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Ley Antiterrorista: dialogando con nuestras excepciones y emergencias

por 12 enero, 2013

Las normas, las instituciones, nuestros marcos y espacios de coexistencia política, deben someterse a conocimiento y juicio. No hay realidades para ahora o para siempre, no hay decretos para el odio o la paz, la democracia no se salvaguarda con monumentos, con honores para héroes que reparten las muertes a ambos lados. Todo ello solo ha contribuido a sacralizar la fantasía de modelar la historia, santificar el resentimiento y redistribuir las injusticias.
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El tema mapuche, a la luz de los últimos acontecimientos, está siendo considerado como un tema emparentado con la violencia e incluso derivado de la misma. Al ocurrir aquello, las soluciones se enmarcan dentro de un enfrentar la desobediencia, la rebeldía, los actos fuera y en contra de la ley.

Por lo anterior, no tardan en aparecer las invocaciones a la Ley Antiterrorista, a los estados de excepción o emergencia. Todos terrenos donde el estar fuera o dentro de la ley resulta algo confuso, espacios de contestación y control donde lo legitimo supera muchas veces la ley para defenderla. Ahora bien, si nos quedamos en el ámbito de la reacción, si exigimos el ponerse los pantalones, si apuramos las circunstancias con tal de apagar el conflicto, pasaremos por alto la profundidad y alcance de los hechos. Ninguna persona sensata y demócrata dejará de lamentar y repudiar la muerte del matrimonio Luchsinger–Mackay, lo contrario significaría validar la violencia como medio de lucha, una violencia que apaga la voz de otros, los derechos de otros, las posiciones diferentes, desiguales y antagónicas de otros. En este punto caben todos, las victimas de hoy y las del pasado, caben Lemur y Catrileo y caben, en función de su responsabilidad, los victimarios.

Antes de la violencia hay una historia de no diálogo, de incomprensión, de desconocimiento y de profunda desigualdad política. Se hace imperioso asumir responsabilidades en retrospectiva más que sobrereaccionar de cara al dominio del presente; con esto no quiero llamar a desmarcarse de las responsabilidades derivadas de los hechos presentes y concretos, simplemente estoy señalando que el énfasis debiera ser enfocado hacia asumir, reconocer y reparar la historia más amplia, esa de la que escapamos, esa que se deja ver en acciones y reacciones violentas.

Las normas, las instituciones, nuestros marcos y espacios de coexistencia política, deben someterse a conocimiento y juicio. No hay realidades para ahora o para siempre, no hay decretos para el odio o la paz, la democracia no se salvaguarda con monumentos, con honores para héroes que reparten las muertes a ambos lados. Todo ello solamente ha contribuido a sacralizar la fantasía de modelar la historia, santificar el resentimiento y redistribuir las injusticias.

La democracia está habitada por personas, portadoras de derechos y deberes, portadoras de desigualdad, de relaciones asimétricas de poder, portadoras de odios y resentimientos, sumidas en la desconfianza. La democracia no se da en una taza de leche y la desigualdad política no es privativa de las víctimas, de los débiles, ni de los marginados. La desigualdad política también es propiedad de quienes están en posición de ventaja, de quienes poseen la dominancia cultural y se hallan favorecidos por significados sociales positivos. En ese desnivel vive Chile, en ese trasfondo se da nuestra política de profundo desconocimiento; la historia política por tanto no es antojadiza, no es la suma de acciones o reacciones, no se limita al mero hecho, a las etiquetas o a las categorizaciones. Somos parte de un proceso que nos implica y que por tanto exige evaluar bajo que términos se dan nuestras relaciones políticas, nuestras ciudadanías, nuestras relaciones de poder e impotencia. Ni las soluciones ni los problemas son definitivos, nos movemos en un terreno gris, un terreno donde la confianza puede estar depositada en la profunda desconfianza hacia otros. Esa es nuestra realidad, esa es la honda base común que une a mapuches y no mapuches.

Por todo lo anterior el exigir soluciones, puntos finales, certezas, estabilidades resulta una empresa imposible e indeseable. El problema no se apaga con el control del presente, con la domesticación de la rabia, con el desconocimiento de la otredad, con soluciones extra políticas. El problema se enfrenta, se desarma, se reconoce en su diversidad, en su multidimensionalidad, en su historia. Si esto no ocurre se simplifica, se malentiende, se criminaliza, se intensifica. Antes de toda violencia, antes de nuestras muertes comunes, antes de toda toma, incendio, protesta u otro acto que vemos como inaceptable, existe un proceso, un pasado, un destino que no ha sido observado, sincerado o evaluado. No ha habido espacio de deliberación política, no se han validado las partes dentro de un marco de igualdad política. No se ha diversificado la mirada respecto al desarrollo y la economía. No se ha querido entender el repliegue, la resistencia, la invocación al orden y la seguridad. Claramente no somos iguales, claramente no soñamos con el mismo Chile, no tenemos los mismos apegos, afectos, sentimientos ni razones varias. Defendemos propiedades privadas y nos sentimos privados de propiedad, nos alejamos de los nacionalismos y al mismo tiempo nos acercamos y añoramos una idea de nación uniforme. Somos esa contradicción constante, somos ese diálogo pendiente y ausente. El paso a dar es el de la deliberación, es el de dilucidar lo que nos une y nos separa, es el de enfrentarnos a nosotros mismos. Esa es nuestra emergencia, a esa excepción debiéramos aspirar, a aquella de empezar a hacer lo que no se ha hecho. Lo contrario es caldo de cultivo para una escalada de violencia y la evidencia ya está frente a nosotros, el fracaso ya está frente a nosotros, la no solución ya nos acompaña. La deliberación entendida al interior de nuestra sociedad dividida ya sería un paso claro de liberación, esto es de explicitación de nuestros bienes y males comunes y no tan comunes.

Las normas, las instituciones, nuestros marcos y espacios de coexistencia política, deben someterse a conocimiento y juicio. No hay realidades para ahora o para siempre, no hay decretos para el odio o la paz, la democracia no se salvaguarda con monumentos, con honores para héroes que reparten las muertes a ambos lados. Todo ello solo  ha contribuido a sacralizar la fantasía de modelar la historia, santificar el resentimiento y redistribuir las injusticias. La incomunicación, el desconocimiento social y el no diálogo político son pasto para valores antidemocráticos. El llamado conflicto mapuche es por tanto un punto desde donde debemos cambiar rumbo, es un instante no negativo de suyo; aunque parezca paradojal puede verse como una oportunidad, un desafío. Pero no nos confundamos, no será el comienzo de la paz y la estabilidad como la queramos entender o anticipar, será el comienzo de un viaje incierto pero más sincero, honesto y sensato. No es garantía de acuerdo ni de arreglo definitivo, es volver las cosas, las historias y las personas a un punto que no ha existido. Ello funda un diálogo continuo, interminable pero deseable; ya sabemos dónde termina lo contrario, lo sabemos desde la Guerra de Arauco, desde la ocupación o pacificación de la Araucanía, desde la muerte de comuneros y desde la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay.

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