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Crisis Siria y Zonas de Influencia Benignas

por 27 febrero, 2012

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La crisis humanitaria que azota y asola a Siria, como resultado de las atrocidades en las que incurre la dictadura del régimen de Al Assad deja una vez más en claro las graves falencias que afectan el actuar de la ONU en el plano internacional: frente a crímenes masivos de los DD.HH, en este caso el bombardeo de ciudades, la tortura sistemática y la destrucción física de ciudades enteras, las Naciones Unidas no poseen la capacidad de una acción preventiva ni menos de acción inmediata.

La misma estructura del sistema internacional constituye su principal piedra de tope, una barrera infranqueable. La multiplicidad de Estados, todos soberanos, celosos de sus propias autonomías políticas, neutralizan la capacidad de acción automática de la ONU en casos de crisis humanitarias extremas, como es el caso en que el propio Estado, encargado de velar por la seguridad de sus ciudadanos se vuelca en contra de ellos mismos, asesinándolos y martirizándolos en forma sistemática. Nadie puede negar que el bombardeo de una ciudad prácticamente desarmada, con aviones, obuses y tanques, no constituya una clara y evidente violación masiva a los DD.HH, poco importando la tendencia ideológica del régimen.

En la Guerra civil de la ex Yugoslavia, en la crisis humanitaria Serbio-kosovar, en el genocidio en Ruanda, en la cuasi-guerra civil libia y hoy en la carnicería que lleva a cabo el régimen chiita de Assad, pudimos observar los límites de esta capacidad de proyección de poder de la ONU hacia un espacio en descomposición. Quedó demostrado que la ONU, sin liderazgos de la “Comunidad de Potencias Mundiales”, léase los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más el resto de países del Mundo Desarrollado, las Naciones Unidas se constituyen en meros espectadores, denunciantes mediáticos de atrocidades masivas.

En todas y cada una de las crisis anteriormente señaladas, el accionar de una potencia significó el término o no de la crisis. En el caso yugoslavo, por ejemplo, los EE.UU, malgré eux, asumieron un liderazgo que permitió contener la guerra y luego ponerle un termino, manu militari. En el caso ruandés, por el contrario, la potencia francesa en África impidió su término, consumándose el genocidio.

En el sistema internacional parecieran coexistir, hoy, Potencias Benignas regionales, capaces de imponer, por la fuerza de las razones políticas o de la capacidad militar unilateral o multilateral, soluciones a crisis emanadas desde regímenes que socavan los valores humanos. Potencias Benignas que, al alero de las recomendaciones de la ONU, imponen, por la fuerza si es necesario, sus resoluciones. Las debilidades de este esquema de poder internacional radican en que tiende a ideologizarse. Las Potencias Benignas solo actúan allí donde sus intereses nacionales coinciden con aquel de la ONU.

La crisis siria y la lentitud de la respuesta política punitiva de la ONU debe llamar a reflexionar sobre la necesidad de someter al Consejo de Seguridad de esta organización a una cirugía mayor, incluyendo a las nuevas potencias medianas a este selecto grupo de países. No solo, ni menos únicamente la posesión de una capacidad nuclear debe constituirse en el requisito para su ingreso, sino que también el peso político, económico y diplomático. El sistema mundial necesita que la difusión de la potencia se oficialice en nuevos asientos en dicho Consejo. La ONU y su “Orden de Yalta” se encuentran sobrepasados por una nueva distribución de la potencia mundial, sino se aggiorna, las crisis podrían generar una desestabilización profunda del ya volátil sistema internacional.

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