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La cruzada de Don Ricardo y los horrores de la DINA

por 13 julio, 2012

La cruzada de Don Ricardo y los horrores de la DINA
Durante cinco años el periodista Javier Rebolledo entrevistó y acompañó a Jorgelino Vergara, el mozo que atendió a Manuel Contreras en su casa. De la investigación no sólo han salido detalles aberrantes del trabajo de torturas y exterminio de los servicios secretos del régimen de Pinochet, sino también el nombre de uno de los empresarios más importantes de Chile. En esta columna, Rebolledo describe por qué no es extraño que Ricardo Claro actuara como financista de la Dirección de Inteligencia Nacional.
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Hay ciertos temas en los que Jorgelino Vergara no duda. En entrevistas grabadas para el documental El Mocito, y luego en varias más para el libro La Danza de los Cuervos, recordó al empresario Ricardo Claro Valdés como una imagen mítica dentro de los servicios de inteligencia de la dictadura.

Cómo iba a olvidarlo, si siendo un adolescente, asistente de mozo del director de la DINA, Manuel Contreras, le tocó servirle una copa, preguntarle si quería algo más, estar atento frente a cualquier requerimiento de ese caballero, tan respetado por todos y conocido como alguien multimillonario. Tanto dinero tenía Ricardo Claro que, luego, cuando Jorgelino ya trabajaba como mocito en el cuartel Simón Bolívar presenciando los peores horrores de la historia de Chile, era ese empresario quien se encargaba de pagarle el sueldo. Como buen mocito, para él, el bolsillo desde donde salía el dinero para alimentarlo no era algo secundario. Y es que a veces los sueldos se atrasaban.

Cómo iba a olvidarlo, si siendo un adolescente, asistente de mozo del director de la DINA, Manuel Contreras, le tocó servirle una copa, preguntarle si quería algo más, estar atento frente a cualquier requerimiento de ese caballero, tan respetado por todos y conocido como alguien multimillonario. Tanto dinero tenía Ricardo Claro que, luego, cuando Jorgelino ya trabajaba como mocito en el cuartel Simón Bolívar presenciando los peores horrores de la historia de Chile, era ese empresario quien se encargaba de pagarle el sueldo.

Al interior de la Brigada Lautaro todos hablaban del empresario como un financista de la DINA. Le habría cancelado las remuneraciones a muchos funcionarios civiles de la institución a través de una empresa fantasma, (Boxer y Asper) que en el papel aparecen como propiedad de varios militares procesados por violaciones a los DD.HH.

Incluso uno de los propios integrantes de este grupo de criminales, el agente procesado por el caso de Calle Conferencia, Eduardo Cabezas Mardones, declaró judicialmente que luego de prestar servicios en el cuartel Simón Bolívar trabajó en otra brigada encargada exclusivamente de recolectar fondos para la DINA, cuando ya la organización terrorista veía estrangulados sus ingresos producto de “errores logísticos”, como el crimen del ex canciller Orlando Letelier.  Cumpliendo esa misión es que fue a la Enoteca del cerro San Cristóbal donde su jefe, Arturo Ramírez Labbé, se reunió con Ricardo Claro para recaudar dinero.

Ricardo Claro fue durante toda su vida un empresario respetado, muy preocupado de su nombre. Un hombre pretendidamente ejemplar, homenajeado en Chile por personalidades de las más diversas tendencias políticas, como el ex presidente Ricardo Lagos. El hecho de que fuera de público conocimiento su participación en la dictadura como asesor económico del Ministerio de Relaciones Exteriores entre 1973 y 1975, no parecía suficiente para enlodar su imagen. La propiedad de empresas de carácter estratégico para el país como la Compañía Sudamericana de Vapores, y de medios de comunicación como el Diario Financiero, la revista Capital y el canal Mega, junto a su colaboración financiera de por vida con la Iglesia Católica, (en 1992 fue condecorado por el Papa con la Orden de San Silvestre en el grado de Comendador) lo transformaban en una imagen mítica. Elegido por El Mercurio como el hombre más temido de Chile, Claro se preciaba de estar entre los personajes mejor informados del país.

Como miembro del Opus Dei y financista de la Universidad de Los Andes, siempre pareció tener su propia cruzada. Una económica en el intento de consolidar un sistema de libre mercado, base de su fortuna; y otra por defender su país y su religión de los paganos que venían con ideas agnósticas o ateas para arrebatarle los valores fundamentales a la sociedad chilena, de la cual se consideraba un constructor y benefactor.

Las revelaciones de Jorgelino Vergara y otros agentes que pudieran reconocer lo mismo respecto de Ricardo Claro no me sorprenden. En el fondo de ese credo robar está mal, es inaceptable, pero matar o financiar a ejércitos de “soldados templarios” dispuestos a dar la vida por mantener ese ideal, sí tiene sentido y es legítimo.

Sin que aún se conociera su rol de financista de la DINA, se dice que conspiró en Estados Unidos contra el gobierno de Allende y luego defendió internacionalmente la legitimidad de la dictadura en sus primeros años. El régimen y Claro tenían los mismos ideales.

Así lo entendía Jorgelino también. El hombre le estaba pagando y él sólo debía cumplir con el rol que le correspondía dentro de la sociedad. El empresario representaba los valores que él también quería alcanzar: respeto, fortuna y cariño de parte de todos. Entonces ¿cómo no iba a estar bien odiar y hasta matar a los del otro lado?

Esos valores y esa forma de vivir, en Chile se impregnaron desde arriba, desde lo más alto. La ideología, esos altos ideales, estuvieron por sobre el respeto a la vida, por sobre torturas inimaginables, por sobre las inyecciones letales, por sobre el empaquetado de los cadáveres y su posterior lanzamiento al mar.

Es probable que Ricardo Claro haya sido un financista de estos horrores, sumido él en sus propios horrores, ilusiones, temores de perderlo todo, su dinero, sus valores y sobre todo su poder.

La duda ahora es cuántos más como él estuvieron dispuestos a todo por mantener ese status social, por no renunciar a lo que consideraban fundamental. Cuántos prohombres guardan en sus memorias hoy sus miserias del pasado, necesarias para haber logrado construir sus tan pulcras e intocables imágenes y así irse al cielo a la derecha de Dios Padre.

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