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A propósito del debate en Chile sobre rol de la confianza en la desaceleración

La ‘confianza’ se pone de moda como factor apreciado de la economía para explicar lo inexplicable

por 23 septiembre, 2016

La ‘confianza’ se pone de moda como factor apreciado de la economía para explicar lo inexplicable
Columnista de Bloomberg Noah Smith dice que "si bien es probable que la confianza tenga importancia en nuestra vida económica, aún no tenemos herramientas para medirla. No sabemos con exactitud en qué medida es importante y sin duda no sabemos cómo controlar ni cómo modificar el nivel de confianza de una sociedad. Hasta que entendamos mucho mejor la confianza, sería un error depender demasiado de esta para tratar de explicar el mundo que nos rodea".
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El legendario economista Robert Solow dijo una vez en broma que toda discusión sobre el desempeño relativo de las economías europeas “termina en sociología amateur”. La broma tiene un elemento de verdad. A los economistas les gusta invocar la “cultura” para explicar los resultados a gran escala que no entienden. Eso con frecuencia surge en comentarios sobre Japón, cuya macroeconomía desafía todas las teorías de los manuales. La cultura, suelo escuchar, está en la base de todos los misterios.

Pero la “cultura” es solo uno de muchos factores estimados al que los economistas sienten la tentación de recurrir. También está la “tecnología”, que los macroeconomistas suelen invocar para dar cuenta de cambios de productividad inexplicables, o el “poder”, que algunos economistas de izquierda usan como explicación de resultados que benefician a los ricos.

Ahora está de moda la “confianza”, y se ha ganado un lugar en la lista de factores estimados.

Antes de criticar el uso de la “confianza” para explicar resultados económicos, permítaseme admitir que soy por completo culpable. En un reciente artículo decía que me preocupaba la declinación de la confianza en las instituciones estadounidenses. Si bien pienso que mi preocupación es legítima, también me resulta fácil, como a otros escritores y economistas, llevar la cuestión de la confianza demasiado lejos. Hay buenos motivos para pensar que la confianza, en cierto sentido de la palabra, tiene una importancia real en los resultados económicos. En muchas interacciones en mercados y otros lugares, distintas formas de confianza pueden contribuir a obtener resultados que sean mejores para todos los involucrados. Si compradores y vendedores confían en que el otro no los engañará podrán cerrar más negocios. Si las compañías de seguros confían en que los conductores no son negligentes, podrán asegurarlos de forma más barata. La cooperación –entre empleados de una compañía, por ejemplo– también depende de la confianza. El famoso dilema del prisionero describe una situación en la cual la confianza puede llevar a todos a resultados mucho mejores, siempre y cuando el juego se repita muchas veces. En las relaciones abiertas, donde la cantidad de interacciones es incierta, la confianza ayuda a la gente a cooperar una y otra vez en lugar de traicionarse una y otra vez.

Es tentador tomar esto y empezar a usarlo como excusa para invocar la “confianza” a los efectos de explicar muchas cosas del mundo que nos rodea. Es por eso que hay una suerte de auge de mención de la confianza para explicar cosas como la felicidad y el desarrollo económico. Pero tenemos que resistir esa tentación por lo menos por tres razones.

En primer lugar, la confianza es difícil de medir. El típico indicador de la confianza social procede de encuestas. Por ejemplo, la World Value Survey le pregunta a la gente si cree que “se puede confiar en la mayor parte de la gente” o si “nunca se es demasiado cauto”. Pero eso no necesariamente nos dice algo sobre el tipo de confianza que importa en los modelos económicos.

Supongamos que en un país la gente tiene una relación muy estrecha, de gran confianza, con sus socios pero que desconfía de los desconocidos que ve en la calle. Ese país podría tener el tipo de confianza necesaria para facilitar el intercambio económico, pero estaría de todos modos por debajo de la medición de la World Value Survey. La confianza es algo relativo. Podría haber un país en el que todos sientan gran confianza en los demás en comparación con otros países, pero como la cultura atribuye tanto valor a decir que se “confía” en alguien, la gente responde de forma negativa a la pregunta de la World Value Survey. Ese tipo de problema aparece mucho en estudios de economistas sobre la felicidad en diferentes países, de modo que es razonable que también aquí constituya un problema.

Un segundo problema relacionado con la confianza es que hay diferentes tipos. Si bien la World Value Survey pregunta sobre actitudes respecto de “la mayoría de la gente”, otras encuestas preguntan por la confianza en instituciones o en el gobierno. Pero podría haber aún más formas de confianza que las encuestas no tocan. La confianza en las empresas podría ser más importante que la confianza en desconocidos o la confianza en la familia. Por otro lado, la rapidez con que la gente entra en confianza con personas que acaba de conocer podría ser más importante que la confianza que tiene en las personas de la ciudad con las que creció. No hay una correspondencia automática entre las mediciones de las encuestas y los objetos de los modelos de los economistas.

El tercer problema es el más insidioso. Como la confianza es un concepto que la mayor parte de la gente maneja en la vida cotidiana, los economistas sienten la tentación de pensar que saben cómo funciona. Por ejemplo, podría asumirse que, como confiamos en la gente de nuestra iglesia, la homogeneidad religiosa produce confianza social. Por lo tanto, podríamos pasar de la teoría y las encuestas sobre la confianza a la conclusión de que los países deben alentar la homogeneidad religiosa a los efectos de ser más prósperos y felices. Pero ese tipo de salto intuitivo, si bien es tentador, no cuenta con el respaldo de pruebas concluyentes.

En cierto sentido, entonces, si bien es probable que la confianza tenga importancia en nuestra vida económica, aún no tenemos herramientas para medirla. No sabemos con exactitud en qué medida es importante y sin duda no sabemos cómo controlar ni cómo modificar el nivel de confianza de una sociedad. Hasta que entendamos mucho mejor la confianza, sería un error depender demasiado de ésta para tratar de explicar el mundo que nos rodea.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial ni la de de Bloomberg LP y sus dueños.

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