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Perú, entre un programa marxista y el dilema de lograr consensos mínimos de gobernabilidad

por 21 junio, 2021

Perú, entre un programa marxista y el dilema de lograr consensos mínimos de gobernabilidad

Crédito: EFE

Perú está dividido respecto a dos opciones electorales absolutamente antagónicas. Pero, no solamente en cuanto al manejo de la economía, sino también en la visión del territorio, en marcos culturales sobre los que desarrollar políticas públicas, en imaginarios acerca de lo que es injusto socialmente o en representación social. En este marco, el dilema político inmediato que va a acosar al nuevo gobierno peruano es la gobernabilidad.
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¿Qué es más difícil, gobernar con un programa que se identifica como marxista en un mundo globalizado o lograr consensos mínimos de gobernabilidad en una elección donde dos programas antagónicos se dividen el electorado por partes iguales? Estos son los temas fundamentales que se debaten hoy Perú. Pero si bien este un caso extremo, algunas de estas cuestiones están presentes en otras latitudes de la región.

Es cierto que el programa marxista de Castillo es muy relativo, sobre todo por razones culturales. Ya Mariátegui, —periodista, político y filósofo fundador del Partido Socialista Peruano— hace casi un siglo se había devanado el cerebro y escrito cientos de páginas para tratar de interpretar las condiciones de una sociedad socialista de corte marxista, pensada en la racionalidad modernista occidental, en plenos andes peruanos.

Actualmente, los patrones de sociabilidad y de constitución de la comunidad en esas tierras se distancian mucho del aquel ideal socialista. Y, de hecho, cuestiones tales como el género, la sexualidad, la multiculturalidad, los derechos de infancia, la justicia y otros, tan en boga en la cultura global, intersectan fuertemente con las tradiciones del altiplano.

Un programa marxista

Ciertamente se puede entender que, en la realidad del mundo global, un programa marxista en Perú —plaza financiera muy importante en la región— se extendería a lo sumo a intentos de nacionalización de ciertas actividades económicas y de servicios, así como de regulación de áreas económicas globalizadas.

Podría implicar también una mayor intervención estatal en la provisión de servicios sociales y políticas más incisivas sobre un mercado de trabajo de características estructurales informales y de baja productividad. Incluiría también políticas públicas muy activas para el desarrollo del centro y sur andino del país, históricamente relegado.

Este programa, sin embargo, generaría dudas muy grandes respecto al manejo de la macroeconomía en temas como el déficit, exceso de gasto público, inflación o servicios de deudas entre otros. Todos aspectos donde las reglas actuales de la economía global no perdonan.

El panorama político que se abre en Perú a partir de esta particular elección, sin embargo, no es ajeno a otras realidades y las fracturas sociales se están expresando cada vez más en las opciones y elecciones políticas en los diferentes países de la región.

Perú está dividido respecto a dos opciones electorales absolutamente antagónicas. Pero, no solamente en cuanto al manejo de la economía, sino también en la visión del territorio, en marcos culturales sobre los que desarrollar políticas públicas, en imaginarios acerca de lo que es injusto socialmente o en representación social.

La gobernabilidad

En este marco, el dilema político inmediato que va a acosar al nuevo gobierno peruano es la gobernabilidad. Es decir, la capacidad del gobierno de llevar adelante las líneas fundamentales del programa político con el que se ganaron las elecciones, a través de consensos amplios y diluyendo los conflictos que emerjan por parte de los intereses afectados por ese nuevo programa.

El panorama político que se abre en Perú a partir de esta particular elección, sin embargo, no es ajeno a otras realidades y las fracturas sociales se están expresando cada vez más en las opciones y elecciones políticas en los diferentes países de la región.

La reciente elección en Ecuador se dirimió claramente entre una opción cercana al status quo de la economía global —neoliberalismo— y el retorno del correísmo a la política del país. En Argentina, en sentido contrario, la opción menos “mercadista” venció a la opción más “mercadista” del macrismo.

En Brasil, las próximas elecciones probablemente se limite a un enfrentamiento entre Bolsonaro y Lula y dos visiones contrapuestas respecto a la economía, los equilibrios sociales y el orden político. Colombia está sumido hace más de un mes en protestas contra el gobierno neoliberal de Duque y el “uribismo”, lo cual acentúa las perspectivas electorales a la izquierda de Petro.

Y Venezuela y Nicaragua se debaten ante un callejón sin salida en la medida que sostienen gobiernos alternativos al mundo global, sumidos en crisis económicas y sociales que no se sostendrían sin la represión del Estado.

Esta polarización no es solo político-partidaria. Es una polarización antagónica que divide a los electorados, es decir a las sociedades en dos partes opuestas, entre “amigos y “enemigos”. Parecen oponerse dos formas básicas en concebir lo económico social y, con ello, el orden político deseable. Se disputan no solo idearios y programas políticos, sino relaciones de fuerza en las calles.

Por ello, aparece nuevamente en los espacios públicos en algunos países las fuerzas represivas y la violencia callejera como expresividad del conflicto social. Evidentemente el descontento ante las injusticias distributivas y las condiciones de vida, agudizados por la pandemia, agravó el escenario político latinoamericano. Y no asoma, en un horizonte cercano, un retorno a la calma y la cordura.

Diego M. Raus Director de la Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Nacional de Lanús. Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Univ. de Buenos Aires (UBA). Licenciado en Sociología por la UBA y en Ciencia Política por Flacso-Argentina.

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