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El modelo: polémica inútil

por 9 julio, 2012

El modelo: polémica inútil
El modelo actual es resultado de nuestras propias pulsiones en función del eterno dilema de sobrevivir en la escasez de recursos, evitando la tiranía de los más fuertes. Vivimos en el reino de la necesidad, una que sólo podremos superar mediante mayores avances en la producción, innovación, ciencia y técnica.
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En Chile, hace poco, ejecutivos de un conocido retail aumentaron dramáticamente el valor bursátil del negocio, aunque para ello incrementaron las deudas por cobrar ad infinitum, mediante el expediente de renegociar débitos morosos, con multas e intereses, sin el consentimiento de los deudores, “creando” así, contablemente, un activo que no era tal.

Descubierta la maniobra, la empresa perdió en semanas casi todo el valor ganado, dejando en la ruina a más de 10 mil pequeños accionistas y en problemas a bancos y AFP.

En EE.UU., hace un tiempo, la gobernatura de Rhode Island, aprobó un apoyo crediticio por US$ 75 millones para un interesante proyecto de juegos en línea impulsado por un emprendedor local sin caja suficiente para lanzarlo bajo su propio riesgo. El préstamo se justificó por la generación de 160 empleos para profesionales y técnicos especializados en TIC’s. Sin embargo, el proyecto fracasó, se perdieron los US$ 75 millones de los contribuyentes y desaparecieron los 160 empleos prometidos, mientras el emprendedor, en quiebra, quedó inhabilitado para nuevas iniciativas, pues no puede pagar el crédito.

En la ex Unión Soviética, en tanto, en los ’80, una empresa metalúrgica productora de rodamientos de acero, cuyos directivos y trabajadores ganaban anualmente el “Premio Lenin” a la producción, detuvo su operación luego que, en una supervisión de los encargados del Ministerio respectivo, se percataron que la firma había producido un stock de rodamientos para más de 50 años, considerando toda la demanda posible.

Los tres ejemplos —privados operando sin controles del Estado; Estado y privados trabajando de consuno y Estado sin señales de mercado— apuntan a la tradicional discusión entre lo bueno y lo malo del Estado y/o los privados y el mercado como factores de la producción de bienes y servicios, pero en especial, a su particularidad en materia de poder. Es decir, quiénes deben tener la potestad, facultad, derecho o capacidad para decidir y/o priorizar hacia dónde se dirigen los excedentes sociales, en sus formas de ahorros, utilidades, impuestos o plusvalía del trabajo y del capital. Algunos dirán que es el Estado, porque socialmente es más justo; otros que los privados, porque asignan los recursos con más eficiencia económica; y otros, que ambos trabajando unidos, para facilitar la creatividad, el emprendimiento y la equidad, con normas estables y claras.

Las ingenierías sociales que buscan resolver los problemas de equidad poniendo énfasis en los modos de organizar la producción y la asignación de los recursos, no apuntan a la solución de las desigualdades, sino al problema del poder. Los unos creen que desde el poder del Estado podrán hacer los ajustes que permitan la equidad, mientras que los otros estiman que como el mercado son los propios ciudadanos que libremente deciden qué, como, cuánto y para quién producir, cada cual recibirá su justa recompensa.

Pero las experiencias citadas y la constatación que apenas una de cada 10 pequeñas empresas sobrevive más de tres años, hace que la inquietud sobre el manejo de los excedentes sea relevante, especialmente cuando, como sociedad, nuevamente ponemos en tela de juicio la legitimidad de la propiedad privada y el mercado, así como del papel del Estado y la política, a raíz de la inequidad que el actual modelo genera en la distribución del ingreso, buena parte de la cual se decide en el corazón del sistema: la banca. En efecto, es a través del sistema financiero que el dinero, el principal medio de transacción de bienes y servicios, fluye por las venas y arterias del mundo y se supone que es experticia del banco saber a quién y cuánto prestar, de manera de impulsar el progreso (con inversión y consumo) e incentivar el ahorro, con buen interés para el ahorrante, como premio a la contención de su consumo presente. Pero la crisis europea y en EE.UU. fue provocada por grandes entidades financieras al acelerar la circulación del dinero y “multiplicar” su cantidad, emitiendo papeles derivados e hipotecas subprime sin los debidos respaldos reales.

La pregunta que surge es, entonces, ¿qué modelo de sociedad deberíamos impulsar para que la asignación de los excedentes sea la más eficiente y eficaz, tanto económica, como socialmente, consiguiendo equidad y desarrollo?

Si decidiéramos traspasar al Estado esa responsabilidad ¿sabrán los políticos o funcionarios estatales invertir mejor que otros en nuevas iniciativas de producción de bienes y servicios? ¿Invertirán obviando presiones de determinados grupos ciudadanos —de cuyos votos dependen— respecto de otras urgencias de distintos sectores? Por lo demás, traspasar la asignación de los recursos sociales al Estado le otorga un enorme poder al grupo de políticos, técnicos y funcionarios de turno, con consecuencias peligrosas para la libertad, pues el Estado no es un órgano neutral habitado por “ángeles” cuyo único propósito es el “bien común”.

Y si las megaempresas manejan la mayor parte de esa inversión ¿basta el criterio de rentabilidad económica para decidir dónde invertir esos capitales o se requiere un mayor control social en esas decisiones? Se entiende que la empresa, cuando obtiene un crédito, pone también en riesgo sus propios recursos y si ganan, la utilidad es la justa recompensa. Si, en cambio, pierden, deben pagar con sus bienes las equivocaciones, quebrando y traspasando la propiedad. Pero ¿qué pasa cuando el fallo es tan grande que su materialización implica graves daños a millones de ahorrantes-accionistas que confiaron en la firma? El uso y abuso de los excedentes de capital y trabajo en pocas manos privadas que deciden el destino de los recursos tampoco resulta muy épico, aunque, por cierto, cuando a la empresa le va bien y su precio en bolsa sube, las AFP, sus ahorrantes y otros accionistas ven con alegría aumentar su patrimonio.

Porque si los mercados son la confluencia de voluntades de millones de consumidores que conforman demandas diversas, premiando y castigando a oferentes según predilecciones y capacidades coyunturales, son esas personas las que hacen que unos se enriquezcan y otros quiebren. De otro modo, ¿quién de nosotros definiría las prelaciones de consumo social y bajo qué criterios?, ¿cuáles serían los patrones de consumo aceptables? Pero, claro, el mercado y la propiedad concentran riqueza porque, de una parte, los consumidores premian, comprando determinados bienes y servicios —por eso Microsoft, Coca Cola, Apple y Alexis Sánchez valen millones— y, de otra, porque en manos privadas, los capitales fluyen hacia proyectos que teóricamente rinden más: si un particular tiene $100 y 10 alternativas de inversión cuya renta oscila, a igual riesgo, entre 30% y 50%, con seguridad elegirá la de 50%. El Estado, por razones "sociales" pudiera elegir el de 30%.

Entonces, ¿qué riesgo está dispuesto a correr un político o funcionario del Estado manejando los dineros de todos? Porque también los Estados, producto de las desigualdades que desata un mercado que “honra las capacidades del individuo independientemente de la eficiencia de sus resultados” (C. Bellolio citando a A. Sen), se ven enfrentados a las presiones de ciudadanos que, limitados en su participación competitiva, exigen su intervención para restablecer los equilibrios perdidos. Pero, como hemos visto, los políticos vuelven sobre los mismos a quienes deberían proteger, subiendo impuestos, ajustando gastos sociales y asfixiando aún más a quienes aportan ya con varios meses de sus ingresos anuales al Fisco, paradojalmente, para reparar las injusticias en contra esos mismos avasallados.

Como debiera resultar obvio, la paradoja no se resuelve, pues, desde el cómo nos organizamos para producir y asignar los excedentes, apuntando a redefinir la propiedad y el mercado —que ya se ha intentado con poco éxito—, pues, siendo importante en sus efectos, no reemplaza al qué hacer político y económico de ciudadanos libres, conscientes, con una sólida ética del trabajo y de la convivencia social, que libremente asociados trabajan para mejor reproducir sus talentos, innovar y crear, ganando espacios de intercambio con otros igualmente libres, sustentados en más información y uso de ciencia y tecnologías de punta, razón por la cualla Educaciónestá hoy en el centro del debate en todo el mundo.

Las ingenierías sociales que buscan resolver los problemas de equidad poniendo énfasis en los modos de organizar la producción y la asignación de los recursos, no apuntan a la solución de las desigualdades, sino al problema del poder. Los unos creen que desde el poder del Estado podrán hacer los ajustes que permitan la equidad, mientras que los otros estiman que como el mercado son los propios ciudadanos que libremente deciden qué, como, cuánto y para quién producir, cada cual recibirá su justa recompensa. Ni una ni otra forma de organización opera sin personas conscientes de sus deberes y derechos y con la disposición de acatarlos y exigirlos o, incluso, de refutarlos, aunque dentro de las normas que la democracia se ha dado.

Y si bien el poder es relevante para la toma de decisiones, la democracia —caracterizada por la división del poder político y la resolución pacífica de controversias— y la libertad de realizar todo aquello que no esté prohibido por ley —que abre oportunidades de creación a todos los que se sienten capaces de aquello—, inducen a esos poderes a generar estructuras orgánicas que se van ajustando a las exigencias mayoritarias, escenario al que, por lo demás, estamos hoy asistiendo. El modelo actual es resultado de nuestras propias pulsiones en función del eterno dilema de sobrevivir en la escasez de recursos, evitando la tiranía de los más fuertes. Vivimos en el reino de la necesidad, una que sólo podremos superar mediante mayores avances en la producción, innovación, ciencia y técnica, conocimientos que la propia necesidad impulsa y que inevitablemente irán haciendo mejores, más libres e iguales a los hombres.

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