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"Chile, la Rusia de América": un estudio magnífico

por 24 enero, 2020

De enorme erudición y buena pluma, se sustenta en la hipótesis de que los sucesos soviéticos de 1917 y años posteriores, ejercieron una influencia decisiva en la concepción ideológica, cultural y simbólica de la variedad de manifestaciones que, de modo directo o indirecto, fueron forjando la organicidad comunista chilena.
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En octubre de 1920, el estudiante capitalino Jorge Neut Latour, exponía en la revista Claridad “Chile, la Rusia de América”. La frase revelaba la plena conciencia que existía en un sector de los universitarios vinculados a la Federación de Estudiantes de Chile (FECh) acerca del impacto mundial de la Revolución Bolchevique.

Al mismo tiempo, era una frase que expresaba un fervoroso optimismo de la posibilidad de convertir a Chile en un territorio fértil para la irrupción de un proceso revolucionario capaz de poner término al capitalismo, propiciando, al mismo tiempo, una profunda transformación de sus cimientos políticos, sociales y económicos, tal como ocurrió en la Rusia Soviética a partir de octubre de 1917.

De acuerdo a Neut Latour, la sociedad chilena debía prepararse para el “advenimiento de un nuevo régimen” -el comunista-, agregando que “la única salvación es la revolución proletaria mundial, que al hacerse bajo el lema de Marx 'proletarios del mundo, uníos', podría ser una revolución que no costará grandes sacrificios”.

Por su profunda capacidad transformadora, la Revolución Bolchevique fue uno de los procesos históricos más relevantes de la historia contemporánea que tuvo alcances y efectos amplísimos y profundos. Posiblemente el más visible de todos fue la propagación del internacionalismo soviético y la prolífica creación de partidos comunistas en todo el mundo.

Por cierto, Chile no estuvo al margen de este proceso ideológico global y transnacional que rápidamente rompió fronteras y nacionalidades. Con la llegada de los bolcheviques al poder, se produce lo que la historiadora Evgenia Fediakova denominó el “descubrimiento” de Rusia.

La prensa, los partidos políticos, la clase dirigente, los intelectuales, el Congreso, la Iglesia Católica, los estudiantes y el mundo obrero, reaccionaron frente a lo que estaba ocurriendo en aquel país. Lo cierto es que nadie en Chile fue indiferente a lo que ocurría en Rusia. Unos se dedicaron a propagar visiones catastrofistas, en las cuales Rusia aparece degradada, calumniada, maltratada; otros, trataron de convertir a Chile en la Rusia de América. A esta última tarea se dedicaron los socialistas y comunistas chilenos.

El libro de Santiago Aránguiz estudia el proceso de recepción y apropiación de la Revolución Bolchevique en el mundo socialista-comunista chileno entre 1917 y 1927, entiendo por ello las prácticas y los mecanismos a través de las cuales se generó un proceso activo y dinámico de aculturación de imágenes, lenguajes, normas, valores y creencias capaz de resignificar los modos de leer, interpretar y apropiarse de la Revolución Bolchevique y la Rusia Soviética.

La decisión de concluir la investigación en 1927 responde a dos criterios. Por una parte, diez años es un periodo suficiente para examinar el impacto inicial de la Revolucion Rusa en la prensa obrera chilena. Por la otra, la política represiva de Carlos Ibáñez del Campo hacia el mundo obrero revolucionario - incluyendo la censura de la prensa comunista- provocó la discontinuidad de sus tirajes e incluso el cierre de muchos periódicos.

La Revolución Bolchevique y la Rusia Soviética repercutieron profundamente en el mundo obrero chileno, al punto que significó nuevas maneras de concebir y poner en práctica el discurso socialista-comunista. A partir de fines de 1917 el mundo socialista chileno experimentó un profundo cambio, replanteando sus prácticas y visiones políticas sustentadas ahora en el apoyo a la Revolución y al régimen soviético.

Desde un punto de vista más concreto, este cambio significó la redefinición de lenguajes, códigos y prácticas políticas, culturales, simbólicas y discursivas en las organizaciones de la izquierda chilena de entonces. Este fenómeno histórico estableció lo que podríamos denominar la cristalización de una “militancia revolucionaria” que, en los sectores contestatarios de las sociedades latinoamericanas, incluyendo a la chilena, alentó la irrupción de un discurso maximalista que tuvo como referente directo a esta Revolución, la cual no sólo fue vista como un hecho trascendental que ocurría en un país lejano, sino, también, como algo concreto que también podría implantarse en América Latina, no obstante las enormes diferencias entre ambas regiones del mundo.

El estudio del impacto de la Revolución Rusa y del “sovietismo” en Chile es aún un tema poco investigado, no obstante constituya un dato muy relevante para comprender aspectos importantes de la historia política chilena y mundial de hace un siglo, auscultándose, por su intermedio, los propios avatares del comunismo local y regional de inicios del siglo pasado.

El magnífico estudio de Aránguiz -de enorme erudición y buena pluma- se sustenta en la hipótesis de que los sucesos soviéticos de 1917 y años posteriores, ejercieron una influencia decisiva en la concepción ideológica, cultural y simbólica de la variedad de manifestaciones que, de modo directo o indirecto, fueron forjando la organicidad comunista chilena. Ello se tradujo en la generación de intensos debates y posturas ideológicas pesquisables tanto en prensa afín al Partido Comunista y la Tercera Internacional, como en la opositora o contraria a tales postulados.

En síntesis, esta publicidad política contribuyó a dotar de sentidos y significados al conjunto de hechos que comenzaron a recibirse desde la Rusia Roja. Así, lo “soviético” se convirtió en un factor decisivo a partir del cual se construyeron los imaginarios y aspiraciones de buena parte del mundo político de la izquierda nacional del siglo XX.

“Chile, la Rusia de América”. La Revolución Bolchevique y el mundo obrero socialista-comunista chileno (1917-1927)
Autor: Santiago Aránguiz Pinto
Centro de Estudios Bicentenario
Santiago, noviembre 2019, 619 páginas

Manuel Loyola es académico de la Escuela de Historia de la Universidad Finis Terrae.

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