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El nuevo Papa y la mayoría de edad para América Latina

por 5 marzo, 2013

El nuevo Papa y la mayoría de edad para América Latina
Una de las preguntas que se hacen muchos católicos latinoamericanos ante la elección del próximo Papa, es si favorecerá o dificultará el despliegue de una Iglesia auténticamente latinoamericana. Digo, “una de las preguntas”, porque hay otras preguntas cuyas respuestas interesan tanto aquí como allá. Evidentemente que, en la medida que en América Latina la cultura predominante es secular, también en este continente interesa la postura del Papa ante temas como la sexualidad, homosexualidad, los matrimonios, la bioética, la mujer, la transparencia, la rendición de cuentas, la democracia y la justicia social.
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Todos los Papas han sido europeos u oriundos de la cuenca del Mediterráneo. Han tenido la cultura que fraguó en esa región del mundo gracias al entrecruce de culturas como la hebrea, la griega, la latina y la germánica. Benedicto XVI ha sido un Papa muy europeo con todas las virtudes y límites que esto tiene. Benedicto ha heredado un cristianismo de dos mil años en su máxima expresión cultural. Pero, ya que el Evangelio no se agota en las culturas en las que se verifica, ya que puede inculturarse en otras culturas. Puede, en principio, haber un cristianismo asiático, africano, latinoamericano, etc. Lo que ha sido difícil para Benedicto es, en cuanto responsable de la unidad de la Iglesia, abrir la puerta a cristianismos no europeos. Si hasta ahora la tradición del evangelio ha sido europea cuesta entender que pueda haber una liturgia, una moral, un derecho canónico e incluso una teología dogmática que se configuren en otras gramáticas culturales.

Karl Rahner, uno de los principales teólogos del Concilio Vaticano II, ha sostenido una tesis de enorme importancia. Una de las tensiones principales que está experimentando la Iglesia hoy, es que en el Concilio, por primera vez en la historia la Iglesia, se ha actualizado como iglesia mundial. En el Vaticano II el Magisterio operó con representantes venidos de todas las partes de la tierra. Hasta entonces no se había tenido sino una versión occidental del cristianismo. Desde ahora, la Iglesia ha comenzado a sentir con fuerza la tensión de llegar a ser una Iglesia inculturada en las diversas regiones del planeta, sin dejar de ser la Iglesia judeo-cristiana y luego greco-latina y europea de siempre.

La postura del Papa Benedicto frente a la Teología de la liberación fue oscilante. Se opuso a ella con vigor en sendos documentos los años 1984 y 1986. En más de una ocasión sancionó a alguno de sus teólogos y prácticamente todos tienen carpeta en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sin embargo, recién el año pasado, nombró Prefecto de esta Congregación a Gerhard Müller, gran amigo de Gustavo Gutiérrez (el “padre” de esta teología), con quien en 2005 escribió la obra Del lado de los pobres. Teología de la liberación.

En palabras del mismo Rahner: “Bajo el respecto teológico existen en la historia de la Iglesia tres grandes épocas, la tercera de las cuales apenas ha comenzado y se ha manifestado a nivel oficial en el Vaticano II. El primer período, breve, fue el del judeocristianismo; el segundo, de la Iglesia existente en áreas culturales determinadas, a saber, en el área del helenismo y de la cultura y civilización europea. El tercer período es en el cual el espacio vital de la Iglesia, en principio, es todo el mundo”.

Rahner no es tan simple como para reducir solo a tres las grandes etapas de la historia de la Iglesia. Admite muchas subdivisiones de esta historia. Pero, su triple distinción nos sirve para ubicarnos en la tercera etapa y entender qué está ocurriendo realmente. Aquí y allá hay intentos de levantar una iglesia asiática, africana, etc. La presión mayor es a pasar a un catolicismo plural, policéntrico; un catolicismo en el cual haya varias versiones culturales de iglesias adultas. Este proceso claramente comenzó en América Latina. La recepción que Medellín comenzó a hacer del Vaticano II, fue sucesivamente desarrollada en las conferencias de Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). Roma ha fomentado este proceso, pero a veces también lo ha frenado o intervenido.

Una de las preguntas que se hacen muchos católicos latinoamericanos ante la elección del próximo Papa, es si favorecerá o dificultará el despliegue de una Iglesia auténticamente latinoamericana. Digo, “una de las preguntas”, porque hay otras preguntas cuyas respuestas interesan tanto aquí como allá. Evidentemente que, en la medida que en América Latina la cultura predominante es secular, también en este continente interesa la postura del Papa ante temas como la sexualidad, homosexualidad, los matrimonios, la bioética, la mujer, la transparencia, la rendición de cuentas, la democracia y la justicia social.

En América Latina, con Monseñor Manuel Larraín y Helder Camera a la cabeza, grandes impulsores de la participación latinoamericana en el Concilio, la Iglesia ha hecho un camino extraordinario. En cincuenta años el Vaticano II ha sido ampliamente acogido. En la liturgia, por ejemplo, ha sido posible pasar del latín al español y al portugués; se ha dado enorme importancia a la lectura de la Palabra de Dios, a la cual ha llegado a tener acceso gente humilde que recién aprende a leer; y el canto litúrgico ha admitido instrumentos “profanos” como la guitarra; en suma, la participación de los fieles —el criterio clave de la reforma conciliar— se ha cumplido. A esto hay que sumar dos hechos extraordinarios y distintivos.

Primero, la convicción espiritual y teológica de la Iglesia latinoamericana de la Opción de Dios por los pobres. Este es sin duda el nombre de la recepción que ha hecho América Latina del Concilio. Las cuatro conferencias mencionadas insisten en ella. Benedicto XVI la confirma en Aparecida en términos rotundos: esta opción es inherente a la fe en Cristo. No se puede ser cristiano si no se opta por los pobres. Esta opción explica el apoyo de las iglesias locales a los movimientos sociales, las iglesias mártires como la de El Salvador y la Iglesia chilena enfrentada a la dictadura.

Segundo, e indisociablemente vinculado a lo anterior, la Iglesia latinoamericana ha desarrollado una teología propia, es decir, un pensar la propia experiencia histórica y creyente con autonomía. La Teología de la Liberación latinoamericana le ha dado a la Iglesia adultez, pues le ha ayudado a reflexionar su amor a los pobres. Si América Latina ha dependido intelectual y teológicamente por quinientos años, los teólogos latinoamericanos han procurado acabar con esta minoría de edad.



Las resistencias de Roma —en el horizonte de la tesis de Rahner— son explicables. La postura del Papa Benedicto frente a la Teología de la liberación fue oscilante. Se opuso a ella con vigor en sendos documentos los años 1984 y 1986. En más de una ocasión sancionó a alguno de sus teólogos y prácticamente todos tienen carpeta en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sin embargo, recién el año pasado, nombró Prefecto de esta Congregación a Gerhard Müller, gran amigo de Gustavo Gutiérrez (el “padre” de esta teología), con quien en 2005 escribió la obra Del lado de los pobres. Teología de la liberación.

Muchos, no todos, los católicos latinoamericanos quisiéramos que el nuevo Papa nos ayude a alcanzar la mayoría de edad.

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