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Movimiento estudiantil y desacuerdo: un voto por la creatividad

por 16 septiembre, 2012

¿Siguen siendo hoy las marchas y las tomas los agentes idóneos de ese desacuerdo que tensionó a todo un sistema social y político? Yo respondo que no. Si pasamos revista rápida y superficialmente a una estrategia marxista, por ejemplo, el estadio de la movilización callejera como expresión primera de una necesidad de transformación mayor cumplió su trabajo, se agotó como fase y debe dar paso a una etapa superior de la revolución que se pretende.
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La cultura política chilena después de la dictadura ha instalado como principio de su estabilidad al dispositivo del acuerdo. Por dispositivo entenderemos, tal como lo señalaba Michel Foucault, a todo un conjunto de valores, disposiciones de lenguaje, normas, infraestructura, etc., el cual opera al interior del orden social neutralizando cualquier posibilidad de disidencia, favoreciendo la ruta y sobrevivencia del sistema que protege.

En esta línea, es precisamente la cultura del acuerdo la que se ha visto estremecida y dinamitada por el movimiento estudiantil de los últimos años. Los estudiantes, ya sea en su versión “Pingüina” o con Camila Vallejo como estandarte, han revelado la naturaleza de un sistema político que en su afán de acordar y consensuar “grandes necesidades de Estado”, ha hecho de la representación un plagio, un secuestro de lo político propiamente tal. El movimiento estudiantil en esta dirección, habría penetrado en la naturaleza del acuerdo distorsionándola a tal punto que la invirtió, haciéndonos caer en cuenta de que lo político —entendido como acción conjunta y comunitaria de sujetos que resisten una representatividad decadente— habita en el desacuerdo. Toda la fuerza disruptiva del gran fenómeno social que fue y es el movimiento estudiantil radica, a mi juicio, en esta inversión que no es más ni menos que la otra cultura de lo político, lo no acordado, el desacuerdo.

¿Siguen siendo hoy las marchas y las tomas los agentes idóneos de ese desacuerdo que tensionó a todo un sistema social y político? Yo respondo que no. Si pasamos revista rápida y superficialmente a una estrategia marxista, por ejemplo, el estadio de la movilización callejera como expresión primera de una necesidad de transformación mayor cumplió su trabajo, se agotó como fase y debe dar paso a una etapa superior de la revolución que se pretende.

Jaques Rancière entiende al desacuerdo como un acontecimiento esencial e histórico a la vez. Esto es, que tiene su origen en una cierta poética del argumento pero que debe derivar en una contingencia, pasar del texto al contexto. Lo político habitaría en esa literatura primera y en la orgánica que le sigue. El desacuerdo emerge no por desconocimiento de lo que la contraparte argumenta, sino que se refiere precisamente al mismo tema. Entre la clase política y los estudiantes no hay dos lecturas respecto de que la educación es un problema a resolver, sin embargo la entienden, procesan y defienden de manera diferente en orden a sus propios intereses. El horizonte aquí no es el consenso, sino la posibilidad de argumentar siempre otra cosa que lo que pretende imponerse. El desacuerdo, poético e histórico, requiere de un constante entendimiento del argumento del otro en un plano sistemático de fractura del potencial consenso, puesto que este último derivaría siempre en el éxito de quienes poseen más cuotas de poder.

Ahora bien ¿cuál es la forma que debe tomar el desacuerdo en esta fase del movimiento estudiantil? Habría que señalar que el fenómeno de masas que implicó el movimiento durante el año 2011 fue radicalmente necesario. El desacuerdo del que hablamos y que invirtió la cultura del consenso tuvo rostro callejero. La expresión histórica, social y efectiva de que la educación era un mercado —quizás el más rentable de todos— y que la democracia representativa no era otra cosa más que un sistema de reproducción de privilegios desgarrada de las reales urgencias de una sociedad civil tristemente desideologizada, se hizo cuerpo en la marcha (y en las tomas en menor medida).

Las marchas no solamente fueron estrategias calculistas ni tampoco el puro medio pirotécnico que conmovió a la opinión pública, fueron el resultado de un desacuerdo ideológico y su performance sintomatizó la crisis de nuestra democracia representativa desbordada por inepta y parásita. El desacuerdo fue la marcha.

¿Siguen siendo hoy las marchas y las tomas los agentes idóneos de ese desacuerdo que tensionó a todo un sistema social y político? Yo respondo que no. Si pasamos revista rápida y superficialmente a una estrategia marxista, por ejemplo, el estadio de la movilización callejera como expresión primera de una necesidad de transformación mayor cumplió su trabajo, se agotó como fase y debe dar paso a una etapa superior de la revolución que se pretende. El desacuerdo en esta línea debe apostar a la creatividad y resignificar según sus propias derivas y las de la marea social. La insistencia en las marchas y en las tomas, hoy, lesionan y evidencian por repetición una falta de creación en el desacuerdo y una ausencia de ese espacio literario que funda toda discordia y finalmente a lo político. Se tiende a pensar que el estanco del movimiento en las técnicas y métodos de la primera fase, apuntaría más bien a diluir la potencia de un presente en la movilización que debiera encallar en procesos de creatividad. Esto pasa por levantar propuestas y adjuntar apoyos reales que sistematicen el desacuerdo en una dimensión política del poder, es decir, lograr tener opinión y voto en instancias legislativas con una proporción determinante.

El día que los estudiantes entren al Congreso y puedan votar en calidad de actores sociales y no como esos apéndices con escaño binominal llamados senadores o diputados, entonces el desacuerdo habrá obtenido uno de sus más grandes triunfos, y la transformación hija del disentimiento empezará realmente por acabar con el imperio del consenso morboso, hacinado y orgiástico que nos heredó la dictadura y a la que le puso guirnaldas la clase política.

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