deben fortalecer los mecanismos de detección de experiencias adversas en el hogar que no solamente se limiten al maltrato físico. De esta forma, se pueden proveer las redes necesarias para intervenir a estas familias antes de que las prácticas violentas o negligentes se vuelvan recurrentes o prolongadas en el tiempo.

En tercer lugar, la sobreexposición mediática a partir de denuncias de este tipo de situaciones puede ser nociva. Por ejemplo, en el caso abordado previamente, hubo personas que resolvieron ir a la residencia a protestar, lo que puede generar una situación estresante a los(as) niños(as) y adolescentes que viven allí. Además, la alta exhibición de estadísticas en relación con las oportunidades de vida de estos niños(as) y adolescentes pueden amedrentar sus expectativas y autoestima al interiorizar una etiqueta negativa respecto de ellos(as) mismos(as).

Esto no supone hacer vista gorda a los problemas de infancia en Chile ni los que presenta el funcionamiento del sistema de protección de niñez y adolescencia, los que deben ser abordados con suma urgencia desde hace décadas. La situación del Sename no es ajena a la agenda pública, lo que ha resultado en que sea uno de los eslóganes más utilizados en las movilizaciones sociales observadas desde hace unos años en el país. Y, también, a que el Servicio sea foco de noticias debido a casos de vulneración de derechos. Si bien poner el foco en sus negligencias es positivo, se debe tener en consideración que la denuncia crónica puede generar una estigmatización en los(as) niños(as) y adolescentes y, con ello, consecuencias negativas para la intervención.

Son las instituciones, la sociedad civil, y los niños, niñas y adolescentes quienes estamos llamados a encontrar y elaborar soluciones a la adversidad en la niñez, y por sobre todo a mejorar su prevención.

De acuerdo al Centers for Disease Control and Prevention de Estados Unidos, algunas de las estrategias de prevención tienen relación con cambios en las normas y comportamientos –principalmente de las(os) cuidadoras(es)– para prevenir las situaciones que dan pie a prácticas violentas hacia la niñez. Otras recomendaciones van en la línea del apoyo económico a las familias; promover normas sociales mediante campañas escolares; asegurar un punto de partida estable en la infancia temprana, mediante programas con visitas domiciliarias y cuidados en etapa preescolar; incentivar una enseñanza basada en habilidades parentales y programas de relaciones familiares saludables y positivas, entre otras. Si bien algunas ya son cubiertas por programas como el mencionado Chile Crece Contigo, se debe reforzar la idea de que la intervención debe ser integral, tomando en cuenta a la familia como un todo.

Son necesarias políticas que busquen reducir los efectos de haber vivido alguna de estas situaciones adversas a corto y largo plazo. Esto se puede llevar a cabo mediante la existencia de servicios centrados en las víctimas, con intervenciones en crisis, soportes sociales, asesoría y defensa legal. Lo anterior conlleva tratamientos para minimizar los daños generados por la adversidad vivida en la niñez y adolescencia, con el objetivo de prevenir problemas de conducta e involucramiento en prácticas violentas a futuro. En suma, las experiencias adversas en la niñez son una temática relevante y urgente de intervenir en salud pública más allá del Sename, pues son comunes, y conllevan efectos a largo plazo que se transmiten generacionalmente, repitiéndose durante la adultez.

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