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Copa América del '87: cuando la Selección peleó el título a pesar del quiebre

por 30 mayo, 2015

Copa América del '87: cuando la Selección peleó el título a pesar del quiebre
Miguel Nasur, presidente del fútbol chileno, y Roberto Rojas, capitán del equipo, terminaron a los gritos por el tema premios a horas del debut. Sólo un acuerdo de última hora logró que Chile se presentara y cumpliera una gran actuación en la Copa América Argentina '87
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Aquel año 1987 tenía un indudable interés futbolístico. Tras haber sido despojado de la sede del Mundial Juvenil de 1985, debido a la profunda crisis económica que vivía el fútbol chileno, la FIFA decidió darle al país una segunda oportunidad: el VI Sub 20 se llevaría a cabo en Chile, en el segundo semestre.

Antes, sin embargo, entre junio y julio, la Roja mayor afrontaría en Argentina la versión XXXIII de la Copa América, el torneo de selecciones más antiguo del mundo.

Sacudido por las protestas ciudadanas en contra de la dictadura, que se habían iniciado en 1983, al gobierno de Pinochet le habían venido como anillo al dedo dos acontecimientos que, se pensaba, iban a contribuir al adormecimiento de un pueblo harto de abusos, crímenes y latrocinios: la visita del Papa Juan Pablo II, en abril, y la elección de Cecilia Bolocco como Miss Universo en mayo, en Singapur.

Pero ambos hechos fueron flor de un día. La elección de Bolocco había dado apenas para un desfile de autos elegantes por Providencia y el paso de Su Santidad, más allá del gesto de legitimación hacia el dictador, apareciendo junto a él en un balcón de La Moneda para mostrarse frente a la multitud que repletaba la Plaza de la Constitución, no había podido acallar la voz multitudinaria que pedía a gritos la salida del tirano de un cargo que había usurpado a sangre y fuego.

Para un gobierno ilegítimo, que además se caía a pedazos, no venían nada de mal esos eventos, por más que ni la Roja mayor, a cargo de Orlando Aravena, ni la juvenil, con la dirección técnica deLuis Ibarra, despertaran muchas ilusiones.

Chile venía de ser eliminado en las clasificatorias para el Mundial de 1986, en México, y lo cierto es que el cuadro de Aravena no parecía estar para protagonista. Mucho menos si en el horizonte del grupo aparecía Brasil.

Lo ocurrido, futbolísticamente hablando, se conoce de sobra. Porque divididas las diez selecciones en tres grupos de tres equipos cada uno (Uruguay, por ser el campeón vigente sólo comenzaría su participación en la fase de semifinales), la Roja cumplió una de las mejores actuaciones en este tipo de certámenes.

Emparejada en una serie con Venezuela y Brasil, en Córdoba, se pensó que, como ocurre frecuentemente, iba a ser necesario hacer pronto las maletas para el regreso anticipado. Que Chile venciera sin ningún tipo de dificultades a Venezuela no fue indicio de nada. El “Scratch” había hecho lo mismo y por cifras aún más categóricas. Menuda tarea le esperaba a la Roja: para quedar al menos entre los cuatro primeros tendría que dejar en el camino a Brasil, que con su pléyade de cracks era el candidato de siempre.

Nadie pudo imaginar lo que ocurriría esa noche. Tras una actuación verdaderamente descomunal de Roberto “Cóndor” Rojas, quien con dos o tres atajadas portentosas estaba consiguiendo por sí solo mantener el cero a cero, vino el gol de Basay cuando ya el primer tiempo expiraba.

Otro gol de Basay y dos de Juan Carlos Letelier concretaron en la segunda etapa un 4-0 tan sorprendente como, al cabo, justo. La Roja había conseguido el doble milagro: golear a Brasil y eliminarlo de una Copa América que, como siempre, pensaba ganar.

Chile ya estaba entre los cuatro mejores. Y mientras Uruguay daba cuenta sorpresivamente de la Argentina de Maradona, campeón del mundo vigente, en el mismo “Chateau Carreras” (hoy Estadio Mario Alberto Kempes) de la goleada inédita ante el “scratch”, la Roja se ubicaba en la final en un tiempo extra infartante.

Porque si Colombia había logrado abrir la cuenta cuando los primeros 15 minutos del alargue expiraban, luego de un dudoso penal que sancionó Arphi Filho y que convirtió Redín, los chilenos tuvieron temple y fútbol para darlo vuelta.

Primero fue Astengo quien, con un cabezazo, puso el 1-1. Y luego fue Jaime Vera -concretando una brillante jugada iniciada desde mediocampo y en la que participaron varios rojos sin que ningún colombiano pudiera abortarla- quien convirtió en la boca del arco para darle a Chile los pasajes a una nueva final de un torneo jamás conquistado.

Si toda esa historia permanece en el inconsciente colectivo del hincha nacional, con mayor razón esa final, disputada en el estadio Monumental de River Plate. Porque Chile equivocó el camino y, en lugar de jugar como lo había venido haciendo, quiso ganar de guapo. ¡A Uruguay, nada menos…!

El gol de Bengochea, cuando falló por primera vez quien hasta ese momento había hecho un campeonato impecable (Roberto Rojas), frustró una vez más la esperanza nacional, matando la misma ilusión vivida en los torneos de 1955, 1956 y 1979.

La historia que pocos conocen, en cambio, dice que Chile estuvo a punto de no presentarse a jugar, luego que las conversaciones por los premios entre la dirigencia de la ANFP y el capitán, Roberto Rojas, se rompieran abruptamente y a los gritos en el Hotel MonPetit de la Villa Carlos Paz, lugar de concentración del cuadro de Orlando Aravena.

Miguel Nasur, que en su calidad de presidente del fútbol chileno negociaba con el plantel, representado por el “Cóndor”, no pudo más con la postura intransigente del capitán de la Roja y estalló luego de que éste, al no haber acuerdo, amenazara con el retorno a Santiago del plantel.

Nasur, quien asume como un error no haber negociado en los días previos al viaje, recuerda sin embargo que “Rojas parecía no estar consciente de que el fútbol chileno, quebrado económicamente dos años antes, recién venía levantando cabeza. Después, pensándolo con más calma, llegué al convencimiento de que él había estado muy mal aconsejado por la dirigencia de Colo Colo, encabezada por Peter Dragicevic, con quien habíamos tenido agudos problemas cuando junto a otros clubes decidieron crear una liga paralela, la famosa ACHIF (Asociación Chilena de Fútbol)”.

El dirigente, hoy presidente de Santiago Morning, señala que “siempre he tenido una actitud paciente cuando se trata de negociar. Entiendo que una negociación consiste en que ambas partes están dispuestas a ceder, sólo que en este caso por parte de Rojas existía una postura absoluta que impedía llegar a algún acuerdo. Por eso, cuando él amenazó con el regreso del plantel a Santiago, me sacó de mis casillasy exploté. Recuerdo que le grité: ¡Está bien, nos devolvemos a Chile entonces…!”.

Nasur dice, casi 28 años después, que estaba decidido, aunque sabía de sobra que eso iba a significar las “penas del infierno” por parte de la FIFA y la Conmebol. Y agrega: “Sólo el resto de los dirigentes, lo reconozco, me hicieron recapacitar. Entonces fue que le ordené a Roberto que abandonara el salón, cosa que él acató sin mayores cuestionamientos, porque al parecer se dio cuenta de que había llegado demasiado lejos, e hice llamar a Mario Osbén, segundo arquero del equipo y jugador muy respetado por sus pares. Con él no hubo ningún tipo de problemas. Con su buena disposición y educación, logró incluso que ofreciéramos un 20% más de lo que había sido nuestra propuesta original”.

El dirigente concluye: “Como tengo muchos defectos, pero no el de ser un tipo rencoroso, yo era quien más felicitaba al 'Cóndor' Rojas luego de cada partido. Para qué decir tras aquel 4-0 a Brasil. Cualquiera que entienda algo de fútbol sabe que, de no haber estado él en el arco, otra historia se habría escrito”.

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