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Un arcoíris en su ruta: la tolerancia hacia los ciclistas

por 4 septiembre, 2012

Propongo elegir como la señalética de la tolerancia un arcoíris, para indicar un tránsito a diferentes velocidades indicadas por sus colores, con preferencias de derecha a izquierda, señalética cuya degradación de colores sirva para armonizar el uso del espacio público de manera tolerante y pacífica.
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Hace varios años que transito como ciclista por calles y veredas del Gran Santiago. Decidí adoptar esta forma de transporte por salud, y porque los tacos me tenían aburrido y deseaba manejar mi propia velocidad a escala humana.

En bicicleta he podido constatar personalmente que los conductores de vehículos, fundamentalmente autos, se incomodan porque los ciclistas “enlentecemos” el tránsito. Pero también he sido víctima de comentarios no muy solidarios de peatones que dicen “…la vereda no es para bicicletas…”  y, creo, tienen razón.

Conforme a la actual Ley de Tránsito, en líneas muy gruesas, la acera es la parte de una vía destinada al uso de peatones; y la calzada, es la parte de la vía destinada al uso de vehículos y animales. Es de esperar que la referencia a “animales” no sea hoy interpretada hoy en referencia a nosotros, los ciclistas.

Propongo elegir como la señalética de la tolerancia un arcoíris, para indicar un tránsito a diferentes velocidades indicadas por sus colores, con preferencias de derecha a izquierda, señalética cuya degradación de colores sirva para armonizar el uso del espacio público de manera tolerante y pacífica.

Por tanto, si no existe ciclo vía, los ciclistas debemos andar por la calzada y no por la vereda. Pero ante esta conclusión jurídica, mi instinto de sobrevivencia me lleva a abandonar la abogacía, mi profesión, y pasar directamente al incumplimiento de la norma legal.

Si la regla es a cada cual lo suyo, y aunque parezca una exageración de argumento, cada tipo de vehículo debería tener su propia vía exclusiva. Los camiones y los buses las suyas, los autos y las motos las suyas, las bicicletas también, las patinetas (¿por qué no?) y los peatones también. Excluyo ex profeso a los peatones con coches de guagua. Lo malo de un análisis de esta naturaleza es que de tanto “segregar” las calles, finalmente no habría espacio para todos sin que unos circulen contravía de los derechos de circulación de los otros.

Bromas aparte y en los hechos, cuando me toca transitar por una vereda, siempre lo hago con respeto al peatón, pensando que por sentido común, estos tienen una preferencia.

En este sentido, y pensando en la manera de compatibilizar mi instinto de supervivencia  con un afán legislativo sobre los derechos de los ciclistas, he pensado que en aquellos casos en los que no exista, o no pueda existir una ciclo vía especial, lo que debería regir como principio de norma de tránsito, es el respeto y la tolerancia al que circula más lento, y por la derecha.Tolerancia entendida como la posibilidad natural de desplazarnos de manera segura —y llegar sanos y salvos a nuestros destinos— en un ámbito espacial de posibilidades limitadas y por el que todos debemos transitar.

Así las cosas, propongo elegir como la señalética de la tolerancia un arcoíris, para indicar un tránsito a diferentes velocidades indicadas por sus colores, con preferencias de derecha a izquierda, señalética cuya degradación de colores sirva para armonizar el uso del espacio público de manera tolerante y pacífica.

No digo que deban desaparecer las carreteras, las vías exclusivas para las micros, ni menos las ciclo vías. Lo que digo es que, en general, en el resto de las vías, una idea de esta naturaleza sería perfectamente aplicable, porque tal preferencia vive en el inconsciente del uso de la velocidad colectiva: los más rápidos avanzan por la izquierda.

En todo caso esta idea necesariamente debe llevar en sí el principio que quién se desplaza de manera más lenta, siempre tiene la preferencia, presumiéndose, tal como es actualmente que el que choca por detrás objetivamente es el responsable de un accidente. De este modo, en una misma vía, podrían transitar y convivir de manera más armónica las distintas formas de transportarse.

Dejo abierta esta idea con afán de sentido comunitario en una ciudad cada vez más irritada con las formas del transporte, y en la cual las normas de convivencia pacífica resultan indispensables para el bienestar general.

Lo hago, además, para señalar que el proyecto de ley sobre fomento del uso de la Bicicleta  que duerme desde el 2009 en Parlamento, solo se enfoca a la segregación de rutas, y no a la integración en el uso de los espacios. Pura segregación es un error, y también resulta casi impracticable.

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