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Se acabó el tiempo de los convencionales y de las fake news: llegó la hora de los(as) ciudadanos(as)

por 4 julio, 2022

Se acabó el tiempo de los convencionales y de las fake news: llegó la hora de los(as) ciudadanos(as)
Más allá del ruido, excesivo a ratos, la Convención cumplió con la tarea asignada. En 359 días entregó un texto elaborado por un grupo de ciudadanos elegidos democráticamente en las urnas –con la legitimidad que eso conlleva–, que podría reemplazar a la Constitución escrita entre cuatro paredes en dictadura. Más allá de los prejuicios impulsados por la elite, esta es la hora de los(as) ciudadanos(as). Es el momento de informarse, leer en profundidad la propuesta. Por supuesto que, como todo en la vida, no vamos a estar totalmente de acuerdo o en desacuerdo con todo el texto. De ahí que debemos hacernos un juicio general para tomar la decisión. Nadie está 100% de acuerdo con el programa de un candidato, ni con su casa, ni su trabajo. Ni siquiera con sus relaciones afectivas.
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Cuando el paso del tiempo permita hacer un análisis menos apasionado de lo que significó este año en que sesionó la Convención Constitucional, sin duda, lo primero que asomará es que mucha gente se armó un juicio –meses antes sin siquiera haber leído uno de los 388 artículos, y ni una página de las 169 que contiene el texto entregado al país recién hoy, 4 de julio. Porque la verdad es que, pese que recién tuvimos a la vista un borrador el 16 de abril, ya desde comienzo de enero –cuando empezaron a circular las primeras discusiones de las normas que se estaban planteando un sector de la prensa, de la elite –intelectual, económica y social–, ya tomaba partido claro por el Rechazo. Como en una crónica anunciada, quienes miraban con malos ojos cualquier cambio que alterara el orden actual, tuvieron la oportunidad de desplegar un relato duro, gracias a la oportunidad que brindaron varios convencionales y, por supuesto, apoyados por un discurso plagado de falsedades, verdades a medias y fake news que fueron absorbidas con facilidad por lo que se llama “la opinión pública”. Qué mejor ejemplo que la mentira malintencionada de que la Convención quería cambiar el himno patrio y la bandera. Eso jamás fue parte de ninguna norma o artículo. Pero el daño a la imagen del órgano constituyente fue tremendo.

Pero, sin duda, el ruido constante que generó un grupo de convencionales fue fatal para el proceso. El espectáculo, peleas, exceso de protagonismo y el relato “refundacional” fue el peor favor que le hicieron al cambio de Constitución, precisamente, de parte de quienes más buscaban impulsar cambios estructurales en la sociedad chilena. Primero vino el quiebre de la Lista del Pueblo un grupo que había emergido como un aporte interesante en el contexto de la crisis que viven los partidos tradicionales–, con Rojas Vade incluido qué nefasto fue su rol…. Luego vino el espectáculo de Marinovic con sus descalificaciones y groserías. A continuación, las peleas sin tregua entre los distintos colectivos de izquierda. Muchas declaraciones innecesarias, muchos gustitos personales. 

En el camino, la elite de siempre comenzó a tomar conciencia de que, más allá de las intervenciones acaloradas y los discursos de que Chile partía con ellos, algunas normas tocaban intereses que parecían perpetuados en nuestra sociedad, como los derechos de agua. Creo que el nacimiento de Amarillos dejó en evidencia la asimetría del país y el profundo divorcio entre nuestra elite con el resto de la población. Los mismos que no vieron venir el 18-O, que pronosticaron que el país se desplomaría con los retiros y otras tantas cegueras más. 

Pero, más allá del ruido, excesivo a ratos, la Convención cumplió con la tarea asignada. En 359 días entregó un texto elaborado por un grupo de ciudadanos elegidos democráticamente en las urnas –con la legitimidad que eso conlleva–, que podría reemplazar a la Constitución escrita entre cuatro paredes en dictadura. Más allá de los prejuicios impulsados por la elite, esta es la hora de los(as) ciudadanos(as). Es el momento de informarse, leer en profundidad la propuesta. Por supuesto que, como todo en la vida, no vamos a estar totalmente de acuerdo o en desacuerdo con todo el texto. De ahí que debemos hacernos un juicio general para tomar la decisión. Nadie está 100% de acuerdo con el programa de un candidato, ni con su casa, ni su trabajo. Ni siquiera con sus relaciones afectivas.

De ahí que es importante que los(as) ciudadanos(as), podamos determinar la opción en el plebiscito con el mayor grado de información y dejando de lado los juicios categóricos con que la elite ha polarizado este proceso entre blanco y negro. Esta nueva propuesta de Constitución es mucho menos radical de como se ha presentado –incluso lo dijo Bloomberg–, tendrá un largo proceso de transición –más de dos años y deberá ser complementada con 61 nuevas leyes y 73 adecuaciones normativas. El mejor ejemplo es la norma que valida el aborto. El texto es claro: en ese caso, siempre tendrá valor la ley complementaria, es decir, hoy, el aborto solo es posible en tres causales. Y eso fue aprobado con una amplia mayoría en el Congreso. 

El texto entregado hoy, tiene algunos elementos que adaptan la Carta Magna a la realidad de nuestra sociedad, como el hecho de que se incorpora la paridad en todos los órganos del Estado. Además, recoge un sentido anhelo de una parte importante del país: es regionalista, incluyendo la Comuna Autónoma, Asamblea Social Comunal; Región Autónoma y Asamblea Regional. Entre sus puntos más polémicos está el de la plurinacionalidad –esta es la crítica transversal de la elite, pese a que no es cierto que el sistema de Justicia de los Pueblos Originarios sea totalmente autónomo: la Corte Suprema actuará siempre como última instancia. Y, claro, el ruido principal para el mundo político –de todos los sectores, ya que se sintieron perjudicados lo tiene la Cámara de las Regiones. En la práctica, es el Senado con un nuevo nombre, más impacto en las regiones y menos miembros. Sin duda, cambiarle el nombre fue un gustito innecesario. Un error político.

Lo que sucederá el 4 de septiembre es claro. Aprobar la nueva Constitución implica iniciar un proceso de cambio estructural que no será inmediato, pero que permitirá terminar con la impronta de Pinochet –por fin y dará paso a una discusión parlamentaria que involucrará a la toda la sociedad. El Rechazo significará dejar todo como estaba. Esa es la verdad. Porque la voluntad de cambio expresada –pragmáticamente por una derecha que se opuso siempre –y votó rechazo en la entrada debe ser probada en los hechos. Y con este Congreso, que está dividido en 50%, no existe ninguna posibilidad de acuerdos. 



Porque al espectáculo que dieron durante meses algunos convencionales se sumó, la semana pasada, la derecha. Primero fue el senador Castro (RN), quien planteó un proyecto de ley para que el Presidente –asumiendo que el Rechazo ya ganó… convoque a una comisión de académicos para que en siete meses elaboren, entre cuatro paredes, un nuevo texto Constitucional, el que luego sea plebiscitado. Y los centros de estudios financiados por ese sector presentaron su texto alternativo, también elaborado por una veintena de intelectuales, entre cuatro paredes. Una vez más, nuestra elite dando clases de la desconexión que tiene con el país y la democracia. 

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