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Agnes Thorlacius Nielsen: blanca y radiante va la novia PAÍS

Agnes Thorlacius Nielsen: blanca y radiante va la novia

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Tiene 77 años y se acaba de casar. Aunque fue madre hace añares de un hijo que vive en Puerto Natales, nunca había sido la esposa de nadie. Ahora, con su Choñito, que es 18 años menor que ella, siente que lo ha logrado todo: hogar, familia, cariño, además de una casa nueva, gracias a Acción Solidaria, un grupo de voluntarios de Ancud. En la previa de su casorio, nos contó sus cuitas.


El pasado viernes 29 de abril, Agnes y el Choño se casaron.

Agnes Thorlacius Nielsen –que nunca había estado casada– se convirtió en esposa a los 77 años, los que cumplió recién el martes 3 de mayo, cuando aún no se apagaban los sones de las cumbias y las guarachas con que celebraron el enlace en el Registro Civil de Ancud.

Al Choño, Antonio Díaz Ariu (59), lo acompañaron sus hermanos y estaba hecho un príncipe con su traje flamante y un impecable par de zapatos nuevos. El tema de los zapatos para el novio era lo que más preocupaba a Agnes hace un mes, cuando la conocimos y nos contó que, tras dos décadas de vida en común, se casarían, pese a los 18 años de edad que los separan.

Un broche de oro para su otro gran logro: la reconstrucción de su casa en una población de la ciudad. Gracias a un grupo de voluntarios –Acción Solidaria de Ancud–, que movilizó a la comunidad, a algunos empresarios locales e hizo todo tipo de actividades para recolectar fondos, la vivienda original, que no tenía servicios básicos, se llovía entera y literalmente se caía a pedazos, fue rehecha en tiempo récord. A Agnes y al Choñito los alojaron en una mediagua durante los pocos meses que duró la construcción.

Hoy, la casa de Agnes luce mucho mejor que una vivienda básica, ahí, en la calle Río Pudeto sin número. Toda forrada en lata, resplandece por fuera y acoge con tibieza por dentro, donde hay un baño, un dormitorio de buen tamaño y un amplio estar con la cocina incorporada, se ve la mano solidaria de quienes ayudaron a esta adulta mayor sorprendente, tanto por su memoria como por su desmemoria.

Nos dice: “La primera casa estaba muy viejita. Me goteaba. Caía agua y humedecía mi cama. Cuando vino la Paulita, me explicó que me iban a arreglar mi casita viejita y nos llevaron a vivir a otra parte. En mayo del año pasado, un día, a las cinco de la tarde, me la entregaron nuevita. Cuando volvimos con el Choñito a recibirla, estaba lleno de gente afuera, que nos aplaudía. Ahora estoy contenta, feliz. Yo a mi Choñito lo quiero como si fuera mi papá. Choñito, ven –le dice al hombre moreno, flaco, menudo, que le responde a gritos, porque entre muchos males, Agnes no escucha por el oído izquierdo y ve casi nada por el ojo derecho, a causa de las cataratas.

Él se acerca y ella le dice con solemnidad en su hablar lleno de diminutivos: “Yo te quiero mucho, hermanito, por eso ahora nos vamos a casar. Tenemos todo listo, hermanito. Ya tienes tu trajecito, solo nos faltan tus zapatitos nuevos. Dame un besito ahora, así somos nosotros, cariñositos”.

Los pingüinos que ella vio

Ruth Caicheo, trabajadora social a cargo del Programa de Atención Domiciliaria para Adultos Mayores (PADAM) del Hogar de Cristo en Ancud, y la técnico social que trabaja con ella, Fanny Torres, encontraron unos guantes blancos de novia, ideales para Agnes, que vinimos a dejarle. También andan preocupadas de comprarle pantis blancas para el día del matrimonio y pensar un regalo nupcial útil para ambos y que le guste sobre todo a ella.

Aunque, en este caso, el Hogar de Cristo no fue parte activa de la reconstrucción de su vivienda, ellas –“la tía Ruti y la tía Fanny”, en el decir de Agnes– son un soporte clave en su vida desde el año 2017.

Ruth lo explica así: “Yo entré a trabajar al PADAM ese año. Entonces en nuestras instalaciones funcionaba el Comedor Fraterno, y Agnes y Antonio acudían a almorzar a diario. Así fue como ella se hizo usuaria de nuestro programa, empezamos a visitarla y conocimos las condiciones precarias en que vivía y el abandono de su grupo familiar más cercano. Ella entonces tenía un hermano en un hogar de ancianos en Castro, mucho mayor que ella, que murió hace un par de años. También tiene un hijo, un hombre que vive en Puerto Natales con el que no mantiene ningún vínculo. Ella habla muy poco de su familia y desconocemos muchos detalles de su vida anterior”.

El PADAM es acompañamiento y atención domiciliaria, sobre todo en situaciones complejas. Ruth y Fanny apoyan a Agnes y a otros 29 adultos mayores vulnerables, llevándoles alimentación, leña, útiles de aseo, pañales, además de acompañarlos en trámites y necesidades específicas. Lo clave es el acompañamiento, ayudarlos a paliar su soledad e integrarlos. “También generamos actividades recreativas y estimulamos el desarrollo de vínculos entre ellos, lo que se vio muy alterado durante la pandemia, pero hemos tenido juntos momentos inolvidables: celebraciones, presentaciones artísticas y viajes”, enumera Ruth.

Agnes asiente y comenta: “Yo quiero mucho a la tía Ruti; es como una hermanita para mí. Ella una vez me dijo: ‘Agnes, ¿quieres ir al Hogar de Cristo a hacer cositas lindas para Navidad?’. Entonces hicimos muchos adornitos bonitos. También me acuerdo cuando fuimos de paseo a los Saltos del Petrohué y otra vez que nos subimos todos en un barco grande para ir a las pingüineras, pero el Choñito no pudo acompañarnos. Me gustaría que fuera un día a ver a todos esos pingüinos que yo conocí”.

Las encargadas del PADAM desconocen detalles de su biografía, pero saben todo de su realidad, como que recibe una pensión básica solidaria de 140 mil pesos; que, antes de la reconstrucción de la casa, tenía cortado el suministro de agua por una deuda impaga con la empresa Essal; que no contaba con ninguna posibilidad de ahorro para la vivienda; y que la intervención de Acción Solidaria fue “como si a Agnes y Choño les hubiera caído del cielo la ayuda de un grupo de superhéroes o de ángeles… Y ahora se vienen más cosas lindas para ellos”, dice Ruth.

–Te refieres al matrimonio. ¿Ustedes no le ven problemas a la unión, por la diferencia de edad o al consumo problemático de alcohol del Choño o por ambas cosas?

Desprejuiciadas, humanas, prácticas, ambas creen que el casamiento es lo mejor para ambos, sobre todo para ella. Dice Fanny: “Ellos se conocen tanto tiempo, han convivido desde hace veinte años sin problemas. Tienen sus altos y bajos, como cualquier pareja, pero se quieren. El Choñito la ayuda mucho: a que se tome sus remedios, con los pañales, la celebra, la acompaña”.

«Es hora de tener un compañero»

Yo ya no tengo a nadie, a nadie, a ninguno de mi familia. Están todos muertos, principalmente muerto está mi hermano mayor, el Lufo. Tenía más de 109 años y se murió hace poco, entonces me quedé sola. Tengo otra familiar en Castro, pero no le hago caso, porque esa hermana mía siempre fue muy mañosa conmigo. Ella me clavó un palo de escoba aquí, bajo el estómago. Era mala, mala. De más joven tuve un hijo, pero está en Puerto Natales. Hace muchos años que no lo veo. Él sabrá lo que hace; ya es mayor de edad. Yo no lo necesito, porque ahora tengo mi hogar propio, mi casa nueva, mi familia propia.

Aquí es donde la memoria no ayuda.

Aunque muchos hablan de ella como “la típica alemancita del campo que se criaba en un internado”, Thorlacius Nielsen no son apellidos germanos sino nórdicos. Islandeses y poco comunes en el mundo, salvo en Islandia. Es más: el actual presidente islandés es Guðni Thorlacius Jóhannesson. A la recién casada Agnes este dato la tiene sin cuidado. Ella solo sabe que nació en Castro, que en una época vivió en el campo y que se educó en las monjas ursulinas.

Fanny complementa: “Agnes creció en una casa de niñas huérfanas, en el orfanato al lado del Colegio El Pilar. La criaron las monjitas, por eso sabe leer y escribir bien, y recita. Le encanta y lo hace estupendo. En esos años era habitual que la gente del campo trajera a sus hijos a la ciudad y los dejara internados. A algunos volvían a buscarlos y a otros no. Ella creció ahí y siempre mantuvo relación con las monjitas, incluso de adulta”.
Ella no habla de esos tiempos pasados. Ni del padre de su hijo. Ni de su adultez, salvo cuando le preguntamos cómo conoció a José Antonio Díaz Ariu. Recuerda:

–Cuando yo estuve trabajando, allá arriba, en el monte, donde mi padrino Yanca, que ya está muerto, me topé con mi Choñito, que estaba levantando una mediagua. Él andaba solito y yo también. Ahí pensé: “Es hora de tener un compañero que me acompañe para todo el resto de mi vida”. Y así ha sido. Yo lo quiero mucho. Y ahora nos vamos a casar.

¿En qué trabaja el Choño?

-Lo buscan para que corte leñita, hace cualquier cosita. Ahora que el tiempo se mareó, que se largó el cielo a llorar y la lluvia no para, lo llaman menos, pero es empeñoso. Hace lo que puede.

Ella puede hacer poco: tiene problemas en una cadera, en la piel, sordera, cataratas, que le van a operar pronto, nos cuentan ella y sus benefactoras. “Yo quiero que me arreglen los ojos, para poder ver a mi gente y para poder bailar cueca este Dieciocho”, dice. Y su futuro marido la alienta para que demuestre sus dotes declamatorias, de las que suele hacer gala en Fiestas Patrias. Sin hacerse de rogar, se pone de pie y recita con una memoria notable el “Romance de la niña criolla”:

“Soy niña de piel morena,
por muchos soles tostada,
la gente dice que tengo
reluciente la mirada,
labios de guinda madura,
ruiseñor en la garganta.
Tan pronto como los gallos
pregonan la madrugada,
abro los ojos de un golpe
y me baño en agua clara.
Para el dieciocho me pongo
un vestido de percal,
blanco de mucha blancura,
lleno de rosas rosadas.
Y en una cueca chilena,
hago crujir mis enaguas.
Que yo soy mozuela firme
y criolla con toda el alma”.

Agnes se inclina, hace una reverencia y disfruta de los aplausos que le brindamos, tal como agradece la casa que le rehicieron y el matrimonio con Choño, que –a un mes de nuestra visita– ya es una realidad.

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