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No

por 27 febrero, 2013

No
Por eso es que importa más el drama íntimo que enfrenta el protagonista. René se parece mucho a todos nosotros, sufriendo por privados desgarros, tratando de sanarlos, criando a los hijos lo mejor que puede dentro de sus miserias, tirando y aflojando para avanzar un poquito cada día; retrocediendo casi siempre; sintiendo miedo y alegría, pasión y cansancio, desolación y optimismo con unas regularidades que nada tienen que ver con la verdad.
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Mientras veía la entrega de los premios Oscar, pensaba en los debates y declaraciones que ha generado la película No. Imaginé también a los personajes como si fueran de la vida real y pensé en si René Saavedra (Gael García) habría cambiado el triunfo del No porque esa mujer (Antonia Zegers), de la que estaba enamorado, volviera.

Y es que No, es la historia de un amor imposible y de cómo esa historia se mezcla con millones de otras, que en 1988 confluyeron para vencer a la dictadura. Eso bastaría para decir que es una muy buena película.

Sin embargo, algunos políticos se han esforzado por evaluarla con el rasero de su verdad. Unos han  dicho que la derecha chilena no era tan siniestra y fea como aparece; otros que la izquierda no era tan miope y obtusa como se ve en la cinta. Se ha dicho que no hubo un René que haya sido el responsable de incorporarle la alegría a esa campaña; que la película muestra un individualismo que no se condice con ese triunfo colectivo.

Por eso es que importa más el drama íntimo que enfrenta el protagonista. René se parece mucho a todos nosotros, sufriendo por privados desgarros, tratando de sanarlos, criando a los hijos lo mejor que puede dentro de sus miserias, tirando y aflojando para avanzar un poquito cada día; retrocediendo casi siempre; sintiendo miedo y alegría, pasión y cansancio, desolación y optimismo con unas regularidades que nada tienen que ver con la verdad.

Todo eso puede ser cierto o no, pero no importa. Y no importa porque no sólo en la película, sino en la vida, los hechos colectivos son el resultado de la mezcla de las muy privadas y personales historias de millones de personas y este, el de No, es el relato imaginado de una sola de ellas.

Por eso es que importa más el drama íntimo que enfrenta el protagonista. René se parece mucho a todos nosotros, sufriendo por privados desgarros, tratando de sanarlos, criando a los hijos lo mejor que puede dentro de sus miserias, tirando y aflojando para avanzar un poquito cada día; retrocediendo casi siempre; sintiendo miedo y alegría, pasión y cansancio, desolación y optimismo con unas regularidades que nada tienen que ver con la verdad. Él está, como nosotros, preguntándose —como frente a un trencito a escala que cada cuarenta y siete segundos pasa al lado de nuestras cabezas— cuál es el siguiente paso hacia algo que no podemos conocer.

No, nos hizo acercarnos a un tipo atormentado y lleno de preguntas en medio de un hecho histórico monumental que él, como todos nosotros, sólo podía experimentar desde su intimidad. Eso es de una belleza que a ratos sobrecoge.

Y es que parece haber una conexión entre las cuestiones de la vida privada y el ejercicio de mover la barrera de lo posible en la vida colectiva. Piense en algunos de los temas que están en la agenda en Chile: educación pública, gratuita y de calidad; libertad para que todos tengan acceso igualitario al  matrimonio; libertad para que los pueblos indígenas dirijan sus propios destinos; y soberanía popular.

Probablemente no todos son de su incumbencia o interés, pero si usted logra pensar en quienes sí están tocados por ellos, si logra imaginar las vidas de los demás, no en general, ni en teoría, sino imaginar las vidas reales de quienes están afectados por estos asuntos; podrá decidir reflexivamente qué es justo y qué no lo es. La buena política es el resultado de ese tipo de reflexión. La buena política siempre cambia la realidad y por eso es tan importante lo que imaginamos. Es lo mismo que hace el buen cine: mostrarnos para imaginar. Eso es lo que hace No.

El debate alrededor de ella nos ha recordado algo adicional: mucha gente en nuestra clase política valora más la verdad que su búsqueda, prefiere la realidad a lo que podemos imaginar juntos. Y sin imaginación, ni la justicia ni el cambio son posibles.

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