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El pecado de los ricos

por 25 julio, 2012

Si vamos a hablar de los ricos comencemos entonces por decir las cosas como son: los chilenos más ricos son nuevos ricos o noveau riche, como dice el siútico que —envidioso— desconoce el valor moral que se necesita para hacer una fortuna y se lo concede al hecho de heredarla.
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Por si usted no lo sabe, muy pocas de las fortunas que hay en Chile son heredadas y ninguna de ellas proviene de esas familias que hace un par de siglos integraban la supuesta aristocracia castellano-vasca del país. Porque ni Paulmann ni Luksic ni Cueto son hijos de los padres de la patria; y Matte, que es el único castellano, no es aristócrata.

Si vamos a hablar de los ricos comencemos entonces por decir las cosas como son: los chilenos más ricos son nuevos ricos o noveau riche, como dice el siútico que —envidioso— desconoce el valor moral que se necesita para hacer una fortuna y se lo concede al hecho de heredarla.

Porque en los orígenes de alguien que se hizo rico con un emprendimiento hay una decisión valiente y, por lo tanto, meritoria: la disyuntiva que enfrentó ese hombre (que hoy es rico y que hasta hace poco no lo era) no fue ¿Sigo siendo empleado o me hago rico? ¡No! La disyuntiva fue cambiar la seguridad de un empleo por una posibilidad remota de éxito (No por casualidad la mayor parte de los hombres prefiere ser dependiente, perfectamente legítimo, siempre y cuando quienes toman esa opción comprendan que la tienen porque hay otros que asumen riesgos por él).

Si vamos a hablar de los ricos comencemos entonces por decir las cosas como son: los chilenos más ricos son nuevos ricos o noveau riche, como dice el siútico que —envidioso— desconoce el valor moral que se necesita para hacer una fortuna y se lo concede al hecho de heredarla.

Ser un nuevo rico, haber hecho fortuna emprendiendo (no especulando) es meritorio, muy meritorio; y ese mérito sólo es posible para quien tiene ciertas virtudes como la valentía, la magnanimidad, la fortaleza, la laboriosidad… Porque en el camino de cualquier emprendimiento hay dificultades: la dificultad de encontrar a personas idóneas para un cargo porque no existen o porque, si existen, son especies en vía de extinción; la dificultad de la indolencia de quienes creen que su trabajo consiste en ‘tratar de’ y no en ‘lograr que’; la dificultad del burócrata de turno que cobra peaje por dejar vivir. En fin, la dificultad de vivir resolviendo problemas sabiendo que a fin de mes, el consuelo de ‘haberlo intentado’ no sería suficiente.

El que ha hecho fortuna como dueño de supermercado, vendiendo maní o procesando áridos, es por eso sujeto de toda mi admiración y respeto. Pero hay algo, una sola cosa, que no puedo perdonarle y que expresaba muy bien el personaje de una novela que estoy leyendo: “Ha cometido el peor de los pecados, ha aceptado una culpa inmerecida”.

Cada vez que se le ha llamado explotador… y ha guardado silencio. Cada vez que se le ha dicho que debe pagar más porque tiene más… y no ha dicho nada. Cada vez que se le ha considerado culpable por la obra de su vida… y lo ha aceptado como si fuera cierto. Cada vez que ha hecho eso, ha avalado con su silencio una mentira.

Una mentira que no tiene que ver con él ni con su empresa, tampoco con tal o cual empresario… una mentira que afecta la verdad más profunda de las cosas. Una mentira que de instalarse en el alma nacional, acabará siendo la ruina del país.

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