sábado, 16 de octubre de 2021 Actualizado a las 18:43

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El permanente migrar

El permanente migrar
No olvidemos que la legítima convivencia de latinoamericanos siempre será más duradera que la de aquellos que nos gobiernan y debe constituir una línea continua de solidaridad y entendimiento, permitiéndonos afrontar como un solo pueblo las cambiantes condiciones políticas y económicas de nuestro continente.
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Los pueblos que habitan nuestra América han vivido entremezclados. Políticos, estudiantes, artistas, intelectuales y ciudadanos diversos, de diferentes sitios se han desplazado de un país a otro, de una ciudad a otra impulsados por la persecución, la incomprensión o el capricho de los tiranos de turno. También por el hambre, la falta de trabajo o simplemente el deseo de conocer, vivir y cooperar en un país hermano.

Este libre tránsito entre países ha construido la cultura de una patria más grande que aquella que definen las fronteras nacionales. Este ir y venir es un derecho de nuestros pueblos o de nuestro pueblo latinoamericano que es uno solo y no puede quedar limitado por gobiernos que no representan necesariamente el sentimiento profundo de la mayor parte de nosotros.

En tiempos pasados recientes presenciamos la salida y el exilo de grupos numerosos de uruguayos, argentinos y chilenos que partieron de su tierra natal buscando lugares más seguros o económicamente más asequibles. Eran personas y familias que padecían el efecto de las crueles dictaduras de los 70. Muchas de ellas encontraron refugio solidario en Venezuela: no fue exento de dificultades; rehacer una vida es trabajo de años y no siempre se culmina con éxito y es necesario partir nuevamente.

Tiempo después vimos llegar a Chile muchos peruanos, colombianos y venezolanos que han aportado su cultura, su cuidadoso trabajo y su gastronomía. Algunos han retornado ya a su patria reconociendo una mejora en las posibilidades de vivir en ella. Ellos han desempeñado acá, tal como lo hiciéramos nosotros allá, múltiples oficios, ejemplos de imaginación y emprendimiento, a veces fuera de la ley, como suele suceder en los acomodos iniciales en un nuevo lugar, pero nos adecuamos y respetamos la legalidad de los países que nos recibieron mientras fueron tolerables y vimos crecer a nuestras familias, también formarmos familias nuevas, consolidando así los lazos que nos hermanan.

No olvidemos esta legítima convivencia de latinoamericanos que siempre será más duradera que la de aquellos que nos gobiernan y debe constituir una línea continua de solidaridad y entendimiento, permitiéndonos afrontar como un solo pueblo las cambiantes condiciones políticas y económicas de nuestro continente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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