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Animales en extinción

por 17 marzo, 2013

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Sin duda lo conoce. No da un buen espectáculo. La mayor parte del tiempo yace desganado sobre las rocas artificiales o hace gala de su automatismo frente a los visitantes curiosos. En ocasiones gruñe. Pero a pesar del triste espectáculo, es fácil imaginar la fuerza y poderío de Taco, el oso polar del zoológico del parque metropolitano.

Y es que más allá de lo que hoy en día sabemos (y nos negamos sistemáticamente a tomar en serio) sobre las capacidades cognitivas de muchos animales, algunos animales producen en nosotros admiración y maravilla. Con justa razón. La perfección del lobo al correr. La velocidad de las serpientes. La majestuosidad de los osos polares que entrevemos en los reportajes del National Geographic o Discovery Channel: seres capaces de desplazarse a nado y a pie cientos de kilómetros y de vivir en condiciones extremas neutralizando el frio mediante su pelaje blanco, su piel negra y una capa de grasa (lo que los torna imperceptibles para las cámaras infrarrojas, ya que casi no emiten calor). El resultado de 600 milaños de evolución.

Compartimos un mundo y sus escasos recursos con otros animales. Ellos no son sólo sensibles. Muchos tienen una vida propia que debemos considerar. Hay consenso en que el cambio climático que amenaza a los osos polares es producto de la acción humana. Si no queremos ser parásitos (es decir, individuos que asignan los costos de sus beneficios a terceros sin compensar), y tomamos en consideración la vida propia de estos animales, resulta evidente que al menos debiésemos impedir inmediatamente su muerte producto de la caza, además de hacer más para contener el cambio climático.

En estos días se está desarrollando en Bangkok, Malasia, la conferencia de la CITES (la convención internacional sobre comercio de especies de peligro). Esta convención, en la que participan 177 países, acaba de rechazar la propuesta presentada por Estados Unidos para incluir al Ursus Maritimus en su apéndice I, con lo que pasarían a ser considerado una especie en peligro de extinción, prohibiéndose el comercio de sus partes.

Sólo 38 países votaros a favor (entre ellos, Chile, Argentina y Uruguay). 42 votaron en contra (entre ellos, Ecuador, Perú y Venezuela –quizás porque era una propuesta de Estados Unidos: que se jodan los osos polares si se trata de derrotar al imperio–. Aunque Ecuador está muy preocupado en la reunión por las Vicuñas. Probablemente algún tipo de Econacionalismo). Y 46 se abstuvieron (entre ellos Brasil y Paraguay). Crucial para el rechazo de la propuesta fue la abstención de los países de la Unión Europea, que tienen un acuerdo para consensuar su voto pero no pudieron alcanzar un acuerdo debido a Dinamarca, país que representa los intereses de Groenlandia.

En la actualidad hay una demanda por, y un comercio creciente de partes de osos polares. Una prohibición de su comercio hubiese sido importante para la persistencia de estos animales. El pelaje se tranza en aproximadamente 10 mil dólares. El cráneo en mil. Cada colmillo en 200. Cada garra en 50. Además, la existencia del comercio legal incentiva la caza de estos animales allí donde está fuertemente restringida, como en Rusia. Y ya que los cazadores buscan machos imponentes, ponen en peligro la reproducción en algunas zonas. Al rechazar esta propuesta la humanidad ha dado un paso más para sellar la suerte de estos animales que, con razón, se suele incluir entre los grandes perdedores del cambio climático.

La población de osos polares se cifra entre 20 mil y 25 mil (como apenas se los puede monitorear –se desplazan cientos de kilómetros y son invisibles a las cámaras infrarrojas– es difícil estimarla). Se localizan en territorios de EEUU, de Rusia –que votaron a favor–, de Canadá, de Groenlandia y de Noruega –que votaron en contra. Aproximadamente 15 mil se localizan en territorio canadiense. Cada año se caza aproximadamente 800. Sólo en Canadá, 600. Si bien muchos de ellos son utilizados por las poblaciones locales, en Canadá también es legal su caza con fines comerciales.

El gran opositor a la propuesta es el gobierno de Canadá (pero no su población: el 85% está a favor de una mayor protección de los osos polares). Uno de los argumentos más frecuentemente esgrimidos apunta a que su caza sería parte substancial de la forma de vida de los Inuit. Así, la protección medioambiental estaría en conflicto con los derechos de las minorías culturales, resolviéndose el conflicto a favor de estas últimas. No es casual que el ministro de medioambiente de Nunavut, James Arreak, esté en Bangkok, y que los Inuit celebren hoy, como ya lo hicieron hace dos años, el rechazo de esta propuesta.

Sin embargo, hay razones que hacen dudar de este argumento de corte cultural. Primero: tradicionalmente el significado de la caza de osos polares para los Inuit era más bien ritual: una prueba de coraje o el resultado de un encuentro sorpresivo. Fue el gobierno de Canadá el que recién en los años 50 introdujo, y en los años 80 fomentó, su caza sistemática en las zonas polares como un modo de crear una fuente de ingreso para los Inuit. Segundo: como de acuerdo a su cultura los Inuit no deben matar animales no destinados a su propio uso –y ellos no consumen la carne de los osos–, el comercio con las partes de osos polares es sospechoso. Tercero: los Inuit no son los que realmente se favorecen de su caza y del comercio de sus partes, sino que las agencias turísticas.

Pero aunque el argumento cultural se ajustase a los hechos vale preguntarse acerca de su validez. Después de todo, no todo aquello que es parte de nuestra cultura, sea ésta la que sea, debe ser permisible porque es parte de nuestra cultura. Por ejemplo, la tradición de deformar los pies de las niñas era parte de la cultura china hasta que Mao le puso término en unos pocos años. Afortunadamente.

Ciertamente el gran obstáculo a la persistencia de los osos polares es el cambio climático. Hay estimaciones de que su número estaría disminuyendo. También hay más relatos acerca de avistamientos de osos polares en las cercanías de zonas habitadas (pero de esto no se deduce, como hacen algunos, que la población esté en aumento. Por el contrario: la presión por buscar alimentos los llevaría a acercarse). Si no se realizan avances importantes en la lucha para disminuir el cambio climático, se estima una reducción de la población de aproximadamente dos tercios de aquí al año 2050. Es por esto que muchos que se opusieron a la propuesta indicaron que lo correcto sería enfocarse en el cambio climático y no en la protección contra la caza. Pero esto adolece de miopía moral: si bien resulta evidente que hay que hacer algo contra el cambio climático, y pronto, de esto no se deduce que no haya que proteger a los 800 o más osos polares que cada año son presa de cazadores. Con todas esas muertes se podría acabar inmediatamente. Además, sostener que la sobrevivencia de los osos polares debe exclusivamente recaer en la lucha contra el cambio climático, es tan productivo como afirmar que la solución a los tacos en nuestras calles pasa por permitir la libre circulación de alfombras voladoras: hasta ahora la disposición de la comunidad internacional para detener el cambio climático a sido mínima, y las últimas evoluciones en Doha demuestran que se acerca asintóticamente a cero.

Compartimos un mundo y sus escasos recursos con otros animales. Ellos no son sólo sensibles. Muchos tienen una vida propia que debemos considerar. Hay consenso en que el cambio climático que amenaza a los osos polares es producto de la acción humana. Si no queremos ser parásitos (es decir, individuos que asignan los costos de sus beneficios a terceros sin compensar), y tomamos en consideración la vida propia de estos animales, resulta evidente que al menos debiésemos impedir inmediatamente su muerte producto de la caza, además de hacer más para contener el cambio climático. Si no hacemos más para protegerlos mejor, en pocos años no habrá más que viejas cintas del National Geographic y tristes osos polares en cautiverio. Como Taco, una sombra de su especie. O como su hermano Winner, el oso polar del zoológico metropolitano de Buenos aires, quién murió de calor en la Navidad del 2012.

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