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Museo de la Memoria: menos para el infierno

por 29 junio, 2012

Museo de la Memoria: menos para el infierno
Muchas veces he visitado el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y me duele recorrerlo siempre. Atravesar esas puertas no es lo mismo que entrar a un museo de historia natural o de ciencia y el espacio. Cuesta pensar en la armonía de la sociedad cuando aún retumba entre esas paredes la interrogante ¿dónde están? y las voces de las víctimas te siguen en susurros a cada paso.
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Javiera tenía once años cuando su padre José Manuel Parada fue degollado en marzo de 1985, en plena dictadura. Yo cubrí “el caso” de comienzo a fin en la revista “Hoy”. La primera crónica de una larga serie sobre esa inconcebible pesadilla fue la más difícil. Fue la única vez en los diez años en la revista en que no me fui a mi casa. Escribí gran parte de la noche, lloré y dormité. Al día siguiente, temprano por la mañana, dejé mi trabajo sobre el escritorio del director Emilio Filippi, como me lo había pedido. Él no había llegado aún.

Al rato me llamó a su oficina.

Estás demasiado involucrada en la historia —me dijo.—Hazla de nuevo.

Tomé las carillas y me fui. Entre el orgullo y el cansancio me tragué el llanto. La reescribí. La segunda versión fue publicada. Veintisiete años más tarde Javiera Parada contó en entrevista a CNN que a los once años ella dejó de ser niña. Habla con una lucidez, una serenidad, una facilidad de palabra que ya se la quisiera cualquier político. Es una mujer interesante, sólida. Dice que a su abuelo, el padre de su madre, lo molieron a palos, que fue abandonado en el cuartel de la calle Simón Bolívar hasta que murió. En estos días, precisamente, advierte, la familia está conociendo lo que ocurrió y la justicia permitirá que puedan recibir algunas partes del cuerpo, lo que se salvó de Fernando Ortiz.

Muchas veces he visitado el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y me duele recorrerlo siempre. Atravesar esas puertas no es lo mismo que entrar a un museo de historia natural o de ciencia y el espacio. Cuesta pensar en la armonía de la sociedad cuando aún retumba entre esas paredes la interrogante ¿dónde están? y las voces de las víctimas te siguen en susurros a cada paso.

Javiera reitera lo que dijo en su carta en respuesta a la directora de la Dibam Magdalena Krebs. Dice algo así como que el terrorismo de Estado no es justificable, que el contexto no ayuda a entender la tortura, los asesinatos masivos, los detenidos desaparecidos. En una carta anterior, la señora Krebs había dicho que el Museo de la Memoria (le faltó la segunda parte del nombre sobre los Derechos Humanos) tomó la opción de limitar su misión “sólo a la violación de los Derechos Humanos (…) limitando su función pedagógica”. ¿Acaso 17 años de terrorismo de Estado la dejaron con gusto a poco? ¿Qué fue lo que no aprendió?

Más adelante recuerda que el museo es una institución privada y que fue construida con recursos estatales, y que debiera, por tanto, “cumplir con un rol social y contribuir a la armonía de la sociedad”. ¿Acaso la primera función del museo —conmemorar a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura— no cumple un profundo rol social, más aún, reparador? ¿Acaso la propuesta de levantarse como un proyecto educativo para las nuevas generaciones no apela a la memoria para no cometer nuevamente los mismos errores? Lo he dicho antes: una persona sin memoria no tiene rostro, no tiene historia, carece de identidad. No puede aprender porque no ha recogido ninguna lección, no se ha hecho cargo de ningún error. Solo amnesia. Y la amnesia es la vecina de la demencia, del vacío, la nada.

Porque uno puede estar preparada para muchas cosas, menos para el infierno.

La parte de contribuir a la armonía de la sociedad, claro, es más complicada. Mi hermana María Cecilia y su marido Guillermo Tamburini, argentino, fueron secuestrados a punta de metralla de su departamento en Buenos Aires en la madrugada del 16 de julio de 1976. Desaparecieron en la oscuridad de la noche, sin huella, hasta hoy. Cecilia tenía 27 años entonces, militante del MAPU, socióloga. Willy, médico, militante del MIR. Ambos cayeron en el marco de la llamada Operación Cóndor. En 1991, la Comisión Rettig estimó, a la luz de los antecedentes, que ambos desaparecieron en violación de sus derechos humanos, y que en su desaparición participaron agentes argentinos, no teniendo elementos que permitan afirmar que hay responsabilidad de agentes del Estado chileno.

He hablado de mi tragedia, de la de mi familia, en muchas ocasiones, dentro y fuera de Chile. Y lo vuelvo a hacer con la convicción de que nunca serán demasiadas veces. No quiero olvidar y no quiero que otros olviden. Seguiré “pegada en el tema”, como dicen algunos miopes. Los chilenos somos buenos para olvidar y malos para enfrentar el dolor. La memoria y la palabra son mis únicas armas desde siempre. No tengo otras, y cada vez las defiendo con más fuerza. Son muchos los que aún no creen, no supieron o no llegaron a tiempo.

O les faltó el contexto. Y, lo que es peor, son tantos los que aún no entienden que esta herida de Chile no cerrará nunca si no hacemos del dolor ajeno el nuestro. Cuando mi dolor conmueva de verdad al que no le rompieron ni una uña, entonces podremos  aspirar a pensar sobre la armonía de la sociedad. Cuando uno se sumerge en el dolor y en la memoria, incluso si no te tocó, no necesita “antecedentes”. Sólo basta abrazar lo que dejamos atrás y entender que lo único que no está asegurado es la voluntad de saber y el coraje de recordar.

Muchas veces he visitado el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y me duele recorrerlo siempre. Atravesar esas puertas no es lo mismo que entrar a un museo de historia natural o de ciencia y el espacio. Cuesta pensar en la armonía de la sociedad cuando aún retumba entre esas paredes la interrogante ¿dónde están? y las voces de las víctimas te siguen en susurros a cada paso. La incertidumbre, la nada, el olvido, el duelo inconcluso asustan mucho más que los dinosaurios y los meteoritos que se rompen en millones de pedazos.

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